La economía costarricense se está transformando aceleradamente. Hace cincuenta años, la agricultura, industria y comercio dominaban el panorama productivo y prácticamente concentraban el valor agregado, generación de empleo e ingreso. Hoy, la agricultura y ganadería, al igual que la manufactura, han reducido su participación en la conformación del producto interno bruto (PIB), pero han surgido otras actividades productivas mucho más dinámicas, identificadas con el nombre genérico de servicios.
Tal y como reportamos en nuestra edición del pasado 10 de mayo, mientras que los servicios representaban hace apenas 10 años un 60% del PIB, en el 2009 significaron un 69% del total. El transporte, almacenamiento y comunicaciones, junto a los servicios financieros y de seguros, y otros proporcionados a las familias y empresas, son los que más han crecido. Solo las comunicaciones, por el desarrollo vertiginoso de la telefonía celular e Internet, aumentaron su participación de un 10% a un 17%. Y conforme avanza la tecnología y apertura comercial, la participación en la producción de esos y otros servicios se incrementará aún más.
¿Cuáles son los retos qué plantea esta transformación? En primer término, es importante destacar que el fenómeno observado en Costa Rica es generalizando en el plano mundial. Según ha destacado el Banco Mundial, conforme avanzan los países en sus procesos de desarrollo, y crecen el ingreso y las necesidades de la sociedad, se demandan y generan cada vez más servicios distintos. Y no es que haya disminuido la elaboración de los demás bienes agrícolas o industriales –más bien, su producción y consumo han aumentado–, sino que la sociedad demanda otros servicios más especializados y sofisticados, como los denominados outsourcing y call centers. Y de ahí se deriva la primera lección: si el proceso de desarrollo demanda más y mejores servicios y más sofisticados, el sistema productivo debe tratar de proveer de ellos. Sería un error reprimirlos o tratar de promover bienes que la sociedad no desea, según su expresión, en los mercados interno y externo.
La segunda consideración es que los mercados internacionales se están integrando cada vez más en la generación y consumo de los distintos servicios, desde financieros, contables, legales, sanitarios, cibernéticos y de seguros. Este último comienza a desarrollarse más aceleradamente en Costa Rica con la apertura prevista en el TLC con EE. UU. Por consiguiente, la clásica distinción entre bienes transables y servicios no transables quedó en desuso. La interrogante, entonces, es cómo maximizar las oportunidades que se presentan con la apertura comercial, la integración de servicios y el desarrollo tecnológico.
La respuesta es la educación. El país en su conjunto debe hacer un esfuerzo por replantear sus planes y programas educativos, incluyendo idiomas extranjeros, contemplando no solo la escolaridad formal establecida por el Ministerio de Educación para escuelas y colegios, sino también los tecnológicos, particularmente el INA, donde abundan las quejas de menor maximización de los recursos. Sería recomendable que el Gobierno solicitara asistencia técnica del exterior en esta materia. La reforma a la Constitución Política aprobada recientemente, tendiente a incrementar el gasto obligatorio en educación, contribuirá a lograr esos fines.
Finalmente, está el reto impositivo. Si los servicios son el componente más dinámico del ingreso y el gasto, se debería contemplar la conveniencia de ampliar los gravámenes sobre las ventas relativas a todos los servicios, en el contexto de una transformación más general del impuesto sobre las ventas en uno sobre el valor agregado.