Los libros de historia describen a Enrique VIII, rey de Inglaterra y miembro de la dinastía Tudor, como un príncipe atractivo, culto, inteligente y autoritario. A él se le atribuye el fortalecimiento de la autoridad real y el aumento del protagonismo inglés en Europa durante su mandato en el siglo XVI (1509 -1547).
Derribó cualquier obstáculo que amenazara sus propósitos y por ello se desligó de la obediencia papal de Roma, convirtiéndose él mismo en cabeza de la iglesia.
Sus historias de alcoba también son notorias. Tuvo seis esposas. A dos de ellas hizo decapitar acusadas de adulterio. Su carácter avasallador no desentonó con un gobierno en que también reinó la lujuria, el odio, la traición y la ambición sin límites.
Quiso, como todo rey poderoso, que su nombre y sus logros pasaran a la posteridad… y lo logró. Además de un puesto en la historia universal, varios siglos después un guionista llamado Michael Hirst aceptó el encargo de convertir los primeros años de su reinado en una notable pieza de entretenimiento.
Así nació la nueva serie de televisión The Tudors, producción original del canal de pago estadounidense Showtime y que en nuestro país se transmite los domingos a las 9 p.m. por People & Arts.
Casanova con corona
Esta renovada versión de la imagen de Enrique VIII – protagonizado por el actor Jonathan Rhys Meyers (‘Match Point’)- dista del viejo pelirrojo, gordo y barbudo de otras películas y miniseries. El monarca de ‘The Tudors’ posee un ‘look’ fascinante de súperestrella renacentista: joven poderoso, atlético y seductor que da rienda suelta a sus ansias desmedidas de poder y es capaz de traspasar los límites de su propia autoridad.
La serie gira en torno a su compleja vida, la cual se ve inmersa en tumultuosos círculos pasionales y de poder político. En el primero, el rey desea librarse de su primera esposa, Catalina de Aragón, hija menor de los Reyes Católicos, quien a la larga resulta incapaz de darle un heredero. Es entonces cuando el monarca desvía su obsesión hacia Ana Bolena.
Interpretada por la actriz Natalie Dormer, Ana aspira a ser algo más que una de las amantes del rey (su propia hermana lo fue) y, para lograrlo, pondrá en juego toda su astucia y sus irresistibles encantos. Valga mencionar que las hermanas Bolena fueron incitadas por su padre, Tomas Bolena (Nick Dunning), diplomático y político de la familia Tudor, a tener relaciones con Enrique, a fin de gozar de su favor.
Juegos de poder
Las decisiones de Estado del rey Enrique se verán siempre influenciadas por los intereses, ambiciones y creencias personales de sus más cercanos consejeros y confidentes, Tomás Moro y el cardenal Wolsey.
Ambos personajes representan valores ambivalentes y son reflejo de la doble moral imperante. Wolsey (Sam Neill) vive rodeado de lujos en el palacio Hampton Court y goza de gran poder, aunque su mayor ambición sigue siendo convertirse en Papa. Un tratado de paz es su estrategia para intentar conseguir los votos de los cardenales franceses y lograr así su cometido. Deberá también obtener la anulación del matrimonio de Enrique y Catalina para despejar el camino del caprichoso rey y su deseo de contraer nuevas nupcias con Ana Bolena.
En la otra esquina, Tomás Moro (Jeremy Northam), filósofo y secretario personal del joven Enrique, verá comprometido su futuro cuando se oponga al intento de anulación del matrimonio del soberano.
Dada su fe católica-romana, tampoco verá con buenos ojos que el atlético Enrique sea nombrado jefe de la Iglesia Anglicana.
Muy conveniente es también para el rey contar con una corte de justicia pipiriciega. La corrupción es muy útil para producir fallos que favorezcan los intereses del gobernante, como también lo serán las actuaciones inescrupulosas de los nobles, quienes harán lo que sea necesario con tal de mantener sus cabezas, sanas y salvas, sobre sus hombros.
Como serie televisiva, The Tudors no es, de ningún modo, un documento histórico. El escritor, Michael Hirst, quien también elaboró el guion de la película Elizabeth –una de las hijas de Enrique VIII– se tomó libertades con nombres, situaciones y en la propia cronología de los hechos.
En palabras de Hirst, se trata de una telenovela cuya virtud está en mostrar a reyes y nobles como personas de carne y hueso, con problemas similares a los de cualquier persona y así entender cómo los grandes cambios históricos (el nacimiento de la iglesia Anglicana, por ejemplo) pueden ser vistos bajo el prisma de las emociones y deseos humanos.
De esta mezcla de ficción y realidad, emerge entonces una nueva verdad que se atreve a despojar a la dinastía inglesa de sus finos ropajes y desnuda el comportamiento y la moral de los nobles y reyes de la época, algo que, tal y como enseña la historia (y vemos en los noticieros y periódicos actuales) se repite de forma cíclica en la línea del tiempo.