
Reconquista, Santa Fe, Argentina. Camino a Corrientes –capital de la provincia del mismo nombre– la dificultad estaba anunciada: la Red de Pescadores había aplicado una medida de fuerza en protesta por el hambre que están sufriendo decenas de familias de Porto Reconquista, producto de 90 días de veda.
El bloqueo de las vías de acceso a aquel barrio de familias que viven de la pesca, ponía en tela de duda la presentación de la Orquesta del Río Infinito que, coincidentemente, sería en aquel barrio.
La noticia llegó el jueves por la noche, cuando en plena combi –a los microbuses les llaman así por estos rumbos– los músicos se dirigían por tierra a Corrientes.
Aquello cayó como balde de agua fría. Pero no había más remedio que esperar para ver cuál sería la última palabra de los representantes de los pescadores.
El sábado la decisión fue positiva: la medida de presión de cierre de vías quedó habilitada para los proveedores del barrio, los vecinos, las ambulancias y la Orquesta del Río Infinito.
Así que el domingo pasado hubo concierto en el Barrio Porto Reconquista, uno de los más concurridos de la gira, que comenzó el 12 de noviembre en Porto Iguazú y que ha ido moviendo a músicos de varios países de Latinoamérica por el cauce superior del río Paraná.
El río a las espaldas. Fue en la plaza del Barrio Porto Reconquista, en Santa Fe, donde se reunieron varias centenas de personas listas todas para la ocasión: con sillas plegables la mayoría.
No paraban los pequeños de acercarse a la tarima para curiosear, no paraban las niñas de espiar a la panameña Yomira John mientras terminaba de maquillarse, no en un camerino, sino en una esquina de la plataforma, que ya había sido usada por varios artistas locales que actuaron antes de la Orquesta del Río Infinito.
“Espectacular”, decía a cada rato Miguel Hernán Aquino, de apenas ocho años de edad, cuando al preguntarle a Santiago Olmedo “¿Qué era eso?” –señalando el instrumento que el músico paraguayo apoyaba en su cuerpo– este le respondió: “Un violonchelo”.
Para ser un barrio cansado de esperar que se le haga justicia, Porto Reconquista se mostró jovial y generoso, porque aplaudió cada nota escuchada.
La Orquesta del Río Infinito abrió el repertorio con el chileno Mauricio Vicencio haciendo de las suyas con los instrumentos de viento: ocarinas, silbatos extraños y zampoñas, entre otras cosas que se puede soplar. Aquellos sonidos los complementaba este hombre bajito, radicado en Ecuador, como cantos chamánicos en honor a la Madre Tierra.
En medio de los aplausos se fue escuchando el violonchelo que en manos de Santiago Olmedo iba desgranando una melodía entre melancólica y amorosa; a las pocas notas entró el sonido del arpa en manos de la también paraguaya Carmen Monges.
Por primera vez en la gira, que ya cumplía seis conciertos, se escuchaba ese fragmento de Lamento de la Naturaleza , original de Blas Flor, arpista que no pudo hacer su gira con la orquesta.
Aquella porción del Lamento… sirvió como introducción para Dos bolillos , el tema con el que protagonizó el concierto la nicaragüense María José Silva.
Siguieron corriendo los temas en los que músicos como el correntino Teo Burgos sacaba a relucir el stick , un instrumento que a muchos les resulta curioso y extraño.
Así iba tocando la orquesta con un cachito de luna como testigo y con el Paraná a las espaldas, cuando entró al escenario Yomira John que cuando sale al escenario se convierte en el alma de la orquesta.
Agua sana.
Continuó la orquesta desatando temas en los que Manuel Obregón a veces tocaba el piano, otras la pianola y cada vez que podía, la marimba. Colorido sale el dúo que hace junto a María José Sivla.
Hasta el calipso, lenguaje que comparten tanto Costa Rica como Panamá, llegó a la Argentina en la corriente del Río Infinito: Cabanga también fue un tema que hizo bailar a los niños.
Con Catedral puso la Orquesta del Río Infinito su punto final del concierto.
Igual como sucedió con el concierto de Corrientes, la adaptación de Manuel Obregón sobre un tema de Agustín Barrios Mangoré sirvió para que el payaso Pochosky diera rienda suelta al número donde, con una bola de vidrio en malabares y equilibrio, semeja la última gota de agua sana que queda en el planeta.