Jesús resucita a Lázaro después de cuatro días de haber muerto este. Aparte de su propia resurrección (no para volver a morir, como en el caso de Lázaro, sino para una vida nueva y eterna) este "signo" o milagro es el más notable de cuantos hace Jesús, en el que se manifiesta más claramente su gloria, en su condición de Hijo de Dios, para los que creen en él.
Al igual que a Lázaro y a sus hermanas Marta y María, también Jesús nos ama a cada uno de nosotros. Y aunque ahora andemos enfermos y hayamos de morir un día, nos resucitará, no para volver a morir, sino para gozar de su misma vida plena, nueva y eterna.
Todo cristiano, todo creyente puede decir de sí aquello de San Juan: "El discípulo a quien ama Jesús", y porque nos ama, Jesús es nuestra resurrección y vida.
Mientras María queda en casa atendiendo a los numerosos familiares, amigos y vecinos que han acudido al duelo (que normalmente duraba siete días), Marta sale al encuentro de Jesús para expresarle la pena por la muerte del hermano, sin esperar, de momento, su resurrección. Por eso cuando Jesús le dice "tu hermano resucitará", ella lo entiende como una alusión a la "resurrección del último día".
Y aquí entra Jesús con sus solemnes afirmaciones: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre".
Así, pues, es cuestión de fe. Creer que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, que nos ama, que es capaz de resucitarnos para volvernos a esta vida mortal, como a Lázaro en el presente caso, o para darnos la inmortalidad, la eternidad. "¿Crees esto?", le pregunta a Marta; ella asiente, y declara que es "el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".
Todo esto previo, Jesús procede a resucitar a su amigo, y hace de este formidable milagro el "signo" no solo de su amor, poder y gloria, sino también y principalmente de lo que acaba de afirmar: que él es la resurrección y la vida, la definitiva y eterna, cuyo germen se nos da en el bautismo.
Jesús se conmueve ante la muerte de Lázaro, ante la nuestra y la suya propia, pero se imponen su amor, su poder y la gloria del Padre, cuya voluntad es también la resurrección de Lázaro por medio del Hijo, su enviado.
La descripción de San Juan está llena de un intenso dramatismo en su conjunto y en sus detalles. Pero lo esencial es el milagro y su significado: Jesús es la resurrección y la vida.
También lo es que nuestra fe se reafirme en la esperanza de nuestra resurrección y glorificación, no ya al modo de Lázaro, sino del mismo Jesús.