En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó:
–Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?
Jesús le contestó:
–¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
Él replicó:
–Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:
–Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos:
–¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió:
–Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Ellos se espantaron y comentaban:
–Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús se les quedó mirando. y les dijo:
–Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.
Pedro se puso a decirle:
–Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús dijo:
–Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.
El texto del evangelio de hoy es especialmente significativo y lleno de elementos que, en el actual contexto, han de decirnos mucho y de llevarnos a una reflexión seria y a profundidad de cara a nuestro estilo de vida.
El texto de la misa de este domingo posee tres partes: el encuentro con un personaje rico, la instrucción de Jesús a los suyos y, finalmente, el tema de la recompensa debida al seguimiento radical. Vamos por partes.
El personaje rico de que habla el texto de Marcos aparece inicialmente en un encuentro con Jesús algo emotivo. Se postra ante él, le llama “maestro bueno” y le pregunta acerca de la manera más segura de alcanzar la vida eterna, o sea, el Reino.
Ante los hechos Jesús comienza a plantear su propuesta. Primero habla de la bondad característica de Dios y, más adelante, luego de resumir la segunda parte del decálogo, se da cuenta de que su interlocutor es una persona realmente buena, pues ha cumplido con esos mandatos desde pequeño.
Lo que sigue a continuación era de esperar: Jesús se da cuenta que, a alguien así, se le ha de pedir más.
Lo que el Señor pide al rico en cuestión es demasiado para él. Lo que posee le hace imposible optar más radicalmente por Jesús. Le resulta casi imposible imitar el estilo de vida del Maestro y los suyos. Aquí Jesús invierte la idea judía de los bienes como derivados de una necesaria bendición por parte de Dios.
Hace ver otro dato: los bienes pueden ser obstáculo para una opción de seguimiento más exigente y, peor aún, en el caso de ser riquezas mal ganadas.
La instrucción a los suyos en privado dispara la experiencia con el personaje rico a reflexiones aún más radicales: quien pone las riquezas, que no son más que medios y las hace fines, corre el riesgo de no salvarse.
Y lo afirma usando una hipérbole sobre el camello y la aguja que es clara y contundente.
“¿Quién puede salvarse?”, se preguntan asombrados los discípulos. Solo si se confía en Dios se podrá alcanzar la salvación, pues ni siquiera renunciar a los bienes significa inmediatamente alcanzar el cielo. Sólo en la medida en que cada quien sea capaz de confiar en la acción de Dios en su vida y de relativizar lo que no es absoluto –caso de la riqueza material- se podrá alcanzar la Vida. Es la única salida.
Finalmente, Marcos plantea la suerte del discípulo. Ante la pregunta de Pedro, Jesús habla de cuánto merece quien ha dejado todo y le ha seguido: un camino junto a hermanos, la aventura de ser libres de cara al Reino y, por supuesto, la ocasión de construir una sociedad nueva para todos. Ese será el premio derivado de la experiencia y sólo comprensible para quien la tenga efectivamente en su vida.
Mauricio Víquez Lizano, pbro.