Cuando el beato Juan Pablo II canonizó a santa Faustina e instituyó oficialmente el Domingo de la Divina Misericordia, se dirigió a ella con las siguientes palabras: “Que tu mensaje de luz y esperanza se difunda por todo el mundo, mueva a los pecadores a la conversión, elimine las rivalidades y los odios, y abra a los hombres y las naciones a la práctica de la fraternidad”. El Papa también señaló quiénes están llamados a ser sus principales destinatarios: “Este mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro dulce de Cristo y hasta ellos llegan los haces de luz que parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden esperanza. ¡A cuántas almas ha consolado ya la invocación "Jesús, en ti confío", que la Providencia sugirió a través de sor Faustina! Este sencillo acto de abandono a Jesús disipa las nubes más densas e introduce un rayo de luz en la vida de cada uno”.
Luz y esperanza. Este mensaje “consolador”, “de luz y esperanza”, que el recordado Papa llevó en su corazón desde Cracovia al Vaticano, y, desde ahí, al mundo entero, reconociendo que la Divina Providencia se lo había asignado como su tarea prioritaria como sucesor de san Pedro, nos recuerda algunas verdades fundamentales de nuestra existencia, muchas veces “ahogadas” por la cotidianidad, o bien, por la presión de un mundo cada vez más secularizado que pretende, en palabras de Juan Pablo II: “silenciar la voz de Dios en el corazón de los hombres; quiere hacer de Dios el ‘gran ausente’ en la cultura y en la conciencia de los pueblos”.
Primera verdad. La primera de estas verdades es la del amor misericordioso de Dios por cada ser humano: amor gratuito, eterno e incondicional, absolutamente fiel –Dios nos ama como hijos, así, tal y como somos, con nuestras debilidades, con nuestras fallas, y con nuestro pasado; nada que podamos hacer alejará jamás su amor por nosotros y su deseo de compartir con nosotros, por toda la eternidad, una vida infinitamente más bella que la que conocemos y la cual nos tiene preparada–.
Es amor que tiene “entrañas” de madre, dulce y tierno; amor que siempre está dispuesto a perdonar y a dar una nueva oportunidad; amor que abraza y que restaura; amor que mueve a la conversión, a la reconciliación, a la paz; a la más profunda, exquisita y duradera felicidad; amor solidario, amor activo que sale al encuentro de las necesidades del amado. ¡Es el amor que lo ha llevado a entregar su vida en la cruz, por cada uno de nosotros! Es amor que no pertenece a este mundo, sino que tiene su origen y sus raíces en Dios mismo, ¡en su esencia! Cuando el ser humano es capaz de llegar a amar a su prójimo con este amor, tal como Cristo nos lo pide, es porque participa del amor de Dios; porque ha aprendido a transmitir y a reflejar ese amor divino.
Una segunda verdad fundamental que encontramos en este mensaje es el de la realidad eterna de nuestras almas. Después de esta existencia terrenal, efímera, nos espera una eternidad, donde solo hay dos destinos finales: uno de ellos, en perfecta comunión con Dios, donde Dios lo llenará todo y nosotros seremos un todo con Dios, y, el otro destino, en ausencia total de Dios. Siendo Dios la fuente y origen de todo amor, bondad, bienestar, luz, belleza, paz y alegría, podemos formarnos una leve idea de lo que nos espera en la presencia, en plenitud, de todos estos atributos. Por otra parte, podemos formarnos una idea de lo que podemos esperar, en la otra opción, en ausencia total de todos y cada uno de ellos. ¡Salvación o perdición, esas son las dos opciones que esperan a cada ser humano al final de esta vida! Es en virtud de esta realidad, y del gran amor que Dios nos tiene, que el mensaje de la Divina Misericordia invita –implora– al pecador a volver a Dios, y, con ello, a cambiar su destino eterno.
No temas. “Tu misión –le indicó nuestro Señor a santa Faustina y ella lo anotó en su diario– es la de escribir todo lo que te hago conocer sobre mi misericordia, para el provecho de aquellos que, leyendo estos escritos, encontrarán en sus almas consuelo y adquirirán valor para acercarse a mí”. (D1693) “Oh, si los pecadores conocieran mi misericordia no perecería un número tan grande de ellos”. (D1396) “La pérdida de cada alma me sumerge en una tristeza mortal”.(D1397) “Invita a las almas a una gran confianza en mi misericordia insondable. Que no tema acercarse a mí el alma débil, pecadora y, aunque tuviera más pecados que granos de arena hay en la tierra, todo se hundirá en el abismo de mi misericordia”.(D1059) “Haz lo que esté en tu poder para que los pecadores conozcan mi bondad”. (D1665) “Hija mía, escribe que cuanto más grande es la miseria de un alma, tanto más grande es el derecho que tiene a mi misericordia, e invita a todas las almas a confiar en el inconcebible abismo de mi misericordia, porque deseo salvarlas a todas. En la cruz, la fuente de mi misericordia fue abierta de par en par por la lanza para todas las almas, no he excluido a ninguna”.(D1182) “Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia donde han de buscar consuelo (se refiere al sacramento de la confesión); allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente.
Acercarse con fe. Para obtener este milagro no hay que realizar una peregrinación lejana, ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de mi representante y confesarle con fe su miseria, y el milagro de la misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud.
Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose, de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido, no es así para Dios.
El milagro de la divina misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud. Oh infelices que no disfrutan de este milagro de la divina misericordia; lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde”.(D1448) “Escribe: Antes de venir como juez justo abro de par en par la puerta de mi misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi misericordia, tendrá que pasar por la puerta de mi justicia”.(D114)
¡Es tiempo de misericordia! ¡Aprovechémoslo! Y, este domingo, celebremos la Divina Misericordia, enriquecidos con la indulgencia plenaria.