Enrique Weisleder Cidelski tenía dos pasiones: el Saprissa y su familia. Una vez le pregunté qué lo sostuvo 25 años como tesorero y 32 años como dirigente, y, sin vacilar, me respondió: “Celia Fastag, mi esposa. En 51 años de matrimonio me dio libertad absoluta para servir al club”.
Don Ricardo le confió la tesorería de la institución en 1959, “(') quizá porque los judíos tenemos fama de ser buenos administradores”.
Se mantuvo en el cargo hasta el año 1984, cuando en apego a la línea de sucesión establecida por el patriarca morado ocupó la presidencia.
Fue una gestión tranquila, que le heredó al club la gradería sur donde hoy anida la “Ultra”, y el sinsabor de que en el periodo 1984-1987 no hubo festejos con vuelta olímpica. “Todavía me lo cobran”, admitía sin ambages.
Desde 1951 trabajó con don Ricardo en el armado administrativo de un club de futbol que rompió esquemas conforme los títulos iban llenando las vitrinas y la adhesión popular mutaba hacia el fenómeno de masas.
Dosis de sabiduría.
Los años le imprimieron al verbo de Weisleder una saludable dosis de sabiduría, que muchas veces volcaba en frases cargadas de sentencias irónicas: “El espíritu de servicio que distinguió a los dirigentes de antaño se perdió y por eso Saprissa entró en problemas que casi provocan su desaparición”.
Saprissa estaba en el destino de Enrique desde que emigró de Polonia en 1937, junto a su madre y cuatro hermanos, cuando la familia huía de la bota nazi.
Los Weisleder Cidelski se instalaron primero en Cartago, donde su padre administraba una tenería.
La Vieja Metrópoli le sentó bien: se adaptó sin problemas, entabló amistades y se hizo hincha del Cartaginés.
Conoció al crack blanquiazul, José Rafael “Fello” Meza, quien alternaba el futbol con un trabajo de mensajero en el telégrafo. El jugador visitaba la tenería de los Weisleder casi a diario para entregar telegramas, y el pequeño Enrique se convirtió en su amigo y admirador.
No resultó extraño, entonces, que en enero de 1941, cuando el Cartaginés le ganó el título al Herediano en un juego electrizante que terminó 4-3, él y su hermano Moisés saltaran a la gramilla del Estadio Nacional y lo festejaran junto a sus ídolos.
Cuando los negocios del padre empujaron a los Weisleder a San José, Enrique hizo un hallazgo premonitorio. Una tarde en la Plaza de la Artillería –donde hoy se encuentra el Banco Central– quedó deslumbrado con el juego de un equipito llamado “Infantil A del Saprissa”.
Lo dirigía un hombre bajito y macizo, de cara basta e irregular, frente ancha y ojos fanáticamente fijos, que seguía las incidencias del partido desde un costado del campo.
A su lado, en franco contraste, una figura espigada y atlética, con la cabeza coronada por un sombrero, observaba inmóvil. Eran “Beto” Fernández y don Ricardo.
En 1951, con el equipo convertido en el gran animador del futbol costarricense, fue invitado a integrarse a la junta directiva encabezada por don Ricardo.
Alternó como vocal y fiscal hasta 1953, y desde 1959 se convirtió en tesorero, una responsabilidad que desempeñó durante 25 años.
Consolidación del club.
Si el éxito deportivo alcanzado por el Saprissa en las décadas del 50 y 60 se debió al plan de liga menor diseñado por don Ricardo, el trabajo desplegado por Weisleder en el manejo de las finanzas fue decisivo para consolidar al club como una organización líder.
Enrique ofició como gerente sin cartera hasta la aparición de Eladio Gómez Chacón, en los albores de los sesenta.
Autodidacta y dueño de un oído sensible al consejo, proveyó de la base material necesaria para financiar la exitosa empresa deportiva en que se convirtió el equipo a partir de 1960.
Weisleder fue un gran administrador. Cuidó con escrúpulo el destino de cada centavo que ingresó a las arcas, frenó cualquier aventura económica que pusiera en riesgo el futuro de la institución, y mantuvo una sólida relación con los futbolistas.
La muerte lo sorprendió precisamente en el otoño de su vida, devoto de sus dos pasiones: el Saprissa y su familia.
Mi solidaridad a sus hijos Mario y Silvia, a sus nietos Daniel, Yael y Liat, y a su yerno León Mayer.
(*) Danilo Jiménez Sánchez es jefe de información de la edición matutina de Noticias Repretel. Esta columna es una adaptación del perfil de don Enrique, que escribió en el libro “Saprissa Siempre Grande”.