Estas conclusiones neurológicas explican lo que somos pero, sobre todo, lo que podemos ser:
–El cerebro se completa a los 20 años, pero construimos conexiones cerebrales con nuestros pensamientos y estilo de vida hasta el último aliento.
–Todo lo que le metamos al cuerpo y a la mente nos afecta.
–El cerebro no distingue entre lo real y lo imaginario. Si recordamos o vivimos hechos que nos hacen sentir cosas “feas” o “bonitas”, nuestro cerebro segrega las sustancias químicas emparejadas con ellos.
–No recordamos solo hechos, también las emociones que relacionamos con ellos.
Cuanto más activo esté el cerebro en la vejez, mejor y, a cualquier edad, podemos aprender idiomas, arte, usar Internet, tener hobbies o mascotas.
Explica el éxito actual de la psicología que parte del presente para “echar pa’lante” y no para andar hurgando en viejos hoyos negros. Lo ideal es perdonar lo pasado y enfocarse en una visión sana del presente.
La adrenalina y la cortisona nos dan energías para alcanzar metas pero, cada vez que usted recuerda algo malo, su cerebro vuelve a segregarlas para “protegerlo” y ellas producen o empeoran las enfermedades que lo aquejan.
No es evadirse, hay que resolver pacíficamente los problemas (personales, laborales o sociales) y evitar que nos consuman. Se trata de evitar, en lo posible, el dolor vital, porque sufrirlo o infringirlo daña la psique y el cuerpo.
La felicidad es entonces una tarea diaria y hay que pasar por su tamiz las decisiones. Si comprarse algo que no debería, si comerse esos chicharrones, si no hacer su trabajo, si seguir con “esa” persona, o cualquier otra cosa le produce felicidad al principio, pero después lo hace sentir miserable, entonces, parece sensato evitarse problemas y alejarse del placer con culpa.
En cambio, recordar o vivir experiencias placenteras positivas hace que el cerebro active toda la serie de las llamadas “hormonas de la felicidad”, emparen-tadas con la salud y el bienestar.
En teoría, sabemos cómo nos afectan los tamales y el chocolate y el té verde y las ensaladas pero también hay que pasar por la zaranda cerebral las emociones negativas: ¿Quién se enferma consumiendo la violencia de los sucesos o enojándose por la liviandad de la farándula? ¿Quién, odiando al malo de la telenovela? ¿Quién, rumiando resentimientos o exasperándose porque los otros no han sido como ellos querían?
Recordemos la sabiduría de una vieja letra de salsero Willy Colón: “El que nunca perdona, tiene destino cierto: vivir de amargos recuerdos en su propio infierno”.
Los monjes tibetanos tienen la parte del cerebro relacionada con la felicidad más grande que la de los demás mortales. Aunque no tenemos vocación de ascetas ni muchas horas para meditar, intentemos su técnica: perdonar y pensar positivo.