En este día 2 de febrero, que este año coincide con el domingo, se celebra la fiesta de la Presentación del Señor.
Usted puede leer el extenso relato completo en Lucas 2,22-40.
Para este comentario, hemos elegido la forma breve, por razón de espacio.
Se trata de uno de los misterios gozosos: la purificación de la madre de Jesús y presentación del niño, según prescribía la Ley.
Ninguno de los dos, por su condición excepcional, estaba sometido a lo mandado por Dios en el Antiguo Testamento (véase Levítico 12, 2-4 y Exodo 13, 1-16); pero ambos, como ejemplares israelitas, cumplen oportunamente lo prescrito, y, de ese modo, lo subliman.
Jesús y María, con José, entran así en la corriente humana, que ha de ser radicalmente transformada con la presencia, la doctrina, y el poder de aquel a quien el anciano Simeón proclama Salvador: "luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel".
A nosotros nos queda el ejemplo de tan señalada familia para acercarnos fielmente al Señor por el diligente cumplimiento de sus mandamientos, lo que ha de redundar en un inmenso bien personal y social. Como dato curioso, digamos que el "par de tórtolas o dos pichones", en vez de un cordero de un año, constituía la "ofrenda del pobre". Una de las aves se destinaba al holocausto de adoración; la otra, a un sacrificio "por el pecado" (véase Levítico 12, 6-8; 5, 7-10). Pobreza y generosidad, para que también las imitemos nosotros.
Durante el acto de la purificación y la presentación, aparece en escena un personaje llamado simplemente Simeón, a quien se califica de "hombre justo y piadoso", adjetivos que denotan una peculiar dedicación a cumplir con los deberes morales de la Ley, fruto de un santo temor de Dios, tan tenido en cuenta en aquellos tiempos, y tan descuidado en los nuestros. No miedo, pero sí ese saludable temor que nos mueve a ser cada vez más justos y piadosos.
El "consuelo de Israel" le llega puntualmente a Siméon con la presencia de Jesús recién nacido, como se lo acredita el Espíritu Santo; es decir, una especial actuación de Dios para salvar, mediante el Hijo, no sólo a Israel, su pueblo elegido, sino al mundo entero.
Impulsado por ese mismo Espíritu, Simeón va al encuentro de ese consuelo, de esa salvación que se le ofrecía en el niño Jesús, a quien "tomó en brazos", puntualiza el evangelista, quien pone en boca del anciano el conocido cántico de la oración de la noche:
"Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz..."
Sí, porque Jesús Mesías es el Salvador universal, luz que ha de iluminar a las naciones paganas y que, al salir de Israel, ha de redundar al fin en gloria del pueblo de Dios.
Ojalá que nosotros también, acogiendo por la fe a Jesús en el corazón, llenos de paz y gozo, podamos bendecir al Señor como lo hizo el santo Simeón.