El calor que despide el horno de barro y un sol más que ardiente hacen asfixiante el ambiente en el patio. La tarde apenas se asoma. A un lado, bajo una pequeña sombra, varias manos dan forma a los panes y bocadillos horneados que se comerán en estos días santos.
Sobre la mesa, ya casi no alcanzan los moldes de metal para colocar rosquillas, tanelas, empanadas y demás delicias de maíz. Es la hora de la horneada, toda una tradición entre las familias guanacastecas.
En la pampa se preparan platillos especiales para esta época. Se trata de recetas que han pasado de generación en generación y conforman la dieta de Semana Santa.
Hace muchos años, las comidas y repostería de Semana Santa se preparaban con anticipación pues, durante los días santos, solo se encendía el fuego para hacer café. "Había que dejar toda la comida lista una semana antes; ese tiempo se conocía como la ësemana de la buscaí. Las familias iban a las playas a buscar ostras, pescado y almejas y se preparaban platillos que se podían conservar por varios días", contó doña Josefina Vásquez, de 65 años, una de esas guanacastecas con las que la tradición sobrevive.
Doña Josefina dedicó todo este lunes a hornear rosquillas, en su casa, en barrio Panamá de Santa Cruz. En esa tarea le ayudaron dos hijas y una hermana, porque el trabajo es duro.
Hornear rosquillas en familia tiene otra ganancia: se transmite la tradición a las nuevas generaciones. "Yo aprendí cuando era muy pequeña, viendo cómo mi mamá las hacía", cuenta doña Josefina. Y viéndola a ella, aprendieron sus hijas.
¡A madrugar!
La horneada de rosquillas comienza muy temprano en el molino eléctrico. Ahí se muele el maíz que se cocina una día antes con ceniza durante varias horas.
Por dicha, doña Josefina tiene el molino muy cerca, a unos 600 metros de su casa pues, para esta temporada, hay fila desde la 2 a. m. "En estos días vienen entre 40 y 50 personas; incluso tengo que repartir fichas" , contó Miriam Díaz, quien atiende el molino desde hace 10 años y a eso de las 11 a. m. logró, ¡por fin!, moler su propio maíz.
El molino eléctrico es una verdadera salvada para las cocineras. Cuando eran niñas, ayudaban a sus mamás a moler el maíz a mano, en un pilón de piedra, labor que consumía muchas horas y energías.
Lo que ciertamente no ha cambiando, es la forma de hacer las rosquillas: a la masa se le agrega suficiente queso, mantequilla y manteca, azúcar y sal. El secreto está en la variedad de queso, la mantequilla y, por supuesto, el horno de barro.
Con sus brazos aún fuertes, doña Josefina dedicó al menos dos horas a amasar esa mezcla sobre una mesa de madera, en el patio de su casa. Cuando la masa estuvo en su punto llegó el momento de hacer las rosquillas.
Sentada en un banco, a un lado de la mesa, la mujer se acomoda para la labor: toma un poquito de masa, la estira haciéndola girar a lo largo para hacer una especie de melcocha y luego le da la forma de rosquilla. A su lado, una de sus hermanas hace las empanadas que se rellenan con queso y azúcar.
Llega la hora de las tanelas. Doña Josefina se va a preparar la masa y Lina, una de sus hijas, toma su lugar en la producción de rosquillas.
Leche agria, natilla y azúcar se entremezclan y funden con la masa bajo las manos expertas de la madre. Las manos no cesan y las lenguas tampoco: mientras dan forma a toda esa repostería, las señoras hablan de los temas de familia: "que a mi hija le va bien en la escuela", "que yo quiero un mejor trabajo para mi muchacho", "que la otra ya tiene novio y, por dicha, está contenta".
Son casi las dos de la tarde y doña Josefina interrumpe la animada tertulia para dar la esperada orden: "¡prendé el horno!", le dice a unos de sus hijos, que de inmediato echa madera en la gran boca de barro y le prende fuego.
Una hora después, el horno ya está muy caliente y se sacan, con un palo, los pedazos de madera carbonizados para que el piso del horno quede limpio. Doña Josefina introduce, entonces, los moldes con rosquillas, tanelas y empanadas.
La parte más sabrosa se acerca; en una media hora, sale el primer molde con rosquillas. Están calientes, olorosas a maíz y queso. La faena está por terminar; mientras transcurre el tiempo necesario para terminar la horneada, ya la familia ha empezado a celebrar con una buena jarra de café en el cual mojan las rosquillas recién preparadas. La Semana Santa ya llegó.