Debido a mi actividad, tengo oportunidad permanente de conversar con ticos. La pregunta recurrente de los que han conocido mi país de origen (como turistas, claro está), es cómo elegí vivir en un “paisito” como Costa Rica, comparado con la “majestuosidad” de Argentina.
Ante todo, debo aclarar que lo siguiente no es en modo alguno un manifiesto de toma de posición política (llevo mas de 8 años aquí y todavía no siempre tengo claro de quién es de dónde, pero más bien, creo que la confusión no es mía sino de “los políticos”), sino un reconocimiento del funcionamiento de las instituciones y la división de los poderes.
Tengo 53 años, casi 10 fuera de Argentina, un tiempo en Estados Unidos, antes de venir a Costa Rica. O sea, 43 años de experiencia de vivir Argentina, como nativo, votante y con mis derechos cívicos.
En el año 1995, fue el conflicto Perú-Ecuador. Ignorando la prohibición para la venta de armamentos a los países en conflicto dictado por la OEA, Argentina vendió de contrabando equipamiento a Ecuador. Ambos países son hermanos latinoamericanos, pero al tiempo de la guerra por Malvinas, el Perú fue quien primero se consustanció del tema, y puso todo lo que tenía a disposición de Argentina. No se trata aquí de hacer disquisiciones de los “porqués” de la guerra, sino de la disposición del Perú. La venta de armas de Argentina a Ecuador fue ilícita, no registrada; le podemos llamar, simple robo. Pero se solucionó fácilmente. Como ese material salió de un arsenal militar en Río Tercero, provincia de Córdoba (así se llama en Argentina a los depósitos de material bélico) se lo hizo explotar, con cantidad de civiles muertos, al solo efecto de no poder verificar los faltantes de armas. Luego llegaron las investigaciones. Todos los testigos fueron “suicidados”.
Hoy, el venerable expresidente que tomó las decisiones es senador de la nación, además de voto disponible (al mejor postor) por lo que está protegido por sus fueros. Léase, inimputable.
Esto es solo un ejemplo; faltaría el respeto a quienes murieron si lo llamase menor, pero es solo uno de los tantisísimos que podría recordar en solo unos minutos.
No estaba aquí durante el gobierno de Miguel Ángel Rodríguez. Me he percatado de las lentitudes consuetudinarias, recurrentes, muchas veces aburridoras, creo que hasta obligatorias e inherentes al “ser costarricense”, en la toma de decisiones.
Años toma decidir sobre la fertilización asistida, resolver responsabilidades del desastre de la carretera a Caldera, que son tan actuales como la inseguridad en las calles, un decreto de interés nacional para una mina a cielo abierto (¿interés nacional?) y otros aterradores errores de un expresidente pacifista, premio Nobel de la Paz (también lo es Obama), que reconoce la existencia de un Estado inexistente (Palestina), vaya a saber por qué.
Pero acá, no hay miedo. Se plantea todo. No hay miedo a ser “suicidado”. Está claro que cualquiera, hasta un expresidente, si se le comprueba, puede ir preso. Es para tener más que en cuenta. Como argentino, lo admiro y valoro.