“Sonar el silbato” es una expresión estadounidense que significa denunciar algo que se conoce por razones de trabajo.
Se dice que el origen del término es la analogía con lo que hace un árbitro en un encuentro deportivo, cuando señala faltas con su silbato.
Hace algunos años, cuando en una empresa estadounidense de energia llamada Enron se estaba utilizando la “contabilidad creativa” en perjuicio de sus accionistas, una señora muy valiente, llamada Sherron Watkins, sonó el silbato y públicamente denunció lo que los niveles superiores de la empresa habían venido cocinando y ocultando.
No sabemos en cuántas empresas públicas y privadas ocurren eventos que hacen que la gente en sus conversaciones privadas se los cuenten y se lamenten de lo mal que andan las cosas.
Ni sabemos cuántas personas en cargos de responsabilidad sienten náuseas y se muerden la lengua con lo que ven que está ocurriendo y que, por una lealtad malentendida o por estar obligados por la confidencialidad, o por puro temor, no denuncian.
Los sistemas judiciales se nutren de denuncias.
No basta con un buen código penal, si los habitantes, por alguna razón, no hacen denuncias, como ocurre con ciertos delitos que a las personas les causa dolor denunciar.
Este periódico informa, en su edición del pasado sábado, de que el señor Daniel Muñoz ha presentado una denuncia sobre algo semejante a la “contabilidad creativa” utilizada en Enron, que, según él, ocurrió en la CCSS en el 2008, cuando, con base en información falseada, se aprobó una política salarial que ha perjudicado gravemente a la institución.
Quienes suenan el silbato para señalar procedimientos o actividades indebidas, hacen un gran servicio.
Son parte de un sistema emergente de control.
Por esa razón están legalmente protegidos en muchos países. Sus denuncias no solamente ponen en evidencia casos punibles y dan inicio así a procesos judiciales, sino que también hacen que, en otros ámbitos, quienes tienen puestos de responsabilidad pongan las barbas en remojo ante la perspectiva de que entre cielo y tierra no hay nada oculto.