Judy Paskel y Hans van der Wielen son como un árbol de sombra generosa que extiende sus ramas sobre un ecosistema integrado por diversos organismos. Los beneficiados directos -podría pensarse- son los huéspedes y los 110 empleados del hotel Bougainvillea, del cual son propietarios estos esposos de ascendencia holandesa y corazón tico.
Pero el verdor de su follaje refresca también la vida de unos 80 niños costarricenses que padecen enfermedades severas de la piel como ictiosis e epidermolisis, y sopla con frescura en la escuela pública de Santo Tomás de Santo Domingo de Heredia, que don Hans asegura haber "adoptado" desde hace unos diez años.
"Yo no le estoy haciendo favores a nadie; el favor me lo ha hecho a mí este país al acogerme tan cálidamente", sostiene el señor van der Wielen, quien llegó hace 45 años "con una mano adelante y la otra atrás".
Cuesta decidir dónde sentarse a conversar cuando son incontables los coloridos rincones y parajes de las tres hectáreas de jardín que tiene el hotel. Que si en una coqueta banca de metal frente al estanque de las ranas, o en el quiosco al que se llega después de sortear los "obstáculos" naturales de un divertido laberinto muy verde y redondo, o quizá entre veraneras, chinas y hortensias, al lado del famoso Quincho, el campesino descalzo que esculpió el talentoso Luis Castillo. Finalmente nos decidimos por caminar, y hablamos sobre la marcha, mientras cruzamos los puentes de madera rústica y recorremos los senderos que se abren camino entre árboles y arbustos.
"Antes teníamos sembrados muchos pinos, pero los hemos ido cambiando por especies criollas. Con los años, ha aumentado mucho la cantidad de aves que llegan, sobre todo en las mañanas", cuenta con su sencillez característica doña Judy, quien nació en Aruba (una excolonia holandesa), pero conoció al que se convertiría en su esposo en el centro de nuestra ciudad capital.
Buen consejo. Un día hace 60 años, don Hans, muchachito melindroso para comer, escuchó a su abuela en Holanda decirle: "Vas a tener que hacerte chef, para que comás lo que querás". Sus palabras hicieron tal eco en él que, tiempo más tarde, emprendió estudios de hotelería e idiomas en su tierra natal.
Llevaba ya 13 años trabajando en hoteles de Holanda, Francia y Suiza, así como en cruceros de lujo, cuando le surgió la posibilidad de venirse a Costa Rica como chef del entonces hotel Royal Dutch. Corría 1961. Dos años después, van der Wielen había ascendido al cargo de subgerente y, un tiempo más tarde, el hotel se trasladó a la Avenida Central. Fue entonces cuando apareció Judy Paskel en su vida.
Se había venido de Aruba con una hermana que emigró en busca de mejores horizontes y, sin demora, reanudó su secundaria en el liceo Luis Dobles Segreda. Al tiempo, buscó trabajo como recepcionista en el Royal Dutch. Tres idiomas y varios cursos de secretariado le aseguraron el puesto y la pusieron en la senda del soltero Hans. Diez meses más tarde, estaban casados y este setiembre celebrarán 40 frondosos años de matrimonio, con cinco hijos y nueve nietos.
Su filosofía. Nos detenemos brevemente porque don Hans quiere mostrarnos orgulloso el sector del jardín donde reproducen semilla para las flores que continuamente siembran los ocho jardineros de tiempo completo que allí laboran; así como los pequeños cultivos de lechuga, ayote, chayote, vainica y otras hortalizas orgánicas que se siembran para uso del restaurante.
Hace un alto más para contarnos cómo, con la ayuda de Natalia Vega -ingeniera agrónoma de la Escuela Agrícola de la Región del Trópico Húmedo (EARTH) que hizo una pasantía en el hotel- resolvieron hace un año el problema de las montañas diarias de cáscaras de naranja, piña, limón y otros cítricos utilizados para preparar jugos y refrescos.
La inquietud era cómo deshacerse de ellos con "filosofía ecológica". Ahora, con la incorporación de melaza y algunos microorganismos, los desechos se convierten, en cuestión de siete semanas, en un apetecido abono que se pelean los jardineros del Bougainvillea.
