Avanzamos en la cuaresma y ya estamos en el tercer domingo de este tiempo, cuando nos preparamos para la celebración de la Pascua de Jesús (su pasión, muerte y resurrección) en la Semana Santa.
El evangelio es de San Juan. Expresamente, este evangelista se refiere a los milagros de Jesús como "signos" de bienes espirituales, inmensamente más valiosos, que significan los hechos portentosos.
Pero no solo los milagros: también ciertos gestos como el que nos describe el evangelio de este domingo. Son signos, tienen un significado especial: el nuevo templo es Jesús resucitado.
Incluso en lo referente a ciertas fiestas judías, como la Pascua, Juan ve en ellas como un anticipo de las cristianas: "Se acercaba la Pascua de los judíos..."
¿Quién no se ha estremecido al contemplar más de una vez a Jesús que, armado de un látigo, con rostro airado, arremete contra vendedores de bueyes, ovejas y palomas, contra los cambistas y sus montones de monedas, mientras grita: "Quitad esto de aquí; no convirtais en un mercado la casa de mi Padre"? Jesús no solo está en contra de la falta de honradez de quienes se atrevían a traficar en el templo (según se deduce de la versión de los evangelistas sinópticos), sino que está visiblemente contrariado por la institucionalización del sistema de sacrificio judío, que ha convertido el templo en un verdadero mercado.
Llama la atención la expresión "casa de mi Padre"; concretamente lo de "mi Padre", que denota una relación muy especial, única, con Dios. Los entendidos nos recuerdan que esa misma expresión aparece 27 veces en San Juan, 16 en San Mateo y 4 en San Lucas.
Los discípulos aciertan a ver en el gesto de Jesús una manifestación gráfica de lo que se dice en el Salmo 69,10: "El celo de tu casa me devora". El detalle reviste particular importancia si se tiene en cuenta que se trata de un salmo mesiánico, es decir, que lo que se lee en él se atribuye al Mesías. Hay más: Zacarías había profetizado que una purificación excepcional del templo tendría lugar con el advenimiento del Mesías (14,21).
Los "judíos" son las autoridades del templo, los representantes de los sacerdotes que exigen a Jesús "signos" que le acrediten en la desconcertante acción que acaba de realizar: "¿Quién es él para hacer tal cosa?"
Jesús entra en diálogo, respondiendo con una expresión que toman al pie de la letra y no como "signo" y, en consecuencia, les resulta ininteligible: "Destruid este templo; y en tres días lo levantaré".
San Juan precisa que Jesús "hablaba del templo de su cuerpo". Y en ese sentido constituye el "signo" por excelencia: su muerte y resurrección. San Juan añade que "cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de lo que había dicho y dieron fe a la Escritura, y la Palabra que había dicho Jesús".
El entusiasmo que muestra San Juan al afirmar que "muchos creyeron en su nombre", o sea, en Jesús, queda debidamente matizado por lo que añade, que "no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos..."
Creer por los signos o milagros no es suficiente: la verdadera fe exige una adhesión total, de todo el ser, a Jesús y su Evangelio. Y la garantía de esa fe (que se identifica con el amor) está en las obras, en hacer lo que Dios quiere según las enseñanzas de Jesús.