Como dato curioso, digamos que a este cuarto domingo de cuaresma se le conoce también con una palabra latina, laetare, la primera de la antífona de entrada: "Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevásteis luto...". Este tinte de gozo en medio de la cuaresma se pone de manifiesto también en el uso rosado, en vez del morado, en los vestidos sacerdotales.
El evangelio de este domingo es una de las tres parábolas que San Lucas trae en el capítulo 15, y que tienen en común el tema de la misericordia divina para con los pecadores, por lo que alguien dice de ellas que son "la quintaesencia de la buena noticia, el evangelio dentro del evangelio": la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada, la del hijo pródigo. Esta última es la que se incluye hoy, como evangelio.
En vez de parábola del "hijo pródigo", como se la conoce comúnmente, a mí me parece mejor decir del "padre bueno o misericordioso" que, obviamente, se refiere a Dios, el que nos revela a Jesús acogiendo a los pecadores y comiendo con ellos, lo que escandaliza a los fariseos y a los letrados.
Por algunos libros del Antiguo Testamento (por ejemplo, Eclesiástico 33, 19-23), sabemos que un padre de familia podía renunciar a sus bienes y repartirlos entre los hijos, en cualquier etapa de su vida. "El padre les repartió los bienes", escribe San Lucas, a solicitud del hermano menor, quien puntualiza el evangelista, "juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente".
Según los entendidos y de acuerdo con el original griego, el "perdidamente" indica una sensualidad desenfrenada, locura y derroche. El hijo mayor concreta la desordenada conducta del hermano acusándolo de haberse comido los bienes del padre "con malas mujeres". Comienza a pasar necesidad, y se ve obligado a cuidar cerdos y a compartir con ellos las algarrobas que comían. Recapacita sobre su lamentable situación (a la que lo ha llevado el alejamiento de la casa paterna y una vida disoluta) y se decide volver, pedir perdón y retomar aquella existencia sana: "Me pondré en camino a donde está mi padre..." En eso consiste lo que llamamos "conversión": desde nuestra situación de pecado y los males que acarrea, pensar en el Padre y volverse a él.
Y con el reencuentro, las lágrimas de gozo, la mudada completa del que ha vuelto, el banquete de fiesta.
¿Cómo no alegrarnos todos, asociándonos a la alegría del cielo, porque un hermano nuestro "estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado?".