MIENTRAS MÁS sube uno las tierras altas de Heredia, la oferta turística parece multiplicarse. Entre bares y restaurantes, música y bebidas, se va la calle, y la noche.
Por primera vez no estamos indecisos. Orientados tras las recomendaciones de un par de estómagos satisfechos, nos dirigimos al restaurante Matices, de quien se dice: cocina bien, cobra razonable y atiende excelente.
Es viernes por la noche, cerca de las nueve, y el lugar está lleno. Pero esto no es novedad, según nos enteramos por los clientes, y más tarde por los dueños, las visitas son constantes en este restaurante, pese a que queda en el distante San Rafael de Heredia. Algunos de los que están aquí son vecinos, pero no todos.
Sobre las mesas hay candelas y conversaciones ya avanzadas, lo intuimos pues junto a la única mesa disponible en ese momento, una pareja pasó de las palabras a los hechos&...;románticos.
El lugar está compuesto por dos niveles, no muy distante uno del otro. Es bonito más no extravagante.
En la mira
Escondidos tras el anonimato empezamos probando algo que ingenuamente creímos de entrada, pero los dos platos parecían de "salida", por las dimensiones: una sopa de pollo con vegetales y un quesito Matices.
De la sopa no tenemos qué decir, más que maravillas. Un caldo cargado de sustancia de pollo, con el sabor de los que se hacen en casa -y de la abuela, que son los mejores-, con pedazo de pollo y verduras en medio&...;
El queso era otra delicia: un tazón con un pedazote de cuajada cubierto de hongos, tomate y maíz dulce. Al lado, unas rodajas de pan con mantequilla le hacen porras. Igual de rico, solo que, antes de llegar a nuestra mesa el queso se endureció, así que hubo que batallar arrancándole trozos. Pero bueno, no dejamos ni el rastro.
Hay un menú de bocas compuesto por 25 opciones, pero como vinimos a cenar, nos quedamos con los platos fuertes y con la promesa de volver a probarlo algún día.
Ya para ese entonces los meseros estaban deshechos en atenciones para con nosotros. La señorita que a menudo nos visita, se acerca cada vez que puede y se lleva los platos que vamos dejando (vacíos, claro está). Nos mira con una sonrisa de oreja a oreja y nos conversa con una voz dulcita, como de maestra de escuela, ¿Y nosotros? felices. Es cierto, la atención es excelente, y a como van las cosas hasta ahora, la comida también.
Nuestra segunda tanda está compuesta por un cebiche mixto y un lomito a la parilla. Y de estos, tenemos igual cantidad de halagos, el primero, es considerable en tamaño y en camarones, pero el sabor es lo mejor.
La carne es una de las especialidades de este lugar así que ¡imagínese cómo puede estar!. Un extenso y suave pedazo de carne, acompañado por puré, ensalada, una tajada de piña y rodeado de una especie de "cerca" de papaya, llegó imponente.
Los postres estaban bien, aunque no parecían caseros. Pero lo que estuvo mejor de todo, fue la cuenta, pues por todo lo que pedimos, y sin tomar en cuenta las bebidas, dejamos aquí ¢8.000, precio razonable si tomamos en cuenta que se trata de un par de comensales que quedaron totalmente satisfechos con la comida, pero sobre todo con las sinceras y abundantes atenciones.