RODÁBAMOS POR LAS calles del centro, acorraladas por una colonia de fast foods. Como todas las rutas nos llevaban a la misma hamburguesa, decidimos huir por la metáfora más cercana. Fue así como llegamos a los bosques asiáticos del Saisaki, en una típica noche de verano, despejada y calurosa.
Sospechosamente, todo el mundo había anunciado un hambre sutil (cuando las amigas insisten en no tener hambre es porque buscan solidaridad para comer) y unas cuadras antes de llegar al último recodo del Paseo Colón, nuestro destino se había trazado según coordenadas frugales y, por supuesto, efímeras.
Desde el primer momento, Saisaki fue un bautizo de pureza y color blanco. Al descorrer la cortina de la puerta -al más puro estilo oriental- recibimos el impacto de la limpieza, la luz y el suave silencio de las mesas. Todo el salón estaba en reposo y, de las 70 personas que podrían haber estado allí, solo unas cinco disfrutaban explorando los caminos del menú.
Pasamos de lado la barra de sushi, nos mantuvimos a distancia de la zona especial para tepanyaki (carnes a la plancha) y nos sentamos en un punto estratégico: más cerca de la cocina que de la puerta. Por encima de los detalles que le dan un aire de envidiable autenticidad -como el barril para sake que descubrimos colgando en una esquina- la decoración del Saisaki recuerda esos salones populares (en los que jamás estuve, por cierto) donde los japoneses comen de manera impecable.
Nuestro ímpetu dietético comenzó por devorar el menú. Embriagadas por una sencillez que no tenía precio, empezamos a examinar uno a uno los 121 platos de comida japonesa, los 15 de comida coreana y las 36 especialidades filipinas. No recuerdo cuántas fronteras llegamos a cruzar en aquella travesía interminable, pero lo cierto es que optamos por pedir ayuda.
Reina, que más tarde supimos que era la esposa del chef, nos atendió con una amabilidad tan legítima que estuvimos a punto de sentarla con nosotros, lo cual era imposible ya que ella estaba trabajando y nosotros también. Su generosa asistencia llegó al extremo de adaptar los palillos a nuestra inexistente destreza motora. Con una liga y un pedazo de papel, reina convirtió nuestra velada en un verdadero encuentro cultural y no en la pobre farsa en la que estábamos chapoteando.
Aquí sí es como allá
Más temprano que tarde supimos que un pollo no es un pollo hasta que no se lo come uno con salsa de coco; lo mismo el cerdo, pero con salsa de jengibre. Eso fue lo que pedimos, y lo hicimos de golpe, además de las entradas. Aunque en el menú figuran con nombres cuya ortografía no me atrevo a reproducir con fidelidad, su descripción bien merece el esfuerzo.
Primero pedimos un plato surtido de sushi, unos chuzos de pollo y salsa teriyaki y unos rollos de pepino con cangrejo, con las delicadas rodajas por fuera. La casa invitó a unas croquetas de pescado y salsa agridulce que, según mi dietética compañera (que no se cansó de sumergir sus croquetas hasta hacerlas lucir como manzanas escarchadas), fue lo más excelso de toda la jornada.
En este punto, la gente seria y responsable habría dado por finalizada su cena pero nosotras, ya que estábamos sin apetito, no pudimos desatender las recomendaciones de Reina ni las de la propia inspiración. Fue entonces cuando vinieron a dar a nuestra mesa pollos y cerdos, entre otras salsas.
Después de comer, comer y volver a comer, todavía no habíamos terminado de comer. Un efecto -sin duda más sicológico que objetivo- reproducía sabores, olores y texturas con cada bocado, disipando el hambre pero aumentando las ganas de comer. Ambos platos eran tan distintos y exquisitos que no había manera de comérselos pero tampoco de dejar un gramo sobre el plato. O sea. Solo nos quedaba la veneración.
La historia del restaurante y de sus chefs, los filipinos Romeo Dichoso y José Dolana, es algo de lo que vale la pena enterarse en persona; ni qué decir del exotismo y calidad de sus platillos: comer tan rico es una experiencia que no se puede dejar en manos de otro.