
Hace tiempo no veíamos una película de aventuras tan arrevesada, complicada –que no compleja–, desordenada, barullona, desbaratada e incoherente en su estructura interna como la secuela de La Leyenda del tesoro perdido (2004, dirigida entonces por Jon Turteltaub). ¿Entretenida? Tal vez.
Esta secuela poco original viene hoy con el título igualmente poco singular de La leyenda del tesoro perdido: El libro de los secretos (2007), con la dirección –¡obvio!– de Jon Turteltaub.
En el elenco repiten Nicolas Cage (como el héroe Ben Gates), Diane Kruger (como Abigail Chase, pareja de Ben), Justin Bartha (Riley Poole), Jon Voight (Patrick Gates) y Harvey Keitel (como el detective Sadusky).
Siempre muy mal hilvanada, con más hilos sueltos que una enagua vieja, esta secuela de tesoros ciertamente muestra ahora un elenco secundario de lujo: Ed Harris, Bruce Greenwood, Helen Mirren, quienes con Jon Voight y Harvey Keitel ofrecen actuaciones fácilmente superiores a la de Nicolas Cage, siempre con su rostro acartonado, estólido e insuficiente para expresar algún estado de ánimo.
Quien esto escribe piensa, sin duda, que de entre los histriones más famosos de Hollywood, de ahí, los peores son Ben Affleck y, presicamente, Nicolas Cage.
El guion de esta secuela es más bien colectivo, lo que demuestra que entre más cocineros haya... más rala queda la sopa. Digámoslo de una vez, en este filme lo único rescatable son las actuaciones de los secundarios y un montaje cuidadoso para lograr algunas secuencias pulidas en escenas de acción febril.
La trama es un enredijo muy siperficial: en esta segunda parte, el buscador de tesoros Ben Gates (Cage) se mete con tesoros ocultos y trazos de historia, de ahí las claves para llegar a los erarios escondidos de otras culturas, en este caso de los indígenas que poblaron la zona conquistada por españoles entre México y Estados Unidos.
¡Claro que hay pistas al estilo de El código da Vinci y aventuras propias de las películas con Indiana Jones o Lara Croft! Hay copias de aquí y de allá: plagios sin pies ni cabeza para un disparate de aventura, filme al que le resulta difícil encontrar su final/final (tiene como tres o cuatro finales): se alarga como una sequía en desierto inhóspito. Se empantana en su propio fango.
Quien esto escribe ve películas de aventuras desde por los años 50, desde la inolvidable Las minas del rey Salomón , con Stewart Granger y Deborah Kerr, y –desde hace mucho– ninguna nos ha hecho reír como esta secuela que comentamos hoy, a fuerza de tanta estupidez en un filme de aventuras: ¡increíble!
Esta cinta/secuela es una cadena cuyos eslabones se pierden entre sí por secuencias absurdas. Sirve para perder el tiempo.