
Periódicamente, por lo menos desde la época de su Tercer Congreso, la Universidad de Costa Rica de alguna forma abre discusión sobre el tema de las Humanidades y de los Estudios Generales. Tal reiteración induce a pensar que se trata de un problema aún no resuelto, tal vez por no haber sido enfocado con precisión, o por insuficiente conceptualización, por lo menos en el ámbito social.
No parece estar realmente en discusión la vocación humanista de la Universidad de Costa Rica, codificada en su Estatuto y también en su historia; defendida e institucionalizada por grandes figuras universitarias del pasado como Rodrigo Facio, Abelardo Bonilla, Enrique Macaya, Carlos Monge, José J. Trejos, Constantino Láscaris, Teodoro Olarte, Roberto Saumells, etc.
Lo que sí hay que constatar es que, hace bastantes años, los Estudios Generales no suscitan casi ningún entusiasmo en sus principales destinatarios que son los estudiantes. Tampoco son protagonistas de la cultura nacional, como lo fueron en la época de los ilustres universitarios arriba mencionados; ni gozan de gran prestigio en el claustro universitario; ni han logrado constituir la columna vertebral de una robusta conciencia histórica, política y social, intra y extra universitaria.
¿Se tratará de insensibilidad y ceguera de los jóvenes, del claustro universitario, de la Patria, de la sociedad y de los políticos hacia los valores del humanismo? Puede ser, pero es también cierto que el valor de las cosas no se impone por decreto, ni consiste únicamente en buenas intenciones, ni en planteamientos retóricos. Si existe, brilla por sí solo y es por sí mismo atractivo. Curiosamente, cuando alguien quiere defender el valor de las Humanidades en la Universidad de Costa Rica, hace mención de aquellos Estudios Generales que existieron entre la reforma de 1956 y los primeros años setentas. Sería interesante preguntarse qué hubo después, qué sucedió a partir del Tercer Congreso.
Los que trabajamos en la Universidad o nos interesamos por ella debemos preguntarnos si, hoy, los Estudios Generales cumplen con la vocación humanista que pretenden poseer. Para ello, hay que preguntarse cuántas mentes de docentes posee la actual Escuela de Estudios Generales dotadas de amplia, profunda y lúcida cultura general; cuánto humanismo y nobleza humana vividos y no solamente proclamado se expresan allí. Y, además, ¿cuánto hay de lógica, buena fe, sabiduría, prudencia, seriedad, criterio jurídico e institucional? ¿Cuántas son las personalidades de verdaderos maestros, atractivos para los estudiantes, como ejemplo de seres humanos completos y auténticos, además de serios moralmente?
Es necesario, así pues, realizar una autocrítica sobre nuestras posibilidades reales de llevar a cabo la función pública que nos proponemos. No debe ser un "pensamiento desiderativo" el que nos atribuya la tarea y la capacidad de encarnar el humanismo universitario, sino un verdadero conocimiento de nosotros mismos y una conciencia adecuada de nuestros saberes y de su situación en la actualidad.
Desafortunadamente, los Estudios Generales actuales no son un dichoso oasis, preservado de manera prodigiosa en medio de la crisis de la cultura nacional, de la pérdida del sentido cívico, del resquebrajamiento, reducción y torcedura a los cuales, en este decadente fin de siglo, se ven sometidos enunciados supuestamente expresivos de valores como: democracia, libertad, participación, moral, excelencia académica, etc.
La crisis del humanismo en la Universidad es profunda, y no se trata de achacársela sólo al neoliberalismo y a la globalización, que, por su reductivismo conceptual en lo económico, lo político y lo moral, son probablemente parte de la crisis misma y no su causa. No se trata, por lo tanto, de explicar todo a base de la ecuación simplista: público=humanista y privado=deshumanizador en el campo universitario.
Los que creemos en la Universidad pública tenemos muchas razones de sentirnos desencantados. En los últimos 20 años la Universidad de Costa Rica ha equivocado muchos caminos. La senda de la democratización, emprendida después del Tercer Congreso, ha sido en gran parte mal concebida en su inicio y desvirtuada después. Esto ha llevado, debido en gran parte a los sistemas de graduación, de reclutamiento y de concursos,más políticos y, a veces, más demagógicos, que ligados a los méritos académicos, a la masificación del profesorado en varias unidades académicas y, concretamente, en Estudios Generales.
Nos preguntamos si aquellas grandes figuras de universitarios que hacen que algunos piensen con nostalgia en los antiguos Estudios Generales tendrían cabida en los actuales o si serían marginados (como,de hecho, alguno de ellos lo fue en su momento) en el caso que su entereza intelectual no les permitiese dejarse absorber por grupos que tienen la fuerza del número, pero no la de la razón ni la de la excelencia. Lo mismo sucede hoy con intelectuales serios y eficaces, algunos brillantes, que tienen el "defecto" de ser independientes.
La vieja cuestión de las Humanidades y de los Estudios Generales en la Universidad de Costa Rica debe plantearse bien y esto significa: con autenticidad, más allá de fórmulas y de "slogans", apropiados para circunstancias políticas. Tampoco la solución es cerrar los Estudios Generales o estrangularlos en lo presupuestario. En efecto, la Universidad de Costa Rica debe mantener su vocación humanista: esta es su misión, importante para el país. Con este fin, debe dignificar y fortalecer los Estudios Generales. Pero, para que esto suceda, estos deben salir de la situación de desarraigo en que los dejó la clausura de la antigua Facultad de Ciencias y Letras. Así pues, los estudios humanísticos, como los de posgrado, por su carácter interdisciplinario y por su necesidad de vincularse a los saberes y a la investigación, deben pertenecer a toda la Universidad y no guetizarse en una unidad académica.
El Quinto Congreso, en 1990, había marcado este camino, que ha sido obstaculizado e interrumpido, por falta de visión y por temor a reformas necesarias. Incluso, se ha llegado a hostigar y hasta perseguir a quien intentó liderar la realización de tales reformas, sin que, por otra parte, las autoridades universitarias en su conjunto marcaran un rumbo y expresaran convicciones claras y definidas al respecto.
Creemos que el fortalecer los Estudios Generales no va reñido con flexibilizarlos, agilizarlos, hacer que, a los ojos de los estudiantes de las diferentes carreras, se conviertan en un digno e interesante complemento de sus estudios y no sigan siendo una pesada carga, a veces repetitiva de lo ya visto en el Colegio y, de todos modo, poco estimulante en lo intelectual.