"La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?" Rubén Darío no habría escrito, tal vez, esas palabras si hubiera sido uno de los mil quinientos invitados -o uno de los millones de curiosos que llenaron las aceras, las ramas de los árboles o los cómodos asientos frente al televisor- presentes en la boda de Cristina de Borbón y Grecia..., la princesa -o la infanta, ¿qué más da?- que no pensó en el príncipe de Golconda o de China, ni en el rey de las islas de las rosas fragantes, ni en el que es soberano de los claros diamantes, ni en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz, sino en Iñaki (Ignacio para los conservadores), el campeón olímpico, que dijo su "sí" en tres de los idiomas de España.
Por cierto, para muchos, el idioma español debería llamarse castellano pues en la amplia geografía hispánica millones de personas se comunican en otras lenguas: gallego, vasco, catalán... Modernamente, dentro del sistema constitucional de las autonomías regionales en España, se ha reactivado la práctica de estas lenguas en sus zonas respectivas. Y, sin duda, uno de los más importantes de esos idiomas regionales es el catalán, que ha producido, a lo largo de su historia, una vigorosa literatura.
El castellano moderno, incluso, posee unos cuantos vocablos -no muchos, en verdad- provenientes de esa lengua. De ella hemos heredado, por ejemplo, nao (en catalán nau /nave/), seo (seu /catedral/), paella (originalmente, nombre del recipiente o sartén en que se cocina este conocido platillo)... Una de las expresiones, recibidas del catalán, más curiosas es capicúa (en ese idioma, cap i cúa /cabeza y cola/), aplicada a la cifra que resulta ser la misma, leída a partir del primero o del último número (como -por si no me expliqué bien- 323, 4554, 23532). Estos números capicúas significan, para algunas personas, buena suerte, y son muy solicitados en la lotería. No hace mucho tiempo tuvimos un año capicúa, el 1991, y próximamente tendremos otro, el 2002. No podemos quejarnos de nuestra buena fortuna.]
Pues, volviendo al comienzo, fue en Barcelona, la Ciudad Condal, la capital de Cataluña, la reina del Mediterráneo, donde la infanta de nuestro cuento (o, mejor dicho, la princesa del cuento de Rubén) escuchó, alegre, el anuncio del hada madrina sobre la llegada, en alado caballo, con espada y azor, del feliz caballero...