Con toda seguridad, Giacomo Puccini nunca pensó en pasar a la historia por una condición asociada a la de hombre de bien. Lo delatan sus costumbres, propias de un elegante snob –europeo y finisecular– y sus pretensiones de dandy anglosajón.
En su refugio de Torre del Lago , a pocos pasos de la toscana Viareggio, el maestro luqués cazaba patos o inquiría a las Musas –Talía, Euterpe o Calíope– con imparcial entusiasmo. Si tales actividades son o no coherentes con un espíritu creador como el que se advierte en Madama Butterfly o La Bohème , no es un tema que este relato deba dilucidar.
La explicación tal vez se encuentre en la dicotomía de la propia diosa Diana : no es igual la Diana efesina –cuya estatuaria representación se encuentra en los museos del Vaticano y en la Villa d’Este de Tivoli– que la tradicional concepción de la Diana cazadora , como la que adorna el mexicano Paseo de la Reforma. La primera es un símbolo de amor; la segunda, una patrona de los cazadores al estilo de Nemrod .
Lo cierto es que el compositor renegaba de la vida citadina, tal y como hicieron muchos de sus antecesores y contemporáneos, como el gran Giuseppe Verdi y el controvertido Gustav Mahler. ¡Qué diablos! La paz y el silencio son ingredientes indispensables cuando se trata de conectarse con las esferas superiores de la creación artística.
Hacia el lago. El miércoles 28 de julio, quien esto escribe y sus hijos Alfredo y Lucía, desenfundaron sus cámaras digitales y se aprestaron a trastocar estatuas y pinturas renacentistas por un bucólico ambiente, de contenido pequeño burgués. No las teníamos todas con nosotros pues no es fácil dejar Florencia con esa ambientación ambarina que perfila sus puentes, ni cambiar la Signoria por el paisaje rural.
Cuesta horrores abandonar Firenze , la ciudad más adictiva del planeta. La pintoresca propaganda de la ciudad del Arte debería advertir al incauto visitante que el alma queda presa en los límites de la ciudad, aunque nuestro cuerpo transponga en retirada las aguas del Arno. Las mazmorras del Palazzo Vecchio son obsoletas e innecesarias.
Al momento de tomar el volante de la Fiat Punto ya hemos retrocedido en el tiempo. Una parada obligatoria nos hace detenernos en Pisa: La Piazza dei Miracoli (Plaza de los Milagros) para admirar el Duomo , el Battistero y, por vocación de turista, a disparar el gatillo de las cámaras sobre la escena de quien aparenta realizar un tremendo esfuerzo para enderezar la torre inclinada.
Al llegar a Viareggio, tomamos una calle rural de doble sentido. En un kilómetro de la Via Giaccomo Puccini, observamos las calles laterales: La Rondine, Butterfly, Edgar, Il Tabarro , son algunos ejemplos. Al final de la vía, llegamos a nuestro destino: Torre del Lago Puccini es el rótulo que bandea en las señales de tránsito y que externan el peligro de chocar con la creación misma.
No hay tal; la casa del maestro es una vivienda sencilla, casi arrojada por paletadas del azar sobre la polícroma Toscana. No sé si será un tema de fenshui , pero el aire de la tarde trae del lago Massaciùccoli un viento enteramente cargado de poesía; con ella se respira la armonía, la luz y hasta la tragedia.
A orillas del lago se advierte una edificación moderna: el teatro que alberga el Festival de Verano. Un sonido fantasmal que atraviesa el lago, recorre la atmósfera, pero no se trata de un ser sobrenatural; bueno, sí: es la voz de la gran soprano norteamericana Renée Fleming, quien ensaya con amplificación para su recital de la noche.
Interrogarnos si la leyenda de Massaciùccoli debe su remembranza a Puccini, o si fue este quien inmortalizó a aquel, es tan inútil como preguntarse si Homero hizo célebre a Aquiles o si fue el Pelida quien colocó a Homero en la historia.
Pensando en el maestro. Pensamos en Puccini; al hacerlo, el mundo de las ideas experimenta una radical transformación que se recrea en esa rara utilización de la armonía tradicional, tan propia de su estilo.
