Por César Rancés
Pekín, 12 ago (EFE).- Los mendigos y prostitutas, poco habituales hasta ahora en China y consecuencia de la crisis económica generada por la neumonía atípica, inundan las calles de Pekín ante el olvido gubernamental, la indiferencia policial y el rechazo de los ciudadanos.
Pese a que el Gobierno insiste en afirmar que la neumonía atípica no ha supuesto quebranto económico de importancia para el país y que se ha logrado un crecimiento histórico, los ciudadanos se quejan de que su situación ha empeorado.
Los más afectados han sido, sin duda, los pobres y las mujeres desempleadas.
Antes de la crisis de la neumonía era difícil encontrar mendigos en Pekín. Sin embargo, dos meses después de la victoria contra el virus letal, las calles de la capital china se han inundado de pobres que piden limosna.
La mendicidad ha alcanzado tales cotas que hay indigentes en cada distrito, en cada parada de metro o en cada centro comercial.
El metro está lleno de niños pequeños, ciegos, inválidos, mutilados y ancianos, que deambulan, descalzos y harapientos, de un vagón a otro, en busca de una moneda, que muchos rechazan dar.
En Xidan, segundo centro comercial de la capital, muchos invidentes entonan composiciones típicas de la ópera de Pekín o canciones revolucionarias para apelar a la misericordia de los que van a gastarse el dinero.
A la estación central acuden numerosos leprosos, mutilados y quemados, que reclaman la atención de los viajeros más preocupados en llegar a tiempo a su tren que en dar una moneda al que no tiene.
El que se sienta en la terraza de una cafetería de la ciudad se expone al acoso de decenas de personas mayores y viejos revolucionarios, que mendigan un poco de pan.
"Antes de la neumonía atípica esto no pasaba", explica Xuan Zhe, taxista de Pekín acostumbrado a moverse por las calles de la capital, que añade: "digan lo que digan, ahora todo está peor, la gente no tiene trabajo y el poder adquisitivo ha descendido mucho".
Chen Bing, ejecutivo que trabaja en el distrito financiero de Guo Mao, opina que toda esa gente "acude a Pekín procedente del campo y muchos de ellos son traídos por mafias que les obligan a mendigar en puntos estratégicos de la ciudad y luego se reparten sus ganancias".
Cuando cae la noche y los mendigos se tapan con sus mantas de cartón o se refugian en una lata de cerveza, las prostitutas invaden las calles y avenidas. Es la hora del sexo pagado.
"Mi jornada laboral comienza a las nueve de la noche y termina sobre las tres de la mañana, a menos que duerma en casa del cliente", explica Xiao Peng, una joven de 20 años que ha abandonado el interior del país y ha viajado a Pekín para ganarse la vida por horas.
"Mi madre no trabaja y mi padre está en el paro, aunque recibe 300 yuanes al mes del Estado", dice Xiao Peng, que afirma que esa cantidad coincide con su tarifa por un "trabajo rápido" en la parte trasera de un vehículo.
Pasearse por Sanlitun, la calle de los bares de Pekín, supone evitar a decenas de chicas y chicos que se ofrecen, sobre todo a los extranjeros, por una cena, una copa o varios billetes si el servicio es completo.
"No podemos evitarlo", dice un policía que prefiere no dar su nombre, "pues las chicas huyen de la pobreza para ganar mucho dinero en la prostitución, aunque el peligro del sida es lo que más nos preocupa".
Cientos de bares, discotecas, karaokes, casas de masaje y peluquerías ofrecen servicios sexuales con chicas y chicos de mejor apariencia y que, en principio, parecen gozar de mejor salud, pero que tienen que dar a sus jefes, convertidos en proxenetas, la mitad de las ganancias.
"Desde el comienzo del verano y la desaparición de la neumonía se ha experimentado un crecimiento espectacular no sólo del número de prostitutas, sino también del de clientes, pues durante la epidemia nadie podía salir de sus casas para engañar a sus mujeres", concluye el policía municipal.EFE
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