Hoy, 6 de agosto, se celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor.
Transfiguración significa cambio de figura. Y, en efecto, escribe el evangelista San Mateo que Jesús, teniendo como testigos del hecho a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, "se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz". Es decir que, como una suerte de anticipación de su aspecto después de la resurrección, Jesús se muestra transfigurado, glorificado, dándonos a entender con ello que no hay nueva vida sin muerte, ni gozo pleno sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Por la cruz a la cruz.
¿Qué "montaña alta" pudo ser aquella en la que se transfiguró Jesús? Tradicionalmente, se ha señalado la del Tabor, en la llanura de Esdrelón; pero, dada su escasa altura, se ha sugerido que más bien se trató del Hermón, al norte de Cesarea de Filipo.
Según los entendidos, es lo más probable que esa montaña alta no responda a ninguna localización geográfica y que, por el contrario, se aluda en ella a la de un nuevo Sinaí donde se manifiesta el nuevo Moisés, legislador y profeta, Hijo de Dios, el Mesías, el que después de la Pasión y Muerte resucitará de entre los muertos.
El resplandor que envuelve a Jesús en su transfiguración evoca aquel del rostro de Moisés después de la revelación de la que es privilegiado destinatario en el Sinaí (Éxodo 34, 29.35).
Y, a propósito de la presencia de Moisés y Elías "conversando con él", con Jesús, se entiende que son dos figuras que representan, a la Ley y a los Profetas, términos con los que se designa a todo el Antiguo Testamento, la entera revelación de Dios a Israel, su pueblo elegido.
Jesús, que no ha venido a abolir esa revelación, sino a darle plenitud (Mateo 5,17), lo declara uniéndose a ambos personajes.
Dentro de este contexto, lo de las "chozas" ha de interpretarse como una alusión a la llamada fiesta de los Tabernáculos, que recordaba el tiempo en que los israelitas permanecieron al pie del Monte Sinaí, mientras en él se le revelaba a Moisés la Ley.
Aquí, Dios Padre (simbolizado en la "nube luminosa") presenta a Jesús como el Hijo: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto", y añade: "Escuchadlo".
Jesús es, pues, el Hijo de Dios hecho hombre, el Siervo de Yahvé (Isaías 42,1), revelación plena y definitiva de Dios y de su plan de amor y salvación para los hombres.
Al igual que en el caso del bautismo (Mateo 3,17), se trata de un hecho teológico, más que histórico, en el que Jesús aparece como el nuevo Moisés, al que hay que escuchar porque trae la plenitud de la revelación divina.
Y también, al mismo tiempo, el Hijo del hombre, pasible y mortal, pero que va a ser glorificado después de la resurrección, suerte que correremos sus seguidores si creemos en él.