Sólo conocíamos un antecedente en el que la obra literaria haya sido capaz de transformar el mundo real de los hombres: la pequeña aldea en la que Marcel Proust pasó tantas vacaciones de su infancia. Llamada Illiers, en 1952 fue rebautizada Illiers - Combray en homenaje al escenario de Du coté des chez Swan , primera novela de la monumental A la rechêrche du temps perdu .
Pues bien, desde 1938, la localidad de Viareggio, donde se ubica la vieja Tordellago , se llama Torre del Lago Puccini por decisión del Municipio.
Tras una escandalosa relación con Elvira Bonturi, esposa de un conocido hombre público, y un posterior matrimonio que pretendió solventar aquella criticada relación, el maestro de Lucca conoció el éxito con su Manon Lescaut , tan sólo una década posterior a la refinada versión de Jules Massenet.
Con las 40.000 liras que los derechos de la ópera le produjeron, Puccini rescató la casa paterna, pagó las deudas acumuladas de varios años y alquiló la casita del Lago Massaciùccoli. Bueno, también se compró un largo bicicleto de dos plazas y un elegante tílburi.
Con los derechos de las posteriores y exitosas óperas, Puccini concluyó la restauración del edificio principal, agrandó su jardín y creó un club de bon vivant , basado en reglas iconoclastas. En el 2010, a cien años del estreno de la mediocre Fanciulla del West –un western de partitura inferior–, la casa se mantiene casi incólume: eso sí, convertida en museo por voluntad de Antonio, su único hijo.
En la vieja vivienda pululan los fantasmas: un viejo Goro que tal vez no haga las veces de cicerone, si bien sentimos una presencia que nos descorre puertas. Lo mismo diríamos de la presencia constante de Cio-cio-San , la triste geisha presa de su irreversible karma, o de Mimí, cuya simplicidad y pureza campean por doquiera.
Empero, sobre todas las figuras –heroicas, sencillas, amantes o sensuales– se impone Liú , la fiel esclava de Timur, símbolo inexorable de la lealtad que el Maestro pedía a sus personajes y que fue la única que vivió realmente entre las cuatro paredes de Torre del Lago , en la trágica figura de Dora Manfredi.
Intimidad. Al Museo se ingresa por un cancello o portón, que se abre cada cuarenta minutos para el recorrido sacramental. Una mujer de unos cincuenta años dirige el tour con autoridad; nos cuenta que hoy estará en el sitio la nieta del Maestro, única que puede autorizar la toma de fotografías pues se alega que la casa es un lugar de evocación a una memoria que merece respeto.
El recorrido es amenizado por el canto de un tenor en un equipo sónico. Pregunto quién es el poseedor de esa voz dulce, que canta E lucevan le stelle con impecable fraseo y rigurosidad. Se me responde que es Fabio Armilliato, tenor romano de la actualidad.
Tal vez por ello, la visita es evocadora de momentos de gran intimidad. El piano Steinway, las fotografías, las numerosas cartas y las viejas partituras en original, tienen solamente un denominador: el mundo de Puccini.
En la tercera estancia, de reducido tamaño, se ve una gran foto de Gustav Mahler con una dedicatoria en alemán. Las fotos de Alma Mahler y de Elvira Puccini se asemejan notoriamente. ¿Podrá concebirse un lugar más adecuado para pensar en la Mujer si es ella quien mueve infaliblemente toda la obra pucciniana?
En la estancia séptima nos encontramos una sorpresiva capilla mortuoria, que se ubica en el centro de la vivienda. De frente, hallamos el sarcófago con los restos del compositor y un bajorrelieve con los nombres de sus óperas en un bello mármol ambarino; a la derecha, un altar con un trasfondo de vitral que representa a Cristo resucitado.
Finalizamos la visita para regresar a Florencia en respetuoso silencio: la conmoción ha sido tal en nuestras almas que, al terminar el recorrido, vuelvo el rostro para ver las caras de mis hijos': tenemos lágrimas en los ojos.
EL AUTOR ES TENOR COSTARRICENSE Y HA DIRIGIDO LA COMPAÑÍA LÍRICA NACIONAL.