LAS MANOS BIEN AGARRADAS del puente; los ojos, asomados sobre la baranda, no pueden creer lo que ven: varias decenas de metros de nada. Allá abajo, cientos de copas de árboles que desde arriba se ven como una cobija verde, y de último y en el centro, el río Colorado, el cual desde donde estamos parece un cañito. Son 80 metros de altura.
¿De dónde saca la gente fuerzas para lanzarse hacia allí? ¿Quién sabe?, pero ese es el objetivo del deporte de alto riego conocido como bungee jumping: tirarse de un puente o plataforma al vacío a 65 km por hora y sostenido a la vida por tan solo una cuerda elástica cual cordón umbilical.
Siempre creí que la gente que hacía este tipo de cosas era macabramente dueña de un instinto suicida, hasta que escuché hablar a algunos de ellos.
"Cuando uno está tenso, se lanza del puente, y ¡viera cómo se relaja!", afirma Carlos Alfaro, el maestro de saltos de Tropical Bungee, quien en seis años se ha tirado al vacío ni más ni menos que 630 veces.
"Se siente riquísimo. Es muy difícil explicarlo porque hay que sentirlo; lo que sí puedo asegurar es que es uno de los deportes más emocionantes que uno pueda practicar", afirma Alfredo Paniagua, un cliente.
Adrenalina segura
El bungee jumping lo trajo al país Víctor Gallo, un fiebre de los deportes de aventura. él lo vio en California, Estados Unidos. Allí saltó por primera vez, y le gustó tanto que trató de asociarse con la empresa estadounidense para venir a tirar ticos desde un puente. Aquí se abrió en setiembre de 1991.
Para Gallo, el bungee es "la forma más rápida y sencilla de tener una experiencia de adrenalina sin necesidad de tomar cursos".
Desde que se trajo al país, esta atracción ha sido transformada con el único objetivo de incrementar la emoción. Por ejemplo, actualmente se utilizan cuerdas de látex, más suaves: absorben bien la caída y los rebotes resultan más altos.
Ahora viene la pregunta obvia: ¿alguien se ha matado en esto? La respuesta es un rotundo "¡no!". Es más, Gallo afirma que el equipo es ciento por ciento seguro.
Si todavía no lo cree, haga usted el cálculo: el puente está a 80 metros de altura y las cuerdas tienen 18 metros de largo. Dependiendo del peso, uno puede alcanzar una caída de 65 metros, por lo que resta un margen de seguridad de 15 metros. Para que no queden dudas, las cuerdas se cambian cada 500 saltos.
Gallo afirma que el bungee es "seguro y está diseñado para que el impacto al caer sea mínimo; incluso es menor que el que se siente en la montaña rusa".
Un salto para cada gusto
Digamos que usted ya tomó coraje, llegó hasta el puente y está a punto de subirse en la baranda. Ahora, lo que queda es escoger el tipo de salto. Los hay con el arnés en la cintura o en los pies, hacia delante, hacia atrás o haciendo vueltas en el aire.
Los muchachos le explicarán las modalidades y las sensaciones que podrían provocarle. Víctor Gallo, por ejemplo, prefiere arrojarse sujeto de los pies: "Hay más sensación de libertad porque no hay nada delante. Uno va viendo hacia el fondo y al final termina cabeza abajo". Usted escoge.
Y bien, en una de sus canciones, Luis Enrique dice: "Hay quienes piensan que inflando sus venas podrían volar"... Vuele usted. Tropical Bungee le presta el puente; usted deje el miedo, impúlsese y haga que lo abrace el vacío.
Cómo, dónde, cuándo
¿Qué? Bungee Jumping.
Empresa: Tropical Bungee.
¿Dónde? Puente viejo del río Colorado. Carretera Panamericana, del cruce de Grecia, un kilómetro y medio hacia el oeste. Manteniéndose sobre la carretera, hay que tomar el desvío que queda a mano derecha y recorrer unos 800 m hasta el puente.
Si va en bus: Tome el de San Ramón o Naranjo y pida que lo dejen en el salón Los Alfaro; de allí camine 800 m hacia el puente, siguiendo los letreros.
La empresa Tropical Bungee ofrece transporte cuando hay un mínimo de cuatro personas. Costo: $7 por persona.
Horario de los saltos: Todos los días, de 9 a. m. a 3 p. m.
Costo del bungee: Para nacionales, $30 por un salto y $45 por dos. Para extranjeros, $45 por un salto y $70 por dos saltos.
Requisitos: No pueden lanzarse personas con problemas crónicos de cuello, espalda o corazón, ni mujeres embarazadas. No hay límite de edad ni de peso. Si pesa menos de 40,9 kg (90 libras), la persona tiene que tirarse con un maestro de saltos. Si su peso es superior a las 104,5 kg (230 libras), se le pone doble cuerda.
Los niños pueden saltar si tienen permiso de sus padres. Antes de lanzarse, todas las personas deben firmar un documento en el que aseguran que tienen buena salud y no sufren de problemas crónicos.
Teléfono: 232-3956.
En carne propia
Montserrat Antillón, de 18 años, saltó en bungee y cuenta así su experiencia
5, 4, 3, 2 ("Si no salto ahora, no salto nunca", pensé)... 1. Y no sé con qué fuerzas logré despegar los pies de la orilla para saltar, extendí los brazos, y ¡VOLé!
Fue así como superé la etapa más difícil del bungee. Decir "voy a saltar" y llegar al puente es fácil, pero, cuando a uno le ponen el arnés y lo hacen firmar el contrato, comienza el miedo. Aquí empiezan las típicas preguntitas: "¿Cuánto peso aguantan las cuerdas?", "¿alguna vez se han reventado?", "¿se ha muerto alguien tirándose de aquí?"...
Son pocos los intrépidos que logran subir al puente. Es aterrorizante estar parado al borde del abismo, con los deditos de los pies salidos, las piernas temblando, sin nada de donde agarrarse y con el viento frío soplando...
En este momento se funden dos sensaciones fortísimas: el pánico y las ganas de volar. Aunque es realmente poco lo que dura la cuenta regresiva, los segundos ahí arriba se hacen eternos.
Estando a 80 metros de altura sobre el río Colorado, en Grecia, este parece un tranquilo riachuelo. Al borde de un ataque de nervios, pero con la determinación de mantener la cordura, nada importa. Sólo se puede pensar: "¿Quién habrá sido el que me embarcó en esto?". Lo único que queda es cerrar los ojos y saltar.
Yo sentí que, en ese momento, ver para abajo era un error fatal, por lo que fijé la vista en las montañas y las copas de los árboles. Si lo pensaba dos veces, no iba a hacerlo. Aproveché el impulso de los que me acompañaban cuando, a coro, dijeron "¡uno!..., y me decidí a volar.
Definitivamente, la adrenalina sube al ciento por ciento: no puedo comparar la sensación con ninguna otra experiencia. El miedo desaparece y lo sustituye un "pequeño" vacío en el estómago, que llega hasta la garganta. Buscaba de dónde agarrarme, movía los brazos y piernas tratando de detener la caída, hasta que al fin, después de un rato casi eterno, comenzaron los rebotes. Aquí decidí soltar toda la energía y gritar... Mientras la mente permanece en blanco, una agradece el estar viva y se siente completamente liberada y valiente.
Desaparecen las dudas y dan ganas de volverlo a hacer. Recuerdo que, cuando me entró pánico y estuve a punto de bajarme del borde del puente, pensé: "Lo único que diferencia a la gente con coraje de los demás, es que hacen lo que tienen que hacer a pesar del miedo".