Es imposible poner un pie en Sixaola y no sentir que los ánimos se caen al piso. El calor sofocante, las casas maltrechas, las calles polvorientas y el temor de la gente, dan al lugar una imagen agonizante.
El sol golpea con fuerza el suelo arenoso y devuelve al aire un vapor insoportable que se adhiere a la ropa, a la piel. Los lugareños se pasean por las callecillas, unos a pie, muchos en bicicleta. Se saludan, conversan, bromean, pero pasan horas sin oír que alguien ría a carcajada abierta.
Azotado por las inundaciones, el pueblo fronterizo que hace unas décadas era una zona pujante, se hunde poco a poco en la miseria y el abandono. Y nada parece garantizarle que se salve de un nuevo desastre natural.
Sixaola se ubica en el kilómetro 104 de la Ruta 36, a seis horas de San José, y aunque los límites dicen que está del lado costarricense, más parece una esquina robada al territorio panameño.
La poca vida del lugar gira en torno a la carretera internacional que divide en dos al pueblo, pasa por encima del río Sixaola convertida en puente de hierro, y se pierde en suelo canalero.
Al lado izquierdo de la vía, unos cuantos negocios mantienen en pie sus paredes empolvadas. Dos bares, un restaurante, un supermercado, una pañalera y un par de tiendas tapizadas en botas de hule, componen el corazón comercial del pueblito.
Detrás de ellos están la escuela, el mercado, la cancha de futbol y muchas casitas de madera ordenadas en cuadrantes. El colegio y la subdelegación de policía se encuentran a unos 200 metros sobre la carretera hacia Bribrí. No hay más, ni un parque, ni un banco, ni un hotel.
Junto con las fincas bananeras, el río es el eterno compañero del pueblo, pero también su peor enemigo. El torrente nace en el cerro Chirripó como el río Telire. En su camino de 146 kilómetros hasta el mar, se le unen los ríos Cuen, Lari, Urén y Yorkín, para entrar al Atlántico como el gigante que todos conocen.
Aunque es caudaloso e inquieto en las montañas, al pasar junto al pueblo se vuelve silencioso. Cuesta creer que hace 14 meses fue él quien castigó a los 10.000 habitantes del distrito.
Azuzadas por más de 30 horas de lluvia, el 9 de enero del 2005, las aguas del río arrasaron cultivos, viviendas y edificios.
El agua alcanzó más de 4 metros de altura y ni un solo rincón del pueblo quedó a salvo, hasta la nueva carretera a Bribrí sufrió 10 cortes abruptos y ni siquiera pudo ser inaugurada.
La destrucción de los bananales provocó la quiebra de dos empresas en la zona y dejó a cientos de lugareños sin empleo. Para colmo de males, la "llena" contaminó decenas de acueductos en el cantón de Talamanca y el agua potable no se vio más en Sixaola.
Todo el país se enteró de la emergencia que vivía el sur limonense. Grupos e instituciones recogieron alimentos y ropa para los miles de damnificados.
El pueblo entero fue declarado zona de alto riesgo y las promesas del Gobierno llegaron poco después de que el agua volvió a su cauce... pero las soluciones todavía vienen de camino.
Tres casitas. En 1909, la subsidiaria Chiriquí Land Company se instaló en el valle de Sixaola. Ahí sembró el primer bananal, construyó el puente sobre el río y echó a andar un ferrocarril hasta Puerto Almirante en Panamá.
En los años 50 nació el pueblo que hoy ocupa la margen oeste del río. La aduana, un comisariato, el Resguardo y tres casitas rodeadas de cacaotales, era todo lo que había entonces.
Antonio Silva Reyes nació en San José, hace 60 años, pero llegó al pueblo con solo dos días de vida. Desde entonces, su vida y la de Sixaola crecieron juntas.
"No había carretera, solo se podía salir por carritos de tren hasta Bribrí y de ahí, en tren a Limón. Era todo un día de viaje, pero como habíaplata aquí, la gente prefería pagar avioneta hasta Limón", recordó don Antonio.
La apertura de un camino de lastre hasta Bribrí , en 1978, generó la construcción de nuevas casas en la zona. Pronto se levantó un mercado, una escuela y, antes de que finalizara 1990, ya el pueblo tenía electricidad y teléfono.
"Esa era una buena época, a veces pasaban 40 buses de turistas por día, pero eso no se volvió a ver. Los gobiernos cerraron la frontera y de ahí para acá no ha habido progreso", añadió.
Mas para entonces, la naturaleza también había comenzado a minar el progreso del Sixaola.
Cada invierno, el río arrastra sedimentos de las montañas y los acumula en sus partes bajas. El cauce que antes era transitado por botes, perdió profundidad y se desborda más fácilmente.
Entre 1970 y 1990, la prensa de la época informó sobre al menos diez grandes inundaciones en Sixaola. La mayoría se dio en diciembre, enero y febrero.
