Nueva York (The New York Times). Hace cinco años, una bochornosa mañana de agosto en Hicksville, Nueva York, Ann Kornhauser había salido a caminar con su labrador dorado, cuando, de pronto, se le fracturaron huesos del pie izquierdo. Kornhauser, entonces con cerca de 60 años, se enteró pronto por qué: los médicos descubrieron un tumor extraño en el pie. Le amputaron la mitad.
El pie protésico que le colocaron le provocaba dolor constante. Lloraba a menudo en el coche después de ir a la tienda de abarrotes porque temía meter las bolsas a la casa. El ortopedista le brindó la solución. Las extremidades artificiales han mejorado enormemente, dijo, y podría beneficiarse con uno de los nuevos modelos de alta tecnología, pero sólo le quedaría si le amputaran la pierna izquierda por debajo de la rodilla.
La idea de perder el resto de la pierna en buenas condiciones de salud, parecía bastante absurda y aterradora. Sin embargo, tras dos años de molestias, Kornhauser decidió hacerlo.
“Todo lo que mi familia dijo fue: 'Vas a estar ahí sentada sin una pierna’. Pero no sabían lo que yo sabía”, contó. “Yo sabía que se vería como una pierna y que la gente corre maratones con ellas. Sabía que tendría una vida”.
Durante una entrevista reciente, la alegre abuela de 63 años se levantó los pantalones grises para revelar una prótesis con superficie que parece piel y tiene arregladas las uñas de los dedos del pie. La pierna mecánica tiene un aspecto realista, con cubierta color piel de silicón, hecha a la medida y un tobillo que se puede ajustar a diversas alturas del tacón; varios sistemas similares de tobillos son maravillas de los microprocesadores, incluidos los sensores de movimiento. “Pude volver a caminar”, dijo. “Y parece real”.
Aproximadamente, dos millones de personas en Estados Unidos viven con amputaciones, según la Coalición de Amputados, un organismo nacional de defensoría. Sin embargo, a medida que se integra tecnología cada vez más sofisticada a las extremidades artificiales, muchos amputados toman decisiones otrora impensables. En lugar de hacer todo lo posible para conservar y vivir con lo que fuera que quedara de las extremidades, algunos optan por amputar extensiones más amplias para volver a tener algo más parecido a una función normal.
Ocasionalmente, esta decisión la toma alguien a quien le falta una mano o un brazo, sin embargo, son más comunes las amputaciones por debajo de la rodilla, que permiten que pacientes como Kornhauser aprovechen la robótica y las prótesis que parecen de carne.
Las prótesis biónicas, o que parecen reales, con piel hecha a la medida, motores y microchips que replican movimientos humanos naturales, están sacando del mercado a los modelos más antiguos. Incluso, al corredor sudafricano Oscar Pistorius lo han acusado de tener una ventaja injusta sobre sus contrincantes porque corre sobre dos prótesis en forma de J, hechas de fibra de carbono que parecen palas.
Los amputados “se están dando cuenta de que pueden hacer todo lo que hacían antes”, notó Amy Palmiero-Winters, de 39 años, una celebrada corredora de ultramaratón, quien perdió la pierna izquierda en un accidente de motocicleta cuando tenía 24 años. Ahora trabaja en A Step Ahead, una clínica ortopédica en Long Island. “Ven a la gente hoy y ven cosas diferentes que están haciendo, y cómo es más evidente y aceptado”.
Aunque la pérdida de una extremidad sigue siendo un trauma médico, muchos amputados han llegado a abrazar sus mejoras biónicas. Muchos “tienen pocos deseos de que una extremidad artificial tenga aspecto humano”, dijo Hugh Herr, quien coordina al grupo de investigación en biomecatrónica en Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que desarrolla aparatos robóticos usables. “Quieren que se vea interesante y tenga la belleza de una máquina”.
Recuperar la vida activa
Un día en el verano de 2003, David Rozelle, un capitán del Ejército, yacía en un hospital en las afueras de Bagdad porque una mina terrestre le había destrozado el pie derecho. Los médicos amputaron justo arriba del tobillo.
Con un pie artificial, Rozelle, que vive cerca de Boulder, Colorado, se las arregló para recuperar parte de su antigua vida. Compitió en triatlón y se reintegró al servicio en Iraq; ahora es mayor. Sin embargo, dos y medio años después de la amputación, le dijo al cirujano que quería que le quitara 23 centímetros de pierna para poder beneficiarse con una nueva prótesis debajo de la rodilla. Su médico se horrorizó.
“La comunidad médica está centrada completamente en salvar las extremidades”, dijo Rozelle, de 39 años. “En realidad, hay una desventaja al tener una longitud extra en la extremidad porque no te quedan bien las prótesis”.
Le hicieron la operación y ahora tiene varios modelos de sofisticadas piernas robóticas, las que usa para las actividades cotidianas y para sus deportes favoritos, como esquiar.
