
Tugurios es una pintura en gran formato al óleo sobre tela, con espátula y pincel, realizada en San José en los años 50. En este trabajo utilicé una caja de pinturas que el artista Emilio Span le obsequió a mi colega y amiga Cristina Fournier, quien a su vez me la regaló. Este cuadro representó a Costa Rica en la Primera Bienal Panamericana, en México, Distrito Federal, en 1960. A este cuadro lo siguió otro Tugurio matérico ya estilizado.
Todo empezó cuando yo residía en “Zapato Grande” o París. Estando en una sala de cine, en el noticiero que antecedía a la película proyectaron imágenes de los tugurios de Nanterre. Yo casi había olvidado la existencia de este tipo de viviendas, cuya referencia traía de mi país.
La variedad de tugurios de Nanterre me entusiasmó al volver a encontrarme con el mundo tugurioso que había abandonado en mi Costa Pobre, al lado del río Torres, donde yo vivía, que luego bauticé como “Five Corners Town de Tibás”.
En la cinta se mostraban tres modalidades de tugurio desconocidas para mí, y esto despertó mi angustia dormida, dándome una especie de placer de volver a encontrarme con ese viejo recuerdo de mis alrededores. Los tugurios de Nanterre fueron realizados en grabado sobre metal con las técnicas de agua fuerte y punta seca en alto y bajo relieves, lo que hoy se conoce como intaglio .
Mis primeros dibujos al pastel con las imágenes de tugurios de San José fueron del “Barrio Bajo de las Latas” y del “Callejón de la Puñalada”, hoy desaparecidos. Para ese entonces, a mis 18 años, yo no conocía el uso del óleo porque nunca había tenido contacto con escuelas de arte ni con esa manera de pintar, tan extendida. Luego aprendí a manejarlo, sin meditarlo mucho, pero atraído por la modalidad del óleo con la técnica de la espátula en relieve, y realicé unos doscientos paisajes de Costa Rica.
Yo crecí en el “Bajo de la Curtiembre”, frente a la espalda del caserío de “Alí Baba y los Cuarenta” (Barrio México). Allí inicié este cuadro, que considero el primer tema sobre el tugurio pintado al óleo en el país. En ese entonces, mientras intentaba resucitar mis fantasmas del pasado por medio de la pintura, de las vigas podridas emergía un llorar continuo, gota a gota por todos los rincones.
Aquellas lágrimas fueron para mí el sentimiento acumulado de las vivencias del interior de esas moradas. Tratando de que no se perdieran en el vacío, fui congelándolas de una en una en las paredes, en los techos herrumbrados.
Más tarde, en alguno de los dibujos de García Lorca descubrí la imagen de sus lágrimas igualmente congeladas. Quizás yo se las haya pedido prestadas o él me las haya enviado por telepatía para que yo no olvidase y conociera la existencia del sueño republicano, desarticulado y desbaratado por los nazis y dibujado con su propia vida.
Cuando pienso en toda la memoria histórica que nos han negado en nuestros países, llego a entender por qué nacimos sin asideros reales que nos permitieran sentirnos personas sustentadas en la verdad de patria, y no en esa falsa verdad antipatriótica en la que hemos sido sumergidos. Este cuadro es mi manera de sentir el tugurio tal como lo he vivido, con su agitado contenido humano.