Con la Vigilia Pascual empezó un nuevo tiempo litúrgico, el más importante del año, el de la Pascua. Hoy es el segundo Domingo de Pascua. Esta palabra es de origen hebreo y significa "paso": el paso del poder y el amor de Dios en su Hijo muerto y resucitado que nos salva.
El extenso evangelio de hoy incluye dos apariciones de Jesús resucitado: la primera a los discípulos y la segunda a los discípulos y a Tomás. Las dos en el "día primero de la semana", o sea, en el domingo, el día del Señor, el día en que Jesús resucitó lo que, según los entendidos, indica que desde muy pronto los cristianos se reunían ese día para cumplir con el mandato de Jesús de celebrar la Eucaristía como memorial suyo, tal como lo hacemos ahora.
El hecho de que Jesús entre a la casa donde están los discípulos "con las puertas cerradas" atravesando, como si nada, las paredes, denota las cualidades del cuerpo glorificado de Jesús.
El saludo de "paz a vosotros" (el shalom hebreo) adquiere aquí un significado singular como fruto de la resurrección del Señor que nos introduce en una nueva alianza, es nuestra salvación, es nuestra paz (Efesios 2,14).
Importante: el Jesús que se aparece a los discípulos es el mismo que ellos han tratado familiarmente, el de carne y hueso, el que fue crucificado; de ahí el que se aluda a las llagas de las manos y el costado.
En la persona de los discípulos, Jesús resucitado confiere a la Iglesia la misma misión que el Padre le había confiado a él; la Iglesia, en efecto, está para perpetuar la obra de la salvación divina realizada en Cristo. Esa es su misión y razón de ser.
Y en concreto, en este caso, Jesús infunde en los discípulos su Espíritu para hacerlos capaces de perdonar los pecados en su nombre: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos". Memorable texto evangélico en el que la tradición de la Iglesia ha visto con razón el origen del sacramento de la penitencia o reconciliación.
En esta aparición a los discípulos no está Tomás, que se resiste a creer cuando sus compañeros le informan de la presencia de Jesús resucitado entre ellos hace ocho días. Las exigencias del incrédulo son extremas: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
La respuesta de Jesús no se hace esperar, y puntualmente se muestra "a los discípulos y a Tomás con ellos", al que le dice: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente". ¿Cabía una confirmación más contundente? Ignoramos si Tomás llegó a tocar realmente al Señor, ni merece tanto la pena. Lo que sí importa es consignar con el evangelista la más completa afirmación acerca de la naturaleza de Cristo que se pueda encontrar en labios de nadie en todo el evangelio, el "Señor mío y Dios mío".
Jesús, no obstante, le echa en cara su incredulidad, y nos proclama dichosos a los que, a lo largo de la historia del cristianismo, creamos por el testimonio y la palabra de los que predicaron la buena nueva de la salvación: "Dichosos los que crean sin haber visto".