Una de las "llenas" quedó grabada en la memoria colectiva: la del 10 de abril de 1970. Esa inundación dejó pérdidas totales en las casas, el agro y la ganadería.
Sin embargo, las calamidades de ese año fueron superadas por la "llena" del 2005. Y el estado del pueblo es una prueba de ello.
Muchas casas en los barrios Las Vegas, San José y Las Brisas desaparecieron del mapa o quedaron inhabitables. Las que subsitieron sobre pilotes están sucias y tambaleantes, como la de Edelvina Vallejas. El primer piso de su vivienda está cubierto por una capa de barro. Las puertas quedaron bloqueadas y los sillones están atados del techo, donde los colgaron para salvarlos del agua. "Este es mi pedazo de casa, pero no tengo plata para pagarle a alguien que la limpie", confesó.
Para mantener a dos niñas, alquiló un local en el mercado y abrió una pequeña soda. Pero son poquísimos los comensales que recibe cada semana, así que debe salir a la calle a vender empanadas o lavar ropa ajena.
Las ventas informales son la fuente de sustento para algunas familias, pero la mayoría vive de la agricultura. Son empleados de las fincas bananeras o dedican sus lotes a la siembra de plátano y ayote, para venderlos luego.
Esos pequeños productores fueron los más afectados por la "llena". La destrucción de sus plantaciones obligó a muchos a buscar trabajo fuera del pueblo, mientras el fruto volvía a crecer.
Mas la peor calamidad que viven los sixaoleños es la falta de agua potable. El líquido que sale del tubo viene mezclado con barro y es imposible de consumir, así que los vecinos se valen de unas canoas para recoger del techo el agua llovida, guardarla en estañones y purificarla con unas gotas de cloro.
"El agua del tubo la usamos para lavar ropa o bañarnos y aunque a veces nos salen ronchitas, como que se nos hizo la piel de sapo para soportarlo", aseguró Bermont Rojas, presidente de la Asociación de Desarrollo de Sixaola.
Para dotar al pueblo con agua limpia, se perforó un pozo en la cercana finca 96, mas ni siquiera a 100 metros de profundidad fue posible encontrarla.
Riesgo latente. Varias callecillas de lastre comunican la cabecera del distrito con los barrios vecinos. Junto a esos caminos abundan los desagües inundados con un agua casi verdosa... el nido ideal para las enfermedades.
Amparada en las pésimas condiciones de salud, la sombra de epidemias como dengue y malaria se cierne desde hace años sobre el pueblo.
Un día por semana, un doctor visita el salón comunal de Sixaola para atender males menores, pero el grueso de la atención solo puede darse a 10 kilómetros del pueblo, en la clínica de Daytonia.
Allí se ha vuelto normal la atención de pacientes con golpes o cortaduras generadas durante encuentros violentos que se producen en horas de la noche.
Poco antes del atardecer, aumenta el número de personas que cruzan el puente hacia Panamá. Son los empleados de las bananeras que vuelven con prisa a sus casas, en parte porque desean ver a los suyos, pero sobre todo porque temen que la noche los sorprenda en tierra tica.
Las drogas, la prostitución y la delincuencia se han vuelto algo común en Sixaola. Se cuenta que por la noche una mujer a quien llaman la Bob Marley y los chapulines salen a hacer de las suyas. Ella distrae a las víctimas mientras los otros las asaltan.
Para controlar la situación, algunos policías vigilan desde una caseta que el Ministerio de Salud clausuró hace meses.
"Del comando de frontera que había antes, se pasó a una subdelegación y se asignó a menos oficiales", agregó Rojas.
La inseguridad de los lugareños no la generan solo los delincuentes. El año pasado, el gobierno de Panamá construyó un muro en su margen del río para proteger de una inundación al corregimiento de Guabito.
El muro de "tabla estaca" figura entre los acuerdos de una declaración conjunta de los gobiernos de Costa Rica y Panamá, documento que fue firmado en abril del 2005.
Ahora, los ticos están preocupados de que la protección panameña genere un mayor daño en suelo nacional, y perciben el visto bueno del gobierno costarricense como una muestra de que los están abandonando.
Y es que después de la última "llena", se habló de reparar la carretera, la escuela y el colegio; de soluciones de vivienda y ayuda para los agricultores; hasta se prometió reubicar al pueblo completo. Pero nada pasó.
"Reubicar el pueblo es una medida difícil de ejecutar; la gente no se quiere ir. Ya se acostumbraron a su trabajo, a su forma de vida, hasta a las 'llenas'", aseguró Bermont Rojas.
Por ahora, los habitantes de Sixaola están a la deriva, con el temor de que el invierno caribeño haga crecer de nuevo las aguas de río y termine de hundir al pueblo en la desesperanza.