Esa palabra, Bougainvillea, ha estado enraizada en la vida de van der Wielen desde hace casi 30 años. Recuerda que en la calle, al frente del hotel Amstel -que don Hans abrió con sus ahorros más un préstamo en 1965-, se estacionaba a diario un Volkswagen escarabajo que tenía pegada una calcomanía con leyenda: "Siembre veraneras". El mensaje le caló tanto que decidió llenar de estas flores la propiedad que adquirió en 1976, en Santo Tomás, donde construyó su casa y crecieron sus hijos en medio de cafetales. De esa época son también algunos de los árboles que todavía se yerguen en el hotel.
"Siempre nos han gustado mucho las flores y los frutales, comenta doña Judy. Por eso inicialmente pensaron llamar a su hotel "Veranera", hasta que a don Hans le pareció mejor usar el equivalente científico de ese nombre: "Bougainvillea".
La preocupación de don Hans por conservar el ambiente en lo que él denomina "este paraíso" (Costa Rica) va más allá de sus propios jardines. Actualmente es miembro del consejo asesor del INBioparque y gerente de la reserva forestal La Tirimbina, en Sarapiquí, que posee 300 hectáreas de bosque primario donde los alumnos de quinto y sexto grado de la zona llegan a recibir educación ambiental. "Si muchos 'se están paseando' en este país, nosotros debemos hacer algo por él, aunque sea pequeño, y como enseñarle trucos a un mono viejo es muy difícil, la clave es motivar a la juventud", afirma convencido. Pese a los dichos que usa, ciertos giros de su acento lo delatan como extranjero, pero él subraya que no lo es: "Yo me considero plenamente tico. Hasta sueño en español".
Abanderado de las causas nobles, van der Wielen integró, a finales de 1998, una comisión para restaurar el órgano de tubos de la Basílica de Santo Domingo de Heredia, una verdadera reliquia pues la fábrica de donde provino, en Bruselas, Bélgica, fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que se perdieron todos los planos.
Escuela "adoptada". Justo al lado de su hotel, se encuentra la escuela de Santo Tomás. Su fachada, impecablemente pintada de blanco y azul, más parece la de una institución privada. Pero no. Es la escuela pública donde estudian actualmente unos 300 niños. "Ya que somos vecinos, ¿por qué no ayudarles? Es un deber de todos en nuestras respectivas comunidades. Los condóminos (en parte de los terrenos del hotel, van der Wielen construyó 57 apartamentos en condominio que ha ido vendiendo), así como nosotros, aportamos cada año una suma de dinero para dar mantenimiento a la escuela".
Así, en 1996 se construyeron cuatro aulas prefabricadas (pabellón este), y en 1998, otras cuatro aulas de concreto (pabellón oeste) más el comedor. En el 2000, se techaron pasillos y se hizo una acera de ingreso para niños discapacitados. En el 2003, se cambió el cielo raso del frente de la institución, y el año pasado se puso nuevo cielo raso y piso al salón de actos y se hicieron varios cubículos para educación especial. A las canoas les llegó el turno de ser cambiadas este año. "Aquí todo es nuevo. Lo único viejo somos las maestras", bromea Ana Isabel Salazar, docente de sexto grado, mientras palmea cariñosamente a don Hans por la espalda.
A diferencia de otros propietarios, Hans van der Wielen y Judy Paskel siempre están en su hotel. De hecho, viven junto a él, hacen dos o tres caminatas diarias en sus jardines y mantienen una relación muy cordial con todos los empleados.
Rocío Solís Badilla, jefa de recursos humanos, empezó con ellos en el hotel Amstel y, 23 años después, son los únicos patronos que ha tenido. Tanto ella como Luis Carlos Eduarte Villalobos se refirieron a los beneficios que han recibido los empleados de una asociación solidarista creada en 1980 en el Amstel y supervisada por don Hans y doña Judy.
"Prácticamente no hay ningún jefe de familia en el hotel que no tenga su casa propia. Aunque la asociación posee su junta directiva, ellos se cercioran de que se dé prioridad a los préstamos para vivienda, que se otorgan con un interés del 12 por ciento. Así, todos nos hemos ido haciendo de una propiedad", dice Eduarte.
