El buen amigo f-q-ch me aconsejó un día: “rasurate en la ducha, ahorrás tiempo y es más tuanis…”. Dos razones de peso, por supuesto, pero había una duda: “¿Y cómo hago con el espejo?, en la ducha no hay”. “Lo hacés sin ver, enseguida aprendés”.
Hice caso –en general soy un tipo dócil– y pronto empecé a disfrutarlo. El agua me gusta caliente, a lo baño turco. Me pongo champú, y hago bajar un poco de espuma desde el cráneo hasta la zona p-m-t (pescuezo-mandíbula-trompa), sin abrir para nada los ojos. A tientas localizo la turbo-mach-sensor-plus-excel y procedo a la chapia, la poda, la siega a la ciega de los imprudentes pelillos que hayan brotado por ahí.
De los cinco sentidos, el único que podemos apagar a voluntad es la vista. ¿Será para poder descansar de “este planeta tan brillante”, como opinaba K-Pax? Fijo que sí, aunque también sirve para encender el otro planeta, el de adentro, el mental. Ese mundo cuyos límites casi nadie ha explorado y que, al decir de Cela, tiene los soles más bellos.
Mundo que es, en esencia, reducto de lo incompartible, autónomo e invisible. El del que está por ahí tirado leyendo Cien años . El de los ajedrecistas tragados por un tablero donde “por afuera” parece no pasar nada. El de esas parejas de adolescentes que lo llenan a uno de e-n-r (envidia-nostalgia-resignación) cuando se quedan tan quietecitos, mirándose y mirándose sin cruzar palabra.
Vendrá más y más tecnología de interconexión –Internet apenas debuta. La colmena mental será cada día más grande y más densa, y el nuevo espacio antropológico –el del conocimiento– con tanta justeza señalado por Pierre Lévy en su ya clásico texto Inteligencia Colectiva , seguirá dotando de su particular perfil a la sociedad venidera.
Aún así, el reducto que refiero permanecerá intacto. Y más que eso: se volverá indispensable. Su disfrute –su maestría– nos pondrá a salvo del barullo mediático, de la invasiva tecnosfera. Será la parte de cada uno que no podrá ser copiada a “la matriz”.
Permítame usted entonces una sugerencia. Si va en el bus, cierre un momento los ojos. No le importe sin piensan que se ponchó. Disfrute de los sonidos, las voces, los vaivenes.
Hágalo también cuando su garganta tome contacto con esa primera cerveza de viernes que tanto se merece, cuando salga al corredor de su casa a recibir el día.
No lo deje solo para cuando besa a su pareja, hay mucho por ahí que puede sembrar y cosechar en su interior. Y si su barba no es demasiado espesa, como la mía, pues hágale también caso al bueno de f-q-ch.