Hay películas de las cuales uno no quisiera hablar mucho. Solamente guardar silencio respetuoso ante una obra maestra o estar en vigilia con la consagración que el Quijote veló sus armas. Hablamos del filme iraní Las tortugas pueden volar (2004), con guion y dirección de Bahman Ghobadi.
De la cinematografía de Irán se puede hablar en extenso. Es la mejor con películas donde niños y niñas son personajes principales. Las tortugas pueden volar (en 95 minutos) confirma ese aserto, con la dramática historia que viven los niños en Iraq, en la zona limítrofe con Irán y Turquía, cuando la invasión estadounidense a ese país es absolutamente inevitable.
En su momento, el crítico de cine español Rodríguez Merchante dijo tan solo: “Es desgarradora y profunda”, y al preguntarle su opinión al crítico español Carlos Boyero, respondió: “Escalofriante”. Ni siquiera Shakespeare pudo diseñar y estructurar una tragedia con los matices que ofrece esta película, con hechos de la vida real que nos sacuden al vértigo de la ansiedad.
El director Bahman Ghobadi hace suya la frase del pintor Jean-Francois Millet: “El arte es un combate; en el arte es necesario jugarse la piel”. El iraní Ghobadi viene a refutar el pesimismo del gran realizador francés Jean-Luc Godard, cuando este insiste en que hoy el cine no es arte, es solo industria. Señor Godard: el asunto es que el cinearte se cuece en otras latitudes.
De lo que hablamos ahora, de lo que se exhibe en la Garbo, es de una película con carácter y temperamento, donde las historias son las que existen (como decía el español Miguel de Unamuno), no una historia, porque esta se compone de la pluralidad de acontecimientos.
Ahora se trata de un filme que señala a la guerra como un endriago, monstruo con facciones humanas, pero con miembros de distintas fieras, y que de la guerra las víctimas inocentes son niños y adultos en la vejez. De ahí la ternura contradictoria del título, evidente en la trama del filme: Las tortugas pueden volar .
El guion plantea su historia desde el realismo, con instinto propio del naturalismo literario. Como bien decía el director ruso Andréi Tarkovski, en su libro titulado Esculpir el tiempo : “El realismo es inclinarse hacia la verdad, y la verdad siempre es maravillosa”. Por eso, estamos ante un filme donde los efectos especiales no tienen ninguna importancia.
En esta película no hay desenfrenos visuales. Jamás. Se trata de un filme con hondura humana, es cine que privilegia la honestidad y el rigor en su mirada ante lo que narra, con aliento en el relato, sin preciosismos atildados, pero donde no sobran ni faltan planos, con actores infantiles excepcionales (¡qué expresividad!).
Las tortugas pueden vo.lar es cine para enfatizar aquellas palabras del escritor inglés C.S. Lewis: “Quizá estemos aquí solo para sentir al ser humano como sentido de amor”.