Kim Peek empezó a memorizar libros a los 18 meses de edad. Ahora tiene 54 años y ya se sabe 9.000. Su memoria abarca historia, deportes, geografía, programas espaciales, actrices de cine. Recuerda enteros directorios telefónicos, códigos postales, rutas de trenes.
Es lo que se denomina un savant . Los asombrosos poderes de estas criaturas son objeto de intensos estudios en neurología, y por supuesto llenan de envidia a los simples mortales.
Una antepasada mía decía que a ella le habían echado la maldición de "tener que andar buscando". Es un castigo que muchos sufrimos. Cuánto no querríamos acordarnos de cada cosa: dónde quedó, cuándo fue, cuánto pesaba o valía.
Ahora bien, Kim no puede abotonarse la camisa, camina torcido, le cuesta resolver el día a día y es incapaz de abstraer. Por ejemplo, no puede explicar un refrán.
Lo de caminar mal o carecer de motriz fina le viene de que su cerebro presenta anomalías. La más grave, que carece de cuerpo calloso, especie de chasis que une los dos hemisferios.
Pero lo de no poder abstraer es más sutil que eso. Se debe a que no puede olvidar. Me permito una analogía computacional: entre su memoria y su procesador no hay filtros. No hay lo que en un computador sería un buffer o un caché . Todo está directo, crudo y visual: Kim "lo ve" todo en su cabeza.
A los de la maldición no nos queda más que abstraer. Combatimos el olvido con una estrategia curiosa: elaboramos conceptos. Abstraer es eso: determinar la forma en cómo cosas distintas se relacionan entre sí conceptualmente. Nos llenamos entonces de modelos, esquemas, valores y símbolos. Nuestra cultura es ante y por sobre todo simbólica.
¿Quién tiene la culpa/mérito? Parece ser que es el hemisferio izquierdo del cerebro, el jefe de la mente. Y los memoriosos lo tienen chocho, lo cual deja en libertad al derecho, que en nosotros está tapado bajo la montaña conceptual. Ese hemisferio, si estuviera libre, nos daría la capacidad de recordar sin límite.
Se suele decir que las dos funciones cumbre de la mente son la creatividad y la imaginación, pero, para mí, la suprema es el olvido. Ser capaces de seleccionar cuáles detalles borrar y cuáles rasgos preservar, en forma de concepto o símbolo, he ahí.
Sin olvido no habría metáforas, dudas e intuiciones. Y sin todos esos marcos, subvertidos de vez en cuando por alguna idea loca, no habría risa. A Kim Peek, como a casi todos los savants y los autistas, les está vedado el humor. Ellos lo recuerdan todo, pero no saben por qué reímos.