
La literatura del género fantástico familiar ha encontrado en el cine una veta comercial bastante explotada. Debe ser por culpa del señorito Harry Potter, por anillos o por el tal mundo de Narnia. Lo que sea.
Ahora tenemos una producción más en esa onda, se titula Los seis signos de la luz (2007), dirigida por David. L. Cunnigham.
Este filme se basa en la serie de libros escrita por Susan Cooper, con la historia de Will, muchacho de 14 años, a quien las hormonas se le menean cuando ve a una jovencita atractiva.
Sin embargo, ni él sabe para lo que está predestinado (se plantea el tema del determinismo). Will no sabe que él es parte de una generación histórica de guerreros del bien.
Resulta que Will es hijo sétimo de padre sétimo en generación sétima. Por eso, en sus manos queda la lucha confusa entre la Luz y la Oscuridad, personajes de rostros humanos. Es la trama del filme: la lucha entre el bien y el mal, con los conocidos y válidos mensajes sobre la amistad y la superación personal. Will debe encontrar seis símbolos luminosos para derrotar a las sombras.
El problema es que esa historia fantástica, en cuanto que escapa de los conceptos de una realidad real para plantearse en una economía de lo real maravilloso o de lo real mágico, esa historia está narrada de manera sosa y, peor, presentada visualmente sin ninguna imaginación creadora, por más siniestra que quiera presentarse la atmósfera de dicha narración.
Eso, precisamente eso (ambas cosas), es lo peor que le puede pasar a una película propia del género fantástico, aunque esté hecha con cierto acomodo artesanal, con simpatía y con algunas secuencias bien pegaditas.
Por lo demás, estamos convencidos de que el cine fantástico requiere cierta visión transgresora del mundo y del ser humano, lo cual no se da en esta cinta.
El filme Los seis signos de la luz es débil en la caracterización de personajes y flojo en las secuencias de suspenso, aunque mantiene bien el hilado narrativo de la trama.
A las actuaciones les falta carisma o ángel, sobre todo al jovencito Alexander Ludwig como Will, cuyo trabajo nunca destaca las capacidades de su personaje: confuso, sí, pero con poderes especiales.
Destacamos la fotografía de Joel Ramson y, más que eso, la música de Christopher Beck, siempre atinada en el subrayado de las imágenes.
La intención fue lograr una película solvente, pero a falta de magia lo mágico devino en expresión deficitaria. En Los seis signos de la luz (94 minutos) hay un deseo por hacer un “fantástico clásico”, pero le falta algo importante, como lo es el “fantástico interior”.
Es oportuno acotar que el género fantástico, como presencia de lo inadmisible en el seno de la admisible, con su sintaxis cinematográfica particular, tiene trayectoria muy rica en el sétimo arte, desde los primeros pasos del cinematógrafo y, con todo y todo, aún seduce.