
He aquí una película de comienzo interesante, con la recreación de una sociedad futura donde la religión ha triunfado de manera total y su absolutismo se impone como modo de vida.
En España, este filme se titula
Lo cierto es que el personaje principal de la trama no se llama “Priest”, sino que se trata de un sacerdote, miembro de una congregación especialmente preparada para vencer a vampiros (en esa lucha que ya cansa entre vampiros y humanos).
Sucede lo siguiente: cuando la especie humana casi tiene perdida la batalla contra esos vampiros, se acude a la religión (por sus rasgos en la película, es la católica).
Esta no solo reza, sino que conforma un poderoso batallón de guerreros, especie de cruzados futuristas, tatuados con una cruz en sus rostros. Lo hace quitando niños bien dotados –física y mentalmente– a las familias.
Con gran preparación, estos guerreros –hombres y mujeres– vencen a los espectrales vampiros y los encierran para siempre. La Iglesia ha ganado. Sin embargo, teme a sus propios caballeros, por lo que los dispersa y prácticamente los desaparece. Entonces, el poder eclesiástico monta un aparato político-religioso oscurantista, con el criterio de que desobedecer a la Iglesia es desobedecer a Dios.
Hay un registro absoluto por medio del rito de la confesión: las confesiones se guardan en archivos de alta tecnología para controlar a todos los ciudadanos. Es una sociedad regida por el miedo religioso, por la desconfianza y por la obediencia incondicional a los obispos, quienes conforman un grupo privilegiado dirigido por una especie de Papa llamado monseñor Orelas (buena actuación de Christopher Plummer).
En este momento, el filme deviene cine de acción al uso más corriente, se evade la transgresión conceptual que traía, se hace a un lado la complejidad de lo insólito y tenemos un filme de acción con moquetes y demás formas de lucha entre vampiros colmilludos y guerreros humanos.
La puesta en imágenes no está mal, sobre todo con el buen manejo del espacio fílmico. Es mejor cuando acude a los laberintos del mundo sombrío, donde los vampiros se preparan para invadirnos.
Tampoco está mal el estilo de cine de vaqueros que asume en repetidas secuencias, pero se pierde todo ese extraño mundo interior que le daba una riqueza conceptual muy interesante al filme.
A lo sumo, presenta algunos dilemas melodramáticos (el sacerdote que debe salvar a su hija y ella no sabe que él es su padre), pero se pierde la sintaxis cinematográfica capaz de crear un sincero clima de terror, donde las actuaciones –salvo la breve presencia de Christopher Plummer– van de mal en peor.
El exceso de música más bien distrae. La lógica interna de la trama se pierde fácilmente al convertirse en un pastiche de distintas fórmulas cinematográficas (terror, ciencia-ficción, drama, Oeste, melodrama, acción).
Más bien, aparecen cosas superfluas mal ordenadas y el conjunto peca por convencional. Al final, el argumento quiere volver al concepto de la religión totalizante, pero es tarde, muy tarde. Lástima.