
Es increíble que la publicidad de un musical gire sobre la figura de un actor (John Travolta) porque aparece vestido de mujer durante todo el filme, actuación a puro maquillaje, punto.
Ya pasó la buena época de los musicales, cuando quien imponía el gusto por verlos eran sus libretistas o compositores, las épocas de Bernstein o de Rodgers y Hammerstein.
Ahora vale el maquillaje de Travolta y no la música. En realidad, este filme se basa en la puesta en escena de 1988, en Broadway, a la que le han agregado algunas canciones nuevas, y en un filme homónimo y trasgresor (“ Underground ”) dirigido por John Waters, un cineasta contestatario.
Se trata de música alegre, dulcete y bailable, sin ninguna singularidad especial. Son canciones con letras de las mismas condiciones, sin tensión dramática alguna, para un filme más superficial que un rezo de ateos, pese a que la trama toma el delicado tema de la discriminación racial en contra de los negros.
Es la historia de Tracy Turnblad (encarnada con simpatía por Nikki Blonsky) quien se afana por cumplir su gran utopía: la de bailar en televisión, pese a su figura regordeta y pequeña, muy distinta a las de los modelitos bellos de la tele.
Sin embargo, su padre (muy bien llevado por el actor Christopher Walken) le enseña que ella vive en Estados Unidos y que ahí los sueños se cumplen (¡gracias por el discursito!).
Así nos enteramos pronto del final de la película. ¿Cuál otro podría ser? La mamá de la jovencita es Edna, metida en carnes por John Travolta y con amaneramientos cursis en búsqueda del humor fácil.
De paso no encontramos con que la lucha por la integración racial en Estados Unidos es cosa de unos numeritos musicales, de unas bailaditas pop.
¡Lástima que Luther King y Malcolm X no lo supieran antes!
Ese tono superficial en el contenido lo lleva el filme en sus venas y arterias, en su sístole y diástole (palpitaciones), en el dedo gordo y en el chiquito, en el pelo y en… ¡bueno! Nada de la contracultura del cineasta John Waters.
Ahora, con John Travolta y un lamentable regreso de Michelle Pfeiffer al cine (¡por todos los dioses!, ¿quién la aconsejó tan mal?) lo que tenemos es una peliculita amable, sin distorsiones en la estructuración del relato y bastante pajosa.
Las pausas musicales tienen poca justificación en este filme, puro aerosol diluido, laca para pelo que no engomina siquiera. Son pausas simpáticas, algunas son melodiosas y tienen el mérito de que no le quitan verosimilitud a la trama, aunque sí le disminuyen su realismo. Ahí les queda este “spray” fílmico, con personajes burgueses, sean negros o blancos, y muchas situaciones de correntada. Mejor echarse agua bendita que el tal “spray”.