NADIE SABE PARA QUIÉN trabaja. Hace 7.000 años, un ingenioso de Centroamérica cocinó con maíz y -sin imaginárselo- inició una tradición que llega hasta nuestros días.
Amparados en esa buena suerte y en los secretos culinarios de su tierra, nacen restaurantes como la Pupusería Mayra: una pupusería salvadoreña de pura cepa, de esas donde la variedad de los platos queda excluida para centrarse en lo más representativo de la comida típica cuscatleca.
Dos humeantes comales, atizados por el calor de la leña, escribieron los primeros capítulos de la historia del restaurante. Aquí, dentro de un garaje, hace 18 años, se improvisó una soda que contaba con apenas lo necesario para atender a los comensales.
"Cuando iniciamos el negocio, nosotros transformábamos un garaje en una soda, pero sólo los fines de semana. Apenas teníamos lo básico: comales, un mostrador y una mesa, insuficiente para la cantidad de personas que nos visitaban", narra orgullosa doña Mayra Guardado, la dueña, nacida en El Salvador.
Poco a poco, el buen sabor de su comida ayudó para que su popularidad aumentara. "En aquellos días me valía de todo para que la gente se diera cuenta de mi negocio. Los hijos de la señora que me rentaba el local ayudaban y corrían casa por casa, avisando que la comida estaba lista. Muchas personas ayudaron para que las cosas salieran bien", agrega Mayra, quien, además, es la dueña del restaurante.
Hoy día, las cosas han cambiado y la Pupusería Mayra muestra una cara totalmente renovada.
En el nuevo local -situado a poco metros del antiguo-, las pupusas se siguen vendiendo a todo aquel que se arrime a la esquina. Ahora, la numerosa cantidad de mesas (50) y los colores terracota que maquillan las paredes, dejan en el olvido el viejo local percudido por los calores y el humo.
Las dos salas que conforman el restaurante actual fueron decoradas por la misma doña Mayra, quien, en compañía de Juan Carlos Garro, trabajó en un look rústico para su restaurante. Garro estudió en México, por lo que el local muestra una combinación de detalles de ese país -y de otros, centroamericanos-. Precisamente, esa variedad se nota en las mesas de madera, los vitrales, los ajos colgantes y las numerosas casitas de cerámica que tapizan varias paredes.
Manos a la masa
El día en que Tiempo Libre fue a probar la cuchara de doña Mayra (o más bien sus pupusas), se encontró con un restaurante que hace bien su trabajo -algo bastante positivo, cuando es común encontrar lugares que olvidan cuál es su especialidad-.
Este es de los pocos restaurantes donde el menú escasea en nombres extraños y de platos extravagantes, por lo que, sin mucho donde complicarnos, encontramos ocho opciones: pupusas, tacos, maduros con queso, frijoles molidos, tamales de cerdo, sandwiches de pollo, quesadillas salvadoreñas y chicharrones con yuca.
La elección era casi de rigor: un par de pupusas de carne nos sirvieron para almorzar en buena forma y para cerciorarnos de que eran ciertos los comentarios que motivaron nuestra visita.
Por un lado, las pupusas estaban como para seguir comiendo, y los tacos cumplían con todas las de la ley.
La pronta atención del salonero sirvió para que la comida llegara fresca, justo en el punto adecuado.
Ante los buenos comentarios, doña Mayra añade: "Lo que pretendemos es dar a nuestros clientes una buena prueba de la comida típica salvadoreña. Por eso preferimos tener pocas pero buenas alternativas en el menú. Al final, si las personas se van para la casa satisfechas, hemos cumplido con nuestra tarea".
En un ambiente a veces matizado por el alto volumen del televisor y el radio, personas de todo tipo llegan a disfrutar de la comida. Por eso, a Pupusería Mayra no le falta quien le llegue: vecinos, transeúntes y personas que laboran en las cercanías, pasan día a día por lo suyo.
En fin, si lo que usted desea es una buena pupusa, no lo piense más: visite Pupuseríaa Mayra. Aquí, la receta está hecha para matar el antojo de una buena vez.