“['] y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad dél y de Rocinante fue tan única y tan trabada que hay fama por tradición de padres a hijos. ['] así como las dos bestias se juntaban, acudían a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otra parte más de media vara) y, mirando los dos atentamente al suelo, se solían estar de aquella manera tres días, a lo menos todo el tiempo que les dejaban o no les compelía la hambre a buscar sustento. ['] se podía echar ver, para universal admiración, cuán firme debió ser la amistad destos dos pacíficos animales”.
De todas las condiciones humanas, la amistad se yergue como un valor superior, solo comparable con el amor romántico, y muchas veces por encima de la devoción que se profesa a los familiares. No en balde Aristóteles dedicó dos libros a la amistad y Cervantes diseñó su magna obra alrededor de las incidencias de dos locos cuya amistad ha permanecido incólume por más de cuatro siglos.
Aunque la amistad se percibe como una propiedad netamente humana, en realidad corresponde a una destreza compartida por otros animales, tal y como Cervantes lo notó al describir ese idílico pasaje de camaradería entre un ordinario burro y un desaliñado jamelgo; sin duda, eco de la amistad entre Sancho y el Quijote, dos disímiles personajes con almas gemelas.
Solo los animales sociales pueden hacer amigos. Sin embargo, la amistad no existe en sociedades perfectas o “eusociedades”, como las de abejas, hormigas o ratas topo desnudas. Estos animales, a pesar de tener organizaciones muy desarrolladas, no son capaces de formar amistades ya que están dispuestas jerárquicamente bajo una rigurosa división del trabajo y un altruismo determinado genéticamente por una estrecha relación de parentesco (todos son familiares). De aquí se desprende que los verdaderos “továrishchi” (camaradas) de los bolcheviques solo son posibles en sociedades imperfectas...
Otro requisito es poseer una capacidad cognoscitiva desarrollada que permita establecer relaciones de causalidad y de recordar el pasado, pero no todos los animales inteligentes y con esa capacidad pueden fundar amistades.
Los orangutanes son primates de inteligencia notable que comparten un acervo biológico en común con los humanos, pero son solitarios y nunca forman amistades. Los loros, de gran inteligencia, crean relaciones monógamas de por vida, pero no de amistad.
La lista de animales en los que se han observado dependencias de amistad es corta. Entre ellos tenemos a chimpancés, gorilas, macacos, babuinos, elefantes, hienas, leones, caballos y delfines. En todos estos mamíferos se han visto relaciones bilaterales, y, en algunos casos, redes complejas de amigos que no están determinadas por mecanismos de selección sexual o de selección por parentesco.
La selección sexual maximiza el éxito reproductivo de las especies mediante el despliegue de “encantos personales” o de la lucha con rivales del mismo sexo; en cambio, la selección por parentesco favorece la transferencia de los genes mediante la cooperación y el altruismo más que por la competencia. Esto es evidente en los animales que protegen a sus crías de las garras de un predador, asegurando así la transferencia de sus genes “egoístas” a costa de su propia vida.
Entonces, la única manera de tener un amigo es siéndolo, y para esto se debe poseer la capacidad de escoger entre una gama de candidatos posibles. En los chimpancés se ha visto que las amistades verdaderas (ni sexuales ni de parentesco) se establecen preferentemente entre individuos del mismo sexo y en edades parecidas, aunque los chimpancés machos son más amigueros que las hembras.
Lo mismo ocurre con los cetáceos. Por ejemplo, los delfines hembras instituyen lazos preferentes con sus similares, protegiéndose y colaborando en la enseñanza y el cuidado de las crías. Por otro lado, los delfines machos escogen, dentro de un grupo numeroso de individuos, a sus amigos, con los que nadan, juegan y cazan. Incluso, estos lazos pueden persistir durante toda su vida.
Las razones por las que se establece camaradería no son del todo claras. La amistad tiene ciertas ventajas para los que la ejercen y, por tanto, podría considerarse un mecanismo de selección natural. Ciertamente, los individuos que forman lazos de amistad son en general más saludables, viven más, tienen acceso a mayor número de parejas sexuales y dejan mayor descendencia. Parece entonces que quienes practiquen la amistad tendrán más oportunidades de legar sus genes “empáticos” a la próxima generación.
Existe controversia sobre lo que predomina en la construcción de amistades. Una teoría considera esencial la “influencia de los otros”; de aquí un refrán de Sancho: “No con quien naces, sino con quien paces”, en relación con la influencia social que se ejerce para cimentar amigos.
Otra teoría propone a la homofilia; es decir, la tendencia de los individuos a asociarse con otros similares. Esta se basa en una variedad de características, como etnia, edad, físico, sexo, religión, gustos y educación: “Quien contempla a un amigo es como quien ve a un ejemplar de sí mismo” (Cicerón: Lelio , o De la amistad ). Finalmente, ambas teorías podrían ser ciertas.
La mayoría de las investigaciones apoyan la selección por homofilia. Sin embargo, se equivocan quienes, desde una perspectiva antropocéntrica, piensan que la amistad solo se construye para el “bien”. Como los humanos, los delfines y los chimpancés también se unen en pandillas de amigos juveniles leales y de elevada cohesión que se dedican a asaltar, matar y violar. Los adolescentes con tendencias delictivas prefieren entablar amistad con aquellos que despliegan un nivel similar de delincuencia, y viceversa. Las “malas” o “buenas” influencias entre pares distintos tienen poco que ver (ej., Social Development 2010, 19:437).
Aunque está lejos de probarse, parece que la selección por homofilia podría tener una base genética. Un grupo de investigadores, dirigidos por James Fowler, de la Universidad de California, descubrió que, en los seres humanos, la elección de amigos se correlaciona inversamente con dos genes. Uno de ellos es el DRD2, localizado en el cromosoma 11, compartido de manera significativa por amigos cercanos (correlación positiva). El segundo gen es el CYP2A6, localizado en el cromosoma 19, el que por lo general no comparten los amigos (correlación negativa).
El primer gen está involucrado en funciones cognoscitivas y sorprendentemente en el gusto por el alcohol. El segundo gen es aún más intrigante pues se relaciona con el temperamento extravertido. Tal y como lo sugieren los autores, “no es difícil imaginar que los no bebedores evadan a los bebedores, o que estos últimos puedan ser atraídos por ambientes que los no bebedores suelen evitar”. En el caso del gen CYP2A6, podría suponerse que los extravertidos tienden a buscar amigos introvertidos y viceversa.
En conclusión, es probable que la estructura genética de los humanos no solo esté determinada por uniones reproductivas, sino también por alianzas de amistad. Al final, a un amigo leal no lo escoges porque tenga mil amigos –posiblemente, todos en una cuenta en Facebook–, sino porque, al igual que tú, se ríe de tus malos chistes y se compadece de tus problemas, aunque no sean tan graves.
El autor es integrante del Programa de Investigación en Enfermedades Tropicales de la UNA y del Instituto Clodomiro Picado de la UCR.