Muchos amputados que optan por cirugías más extensas son atletas, como Rozelle que esperan recuperar vidas activas.
A los 21 años, a Tom White lo atropelló un camión cuando montaba su motocicleta. Le amputaron el pie izquierdo y luego se lo volvieron a colocar, algo que le “suplicó” a los médicos que hicieran. Después de 19 operaciones y dos años con muletas, caminaba cojeando, pero salía de excursiones mochileras, corría maratones y, en general, trataba de mantenerse en forma y feliz.
Sin embargo, empeoraron las molestias a medida que pasaron los años. La artritis atacó las coyunturas fusionadas, y aunque siempre había tenido dolor al correr, simplemente no podía tolerar las nuevas punzadas fuertes.
“Los últimos dos años, caray, mi vida empezó a venírseme encima porque ya no podía correr”, dijo White de 51 años, un médico familiar en Buena Vista, Colorado. “Empeoró tanto que hacer algo como ir de excursión dejó de ser divertido porque me dolía demasiado”.
White hizo que le amputaran la pierna izquierda justo por debajo de la rodilla para conseguir un reluciente pie de fibra de carbono. Tres años después, ya volvió a entrenar para participar en carreras.
“Tomé la decisión de que me hicieran una amputación optativa para poder tener la posibilidad de recuperar mi vida”, explicó. “Sólo se me ocurrió: la tecnología es asombrosa, y estaría mejor”.
No obstante, son raras las ocasiones en las que las familias de los amputados, que, con razón, se preocupan y están confundidas, son entusiastas de los procedimientos drásticos. A Michael LaForgia, le costó mucho trabajo –y tuvo que recabar el testimonio de otros amputados que habían hecho lo mismo– convencer a su esposa.
LaForgia, un maratonista y gerente de programas en JPMorgan Chase en Smithtown, Nueva York, contrajo meningitis bacteriana en 2005, perdió el pie izquierdo y los dedos, el talón y el arco del derecho. Los médicos trataron de reconstruir el pie derecho con músculos que quitaron de la espalda, pero no podía usar zapatos normales, ni correr, ni andar en bicicleta ni seguir entrenando los equipos de futbol y béisbol de sus hijos. Constantemente estaba encorvado.
LaForgia se sintió “aliviado y emocionado” al amputarse la pierna derecha un año y medio después, para ponerse una prótesis de alta actividad. Después consiguió para la izquierda un pie prostético parcial para correr.
“Quería tanto deshacerme de ese pie porque representaba todo lo que no podía hacer”, dijo LaForgia de 46 años. “Tengo un par de zapatos Cole Haan de 150 dólares que puedo ponerme”.
Cada vez más sofisticados
La tecnología en las prótesis más nuevas avanza con rapidez. Herr, el profesor del MIT, fundó una empresa emergente llamada iWalk, dedicada a hacer las prótesis de la siguiente generación. El primer producto de la compañía, un pie biónico con tobillo, es resultado de modelar cuidadosamente músculos, tendones y reflejos espinales utilizados al caminar.
El pie puede sentir las acciones del usuario y el terreno sobre el que camina y ajustarse en consecuencia. Sus microprocesadores ayudan a coordinar respuestas tipo reflejo con los movimientos del usuario, y la robótica simula la acción de los músculos faltantes en la pantorrilla y los tendones de Aquiles.
De acuerdo con Herr, un amputado que usa el pie utiliza la misma cantidad de energía al caminar que alguien con extremidades biológicas – por primera vez en el caso de una prótesis. Sin embargo, no es barato – unos 70,000 dólares. Las aseguradoras pagan prótesis básicas, pero, por lo general, no así las extremidades artificiales de calidad superior como éstas.
Y es probable que estos aparatos se vuelvan más sofisticados. En la Universidad Johns Hopkins, los investigadores financiados por el Departamento de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa han estado trabajando para crear nuevas prótesis para los soldados a los que les amputaron las extremidades superiores. Hasta hace poco, la mayoría sólo era un garfio básico.
El objetivo es construir extremidades artificiales que parezcan brazos humanos en destreza, fuerza, tamaño y peso; y que los veteranos puedan algún día controlarlas con el cerebro. Los científicos planean insertar un pequeño conjunto de electrodos en la corteza, la capa superior del cerebro, o en los nervios periféricos. La esperanza es que al capturar estas señales nerviosas y transmitirlas a la extremidad artificial, el pensamiento se pueda transformar en movimiento. Incluso, los investigadores de Hopkins planean probar una extremidad que podría permitir a los amputados sentir presión, calor y frío.
Las extremidades artificiales inteligentes como éstas están todavía a años de distancia, y pasará mucho tiempo antes de que sean una realidad el hombre o la mujer biónicos. Sin embargo, la tecnología cada vez mejor ya proporciona a los amputados un beneficio invaluable.
“Ya no me siento feo”, dijo White. “Siento que soy un tipo normal”.