ANTES, LA VISITA a la Sala de Seres Vivos del Museo de los Niños parecía como un chiste cruel, por que ahí, lo que menos había era vida. Pero eso era antes de que la vitalidad se colara y se instalara en la Sala Kal yök, en octubre del año anterior.
Ahora la luz, la energía y el movimiento andan por los 380 metros cuadrados de construcción de una selva tropical lluviosa reproducida y prácticamente igualada a la real.
En ella los árboles -de mentiras aunque no parecen- llegan al techo y las plantas -estas si son de verdad- como heliconias, bromelias, líquenes, y las orquídeas, llegan al suelo; huele a tierra y en algunos sectores es posible sentir una llovizna igual a la que hay en los bosques naturales.
La flora no es la única que hace su aporte a Kal yök (que significa bosque en la lengua bribri, también la fauna puso de su parte: hay iguanas verdes, tortugas, reptiles, insectos y ranas, entre otras, y desde hace unos meses unas cuantas especies marinas incrementaron la oferta de animales que es posible ver en este espacio natural, se trata de la sección: vida marina.
Parte del agua
Después de pasar la sección del bosque, de andar por entre las raíces de los árboles, ver los reptiles, las arañas y las ranas, uno llega a la sección de vida marina compuesta por un par de peceras de 350 galones de agua.
En el recipiente de la izquierda vive una hembra tiburón gato bebé que se la pasa casi siempre al ras del suelo. Come pez vela de vez en cuando y resultó ser tan poco sociable que terminó haciendo de la manta raya -uno de los especímenes que en algún momento fue de la exposición- parte de su alimento.
Pero hasta ahí no llegan sus acciones de poco civilizada, tampoco quiso compartir casa con el erizo de mar por lo que empezó a molestarlo con la cola. Cumplió su objetivo y el pobre pez fue cambiado de casa.
Ahora la hembra tiburón está sola con un pepino de mar, un animal que no la molesta por que ni se mueve y que es casi igual al delicioso pepino comestible, pero cubierto como de una telita, que siempre está pegado a alguna pared.
En la pecera de la par están los siempre llamativos peces en las más variadas tonalidades que como piecitas de color se pasean por entre las piedras. Ahí está la anguila, una hermosa criatura de color blanco y negro que pocas veces sale a saludar a los visitantes y cuando logra vencer su timidez, capta la atención de cualquiera por su colorida y misteriosa presencia.
En este espacio encontró hogar el erizo de mar -después de ser despachado por el tiburón gato-, una mota negra que no aparenta vitalidad pero que si uno le pone cuidado verá mover sus puntiagudas terminaciones. Y claro, no puede faltar el caballito de mar que con una carita de "yo no fui" siempre se lleva las miradas.
En las peceras contiguas están los cangrejos gigantes y algunos caricacos que fueron recolectados el del 30 de abril al 3 de mayo cerca de los arrecifes coralinos del Parque Nacional de Cahuita, Puerto Viejo y Punta Vargas.
"Los encargados de la misión fueron Frank Cedeño de Museografía y Edgar Castrillo, biólogo, decorador ambientalista y diseñador de la sala de seres vivos; quienes contaron y de los guardas parques de Cahuita quienes les facilitaron una panga y un buzo profesional, se sumergieron por más de 16 horas en dichas costas", afirma Iside Sarmiento, del departamento de comunicaciones del Museo.
"Para lograr la presencia de animales vivientes en la sala fue necesario pedir un permiso especial al MINAE, el Ministerio permitió la recolección de las especies y le dio al espacio la categoría de zoológico. Los requerimientos incluyen: un plan de manejo, capacidad tecnológica para mantener el espacio, funcionamiento óptimo de cada cubículo, un laboratorio, regulaciones adicionales en cuanto a temperatura, tamaño, luz ambiental, prevención de enfermedades y una bitácora", agregó Sarmiento.
Como todo lo que hay en el Museo esta sección tiene claros y explícitos fines educativos, así que además de los animales hay una serie de informaciones y explicaciones prácticas sobre los inquilinos de esta área, por ejemplo, con solo meter la mano en tres tubos diferentes, usted sentirá en carne propia la temperatura a la que están los huevos cuando las tortugas los depositan en la arena.
El recorrido está completo, seguimos por los pasadizos del Museo siempre dispuesto dejarnos con la boca abierta con las maravillas que ofrece.