El relato del hombre rico y Lázaro es una historia-parábola, sin que necesariamente tenga que ver con una historia concreta, pero sí con narraciones similares que corrían en Egipto y entre los rabinos.
Notan los entendidos que, en este caso, Jesús adapta el relato para dirigirse a los fariseos que "eran amigos del dinero" y que esperaban justificarse con el mero cumplimiento de la Ley. Por otra parte, el rico se parece al administrador infiel (de la parábola del domingo pasado), pues ambos parece que son exitosos en el manejo de sus bienes sin percatarse de que el buen uso del dinero no es fácil.
Aquí se insiste en la necesidad de compartir esos bienes, ese dinero con los necesitados y no limitarse a cumplir con algunos preceptos que no impliquen el compromiso, en la práctica, de atender a los menesterosos.
La presentación que se hace del rico es que llevaba vestiduras costosas de lana teñidas con púrpura de Tiro, y ropas interiores finas, hechas de lino de Egipto, y banqueteaba espléndidamente, no de cuando en cuando con motivo de alguna celebración especial, sino "cada día". Como contraste, el pobre Lázaro (o Eliécer, en hebreo) yace en el portal del rico, cubierto de llagas, ansioso de recibir siquiera las sobras que caen de su mesa.
A propósito de pobres y ricos, se explica que los ricos judíos -normalmente terratenientes- eran, en realidad, renteros de Dios (Levítico 25,23), obligados por lo mismo a pagar los debidos "impuestos" a los representantes de Dios, los pobres, para compartir con estos últimos en la tierra en forma de limosnas.
El pecado -¡gravísimo pecado!- está precisamente ahí: en esa total indiferencia que el rico muestra hacia el pobre Lázaro, lo mismo que lo sigue estando en el caso de quienes actualmente, disponiendo de bienes, son incapaces de compartirlos con los que carecen de ellos. Es pecado de omisión, del que pocos se acusan, se arrepienten y enmiendan a buen tiempo.
Sí, a buen tiempo porque el desenlace puede ser fatal para ellos, de acuerdo con lo que sigue en el relato: mientras que al mendigo "los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán", al rico lo enterraron, y "estamos en el infierno en medio de los tormentos..." Es decir, el uno se salva y el otro se condena. Por lo visto, no es cuestión de no hacer el mal; hay que hacer el bien. Concretamente, hay que cumplir con las obras de misericordia, entre ellas, el dar de comer al hambriento. Más aún si, como nos lo declaró Cristo (Mateo 25, 31-46), lo que hacemos de bien a los demás, lo considera hecho a él mismo; y, al revés, lo que dejamos de hacer, como en el relato que comentamos, se lo dejamos de hacer al mismo Cristo. De ahí la gravedad de la omisión.
Lo que sigue son regateos inútiles, desde una toma de conciencia tardía. Hay suficientes medios, sin necesidad de manifestaciones maravillosas -como la resurrección de un muerto- para que los que han de convertirse lo hagan.