En medio de una zona de alto tránsito y modernidad urbanística (a propósito del recién estrenado puente de la Y Griega) una simple puerta invita a hacer una pausa en el tiempo.
Por dentro, el establecimiento simula una casona antigua con todo y contenido: puertas y ventanas que no dan a ninguna parte, pero que agregan un aire hogareño a la estancia. Fotos viejas, mesas de madera, ruedas de carreta, máquinas de escribir viejas, chorreadores y jarros es lo primero que descubrimos tras un simple vistazo, pero hay muchas cosas más...los recuerdos son profanados de sus tumbas.
Hay dos plantas, la de abajo tiene un aire de restaurante, la de arriba no lo pierde, pero la extensa barra y los bancos la sitúan más como bar.
La Tapa del Perol es un restaurante de comida típica que nació hace dos años pensando en sacar de los libros y los recuerdos las recetas de los abuelos y llevarlas a la mesa en un instante.
"La influencia de gente de otros países y la comida rápida han provocado que los niños se acostumbren a no comer comida costarricense", comentó orgullosa de su proyecto Betty Vivian Romero, la propietaria, quien es una fanática de las antigüedades y se trajo unas de su casa para adornar el negocio.
Buena cuchara
El menú parece un apartado del Diccionario de Costarriqueñismos de Carlos Gallini, o de algún texto similar, pues está repleto de nombres y frases populares: Suegra en salsa es lengua, Seas tinta es un plato de arroz con calamar, también lo puede pedir Con Siempre, o sea, con pollo; una orden de Cuentazo es una orden de yuca; el Mal carácter encebollado es hígado, el Desvelo es chorizo, el Tormento, salchichón y los Sumos con Adán son garbanzos con costilla, solo por mencionar algunos.
La oferta hace un repaso por diversas latitudes gastronómicas nacionales. Es uno de los pocos lugares en los que, en una misma mesa, uno tiene la posibilidad de comerse lo más típico de la comida costarricense como pozol o tamal de cerdo y otros, igual de típicos, pero originarios del Atlántico como rice & beans, rondon ó agua e´sapo.
Uno, dos y hasta tres meseros están pendientes de nuestra mesa...más bien, cada vez que pasa alguno, nos mira a ver qué se nos ofrece.
Arriba la decoración es igual o más condimentada que abajo, las mesas están forradas con periódicos de hace muchos años, tantos, que en la nuestra una tienda vende trajes de primera comunión a ¢10...
Mientras tratamos de imaginarnos cómo era la vida en aquellos tiempos, se cumple nuestra primera petición: un plato surtido. En una bandeja cubierta con hojas de plátano, se pelean por el espacio un picadillo de arracache con uno de papa, los chicharrones con el chorizo, la carne con el pollo a la plancha, la yuca con los frijoles, y la ensalada de repollo con la de remolacha. La lucha es a muerte...nosotros ayudamos metiendo mano.
Un ponche de frutas, una horchata y un café chorreado en bolsa y en la misma mesa, calman los ánimos, mientras los acordes de Garrote, garrote, garrote; seguidos por todo un compilado de cumbias nos acompañará hasta que un partido de futbol nacional se enciende en los televisores. Instantes después, una pantalla del tamaño de la pared hace de La Tapa del Perol el sitio ideal para los futboleros.
A la fiesta de picadillos le siguió una sopa de mariscos y una orden de camarones empanizados, las dos parecían como hechas en una marisquería por la presentación y el sabor. La primera, servida en una cazuelita de metal, es una sustancia cargada de "olores" y mariscos que tras unas cucharadas nos despierta todos los sentidos. El otro era un plato repleto de camarones rodeados por papas fritas y acompañados de ensalada.
El cierre lo ponen un arroz de leche y unas cajetitas de coco servidas sobre hojitas de limón. Nuestra visita fue un día entre semana que coincidió con el futbol, el lugar estaba bastante habitado pero no repleto, dicen los que saben que los domingos son ideales para llegar en familia y los viernes y sábados para presentarse en la noche pues la música en vivo llena el sitio.