Algunas Biblias en vez de talentos traducen "millones". En realidad, el talento era una medida de peso que variaba según los países entre 28 y 36 kilos, supuestamente de oro o de plata.
En todo caso, nos hemos quedado con la idea clara de que, dentro del significado de la parábola, a todos Dios nos ha dado capacidades, posibilidades, carismas, cualidades, dones del cuerpo o del espíritu con la condición de que los trabajemos poniéndolos al servicio de los demás, de acuerdo con el plan que el mismo Dios nos ha asignado a cada quien. Todos, pues, sin excepción, contamos con "talentos", los que sean: cinco, dos, uno. La cantidad no importa.
Lo que importa es que nos percatemos, y cuanto antes, de los talentos de que disponemos para que inmediatamente empecemos a negociar con ellos. Porque, insisto, usted, yo, todos tenemos talentos, bienes que hemos de administrar en nombre de nuestro Señor y Amo. ¿Cuáles son los tuyos? Dése cuenta de ello y ¡manos a la obra!
Como en la parábola, unos doblan los bienes que se les ha confiado, otros los tienen ahí guardados, por apocados y perezosos. Aunque viviendo en sociedad cada cual es responsable, el único responsable de cumplir o no con el encargo de Dios. Los demás nos pueden ayudar; pero solo eso, ayudar. ¿Qué hace usted con sus talentos? Vamos, aún está a tiempo, a desenterrarlos y a ponerlos a fructificar.
Sepa que el Amo es muy exigente, y a su tiempo nos pedirá cuentas. Esta es precisamente la enseñanza principal de la parábola. No, ciertamente, para que andemos con miedo, no; sino para que nos animemos a ver con qué talentos contamos y nos decidamos a trabajarlos como Dios manda.
Por lo demás, en ello encontraremos nuestra realización, gozo y premio, ya aquí en la tierra, y, desde luego, en el Cielo.
Según los entendidos, en su forma original la parábola fue dirigida a las autoridades de la Iglesia. No estará de más, en consecuencia, que quienes la ostenten y según su rango tomen nota de ello para que a la hora de dar cuenta de cómo han ejercido esa autoridad puedan salir bien librados; porque, y es obvio, que si el dueño de los bienes es exigente con todos, lo será más aún con quienes han de cuidar como pastores de su pueblo, la Iglesia.
De acuerdo con esos mismos entendidos, la expresión "te daré un cargo importante", premio a la fidelidad, significa que el que haya cumplido con lo que se le ha confiado, recibirá mayores responsabilidades; y el "pasa al banquete de tu señor" quiere decir que participará de una mayor intimidad con él. Ambas cosas son la recompensa con que Dios premia (en la aplicación que hemos de hacer de la parábola) a los empleados fieles y cumplidores, es decir, a los que hacen lo que él manda, responsables y productivos.
Por el contrario, el castigo a los infieles, al "empleado inútil", es terrible. Pero, ni modo, estamos avisados. ¡A trabajar, se ha dicho!.