Don Hans todavía recuerda las estrecheces de finales de los años 60. Lograr que el hotel Amstel "despegara" fue muy duro. "Cada día había que correr al banco a hacer un depósito de ¢500 para que no rebotaran los cheques. Dichosamente las cosas mejoraron y el hotel se consolidó allá por 1970. Lo vendí en 1984". Dos años antes, en 1982, había comprado un terreno en barrio Tournón y, 14 meses más tarde, estaba inaugurando su primer hotel Bougainvillea (hoy Villa Tournón). Luego, en 1989, se estrenó el de Santo Tomás de Santo Domingo, y a lo largo de tres años administraron ambos hoteles. "Pero manejar dos negocios a la vez es complicado. Era mejor atender uno bien que dos mal", justifica don Hans. Su esposa se apresura a agregar otra razón por la cual vendieron el primero de esos hoteles. "Ya casi venía el primer nieto y queríamos más tiempo para disfrutarlo".
Hoy, esos recuerdos levitan sobre su jardín al igual que las mariposas. Y el incansable señor van der Wielen acaricia nuevos sueños. Uno, el de construir un pequeño auditorio para conciertos de cámara en el hotel, habla de su sensibilidad para la música. Otro, el de levantar un nuevo hotel Bougainvillea en la espesura de Sarapiquí, habla de su infinita pasión por la naturaleza.
Rodrigo Gámez Lobo, presidente del INBio
Parte de la historia de Hans que conozco es la del holandés que llegó a un pequeño pueblo herediano y pronto se identificó con su ambiente rural. Se integró a la comunidad y, resaltando valores locales y trayendo bienestar para muchos, construyó ahí una exitosa empresa hotelera. Tuvo mucha visión para imaginarse que en ese pueblito podía desarrollarse un complejo hotelero de la talla del Bougainvillea.
Posiblemente en ese momento fue una ventaja el ser extranjero, porque vio cosas que la gente local no veía, como la tranquilidad del ambiente rural pueblerino, la vista de las montañas del Valle Central y la exuberancia de nuestra naturaleza. Con gusto exquisito, usó esa flora criolla o introducida para crear un jardín de singular belleza.
Para quienes nos interesamos por el ambiente, Hans es ese modelo de empresario excelente en lo que hace, pero que incorpora en su quehacer el respeto y el compromiso por conservar la riqueza natural de esta, su otra patria.
La cruzada de doña Judy
Desde siempre los niños han sido su debilidad, en especial aquellos que sufren. Por eso, durante años, Judy Paskel estuvo vinculada como voluntaria al Patronato Nacional de la Infancia (PANI), donde ayudó a dar en adopción a varias decenas de menores, en cuenta casos de hermanos que no era conveniente separar.
Más recientemente, fue la muchacha que trabaja en su casa quien, sin proponérselo, la sensibilizó en torno al tema de los niños con severas enfermedades de piel.
En julio del 2000, le comentó que Marvin Barquero, el niño de un año y cuatro meses cuyo caso estaban reseñando por esos días los medios de prensa, era su vecino.
Su padecimiento se llama ictiosis y se caracteriza por una acumulación excesiva de escamas o células muertas en la capa superior de la piel.
"Ese día me sentí muy culpable de haber vivido sin saber que existen enfermedades así. Y decidí hacer algo. En aquel momento, no sabía nada sobre la ictiasis, y menos aún sobre la epidermolisis bulosa, trastorno debido al cual la piel y las mucosas se vuelven muy frágiles, tanto que cualquier roce puede causar dolorosas ampollas".
Puso manos a la obra y en octubre del 2000 dio vida a la Fundación Marvin Barquero, orientada a promover la investigación y a buscar una mejor atención para estos pacientes. Después, Paskel contactó con DebRA Internacional (Asociación de Investigación de la Epidermolisis Bulosa Distrófica), de Inglaterra, para constituir en agosto del 2001 la Fundación DebRA Costa Rica.
"Realizamos actividades para recaudar fondos e importar cremas, vendajes y lociones para estos niños. Debido a que son padecimientos incurables, lo único que podemos hacer es darles atención. Traemos al país especialistas que den entrenamientos, y apoyamos al Hospital de Niños", detalla la señora Paskel.
Tres veces al año, realizan un convivio con los niños de la Fundación y sus familias en los jardines del hotel Bougainvillea, donde también funciona la oficina de DebRA.