Del todo sordo aunque, según las traducciones, tartamudo o alguien que "apenas podía hablar". Lo importante es la alusión a Isaías 35,6 ("y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo") que se cumple con el advenimiento del Mesías, y que arranca de la multitud asombrada por el milagro, la exclamación con la que culmina el Evangelio de este domingo: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".
San Marcos destaca con singular fuerza la reacción de la gente, lo que denota la importancia del hecho: con Jesús ha llegado el tiempo de la salvación que anunció Isaías, una salvación no tanto de índole material (los milagros), sino espiritual (de la que los milagros son signo), y que se realizará en el interior de los corazones para que sean capaces de escuchar la "Buena Nueva" del Evangelio y transmitirla con el ejemplo y la palabra a los demás.
Con ese fin significativo se repetía el gesto sacramental de Cristo ("metió los dedos en el oído y con la saliva le tocó la lengua") en el bautismo, y que hoy ha quedado como optativo y con la siguiente fórmula: "El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe para alabanza y gloria de Dios Padre".
Lo de la imposición de manos para curar hay que verlo también en un sentido más profundo: como la presencia en esas manos de Jesús que no sólo liberan a los enfermos de sus males físicos sino también del poder del maligno (el caso concreto de los exorcismos) y la concesión, por la acción de Jesús y la fe del destinatario, de la vida eterna. ¡Tan grande es la eficacia sacramental de los signos o milagros!
Y ¿por qué apartar al sordomudo de la gente? Tiene que ver con el llamado "secreto mesiánico", es decir, el cuidado que Jesús pone de que no lo tomen por un Mesías no auténtico, de corte temporal, o por un curandero.
Jesús mira al cielo en señal de intimidad con Dios su Padre; suspira, quizá por el estado de necesidad que padece el enfermo; y pronuncia la palabra aramea que ha conservado San Marcos, "effetá", que significa "ábrete", y se hace el milagro.
Jesús "les mandó que no lo dijeran a nadie", por lo del secreto mesiánico. No obstante, la gente no le hace caso y lo proclama a los cuatro vientos. Notan los entendidos que el término "proclamar" tiene aquí un matiz claramente cristiano, vinculado con la predicación del Evangelio, la buena noticia de Jesús como Mesías.
En el colmo del asombro afirman que "todo lo ha hecho bien", que es como volver al principio de la creación de Dios cuando "todo estaba muy bien" (Génesis 1,31).
En todo caso, y como se dijo al principio, este milagro indica que con Jesús, como lo profetizó Isaías, llega la salvación.