ESTAMOS ARRIBA DE un ceibo, a 22 metros del suelo. El árbol se termina treinta metros más arriba, pero no aspiramos a ramas tan altas. Somos nueve exploradores debidamente ataviados para descender cataratas y hacer lo que sea pero, en realidad, nos vemos como un carnaval de monos cubiertos de cuerdas y poleas. La sensación es maravillosa.
Estamos suspendidos en algún tramo del río Puente Vigas, en Turrialba, y el día destila un cielo tibio y brillante. Nuestra vida depende de un nudo "doble ocho" y, a decir verdad, nunca estuvo tan bien amarrada. El "doble ocho" es un nudo de montañismo que -además de precioso- tiene una actitud absolutamente indisoluble.
Dos kilómetros no son una eternidad, pero sí cuando se bajan cuatro cataratas, se recorren más de 300 metros de canopy, se cruza un puente colgante y se camina por el bosque.
Dos kilómetros pueden ser equivalentes a cuatro horas de acción y espera, como lo fue para nosotros.
En el tour de canyoning que organiza la agencia Explornatura, quienes más llaman la atención son María José, Carmen Lidia, María Jesús y Manuela. Ellas son las dueñas del agua y del vértigo; son las retadoras: las cataratas. Ubicadas en la finca Carmene, en El Recreo de Turrialba, María José tiene 12 metros de alto, Carmen Lidia 11, María Jesús 13 y Manuela 18. Se recorren en ese mismo orden, con intervalos de canopy y caminatas.
La aventura comienza en seco, sobre el camino de lastre al borde de la finca, con una charla sobre medidas de seguridad y uno que otro consejo para manejar los equipos recién entregados.
Bajar el agua
De un salto nos introducimos en el inmenso cañón del río. Atrás quedan los rastros del campo y la naturaleza comienza a abrir su enorme boca de selva y bejucos. El murmullo del agua filtra todas las piedras y se introduce en el canto de los grillos, convirtiéndose en un trance adormecido e hipnótico.
Explornatura funciona hace tres años en la zona de Turrialba y nuestros guías, Ronald Bottger, Kathy Brenes y Luis Obando, no se miden a la hora de dar explicaciones o responder inquietudes. Antes de comenzar a descender la primera catarata, Rónald hace una pequeña demostración bilingüe, simulando un descenso controlado y apacible. Sus intenciones son las mejores pero es un ensayo tan vano como enseñar a nadar fuera del agua.
No se aprende mucho hasta que es el propio cuerpo el que se suspende por sí mismo y son las propias manos las que se aferran a la cuerda y la cuerda a la roca. Nadie reconoce una catarata hasta que no la siente encima; nadie sabe lo que es su chorro hasta que la gravedad se lo lanza al pecho con toda el alma.
Ciento setenta metros de cable suspendido separan la primera catarata de la segunda. Este es el trecho de canopy más largo; el segundo es de 110 metros, el tercero de 120 y el cuarto de 125. Cada una de las demás cascadas presentan sus propias "dificultades", pero nada que no pueda lograrse con supervisión y empeño.
El paseo puede hacerse en un viaje de ida y vuelta: habrá quienes quieran quedarse pero difícilmente habrá quien se arrepienta de haber ido.