El evangelio de este domingo, que es de san Lucas, tiene dos partes: la repulsa de los samaritanos y las exigencias de la condición de discípulo.
El menosprecio y rechazo de que es objeto Jesús por parte de los samaritanos en su camino hacia Jerusalén es una especie de anticipo doloroso de la adversión generalizada de su pueblo Israel que lo llevará a la pasión y la muerte.
La expresión “cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” nos pone ante un Jesús cuya vida es como una progresiva ascensión a través de la pasión y la muerte hasta la consumación en la gloria. Es su destino de acuerdo con el plan previsto para él por el Padre.
¿Quiénes eran los samaritanos que se negaron a recibir a Jesús y sus discípulos “porque se dirigían a Jerusalén”? Los habitantes de Samaria, un pueblo originariamente gentil (es decir, no judío), descendiente de los extranjeros asentados en Israel después de la deportación de los israelitas el año 721 antes de Cristo.
Ante la actitud de los samaritanos, Santiago y Juan, los llamados “hijos del trueno” (Marcos 3,17) por su índole violenta, pretenden que baje fuego del cielo que “acabe con ellos”. Jesús los regaña, y simplemente se encaminan a otra aldea.
En la segunda parte del evangelio Jesús se refiere a las condiciones impuestas a sus seguidores.
A uno que le dice “te seguiré a donde vayas”, le replica Jesús que su pobreza es tan extrema que mientras las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”, para dar a entender claramente hasta qué punto su entrega habría de ser total.
A otro, al que el propio Jesús invita a que le siga, pero que condiciona su seguimiento a que le permita ir primero a enterrar a su padre, Jesús le pone a reflexionar con esta especie de juego de palabras: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Como quien dice: “que los espiritualmente muertos entierren a los físicamente muertos; mi mensaje es de vida”. Es una expresión, pues, que no hay que tomar al pie de la letra (ya que el enterrar a los muertos y, en especial a los padres, es una obra de misericordia) sino en el sentido de dar una absoluta prioridad y trascendencia al anuncio del Reino de Dios.
Aún a otro que desea seguirlo, pero después de despedirse de la familia, Jesús le contesta: “el que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Es decir, que arar para el Reino de Dios exige el sacrificio de desligarse de la propia familia y el entregarse de tal modo a la tarea que ni siquiera se nos permite el distraernos mirando hacia atrás.
Pues ya lo sabe usted, si es alguien que quisiera seguir a Jesús más de cerda en la vida sacerdotal, consagrada o misionera. Ahora bien, todo aquello a lo que hay que renunciar es nada en comparación de entregar la vida a Jesús y a su causa.