San Mateo trae en su evangelio cinco relatos de "controversia": sobre la autoridad de Jesús; la cuestión del tributo al César; el matrimonio y la resurrección; el mandamiento más importante, y el hijo de David. Usted puede leerlos en los versículos del 23 al 27, del capítulo 21, y del 15 al 46, del capítulo 22.
Es un experto en la Ley quien, en nombre del grupo de fariseos y "para ponerlo a prueba", formula a Jesús una pregunta importante: "¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?"
A propósito, y para comprender mejor la pregunta y la respuesta de este relato, conviene tener en cuenta que, según la manera rabínica de entender la Ley, en ella había 613 mandamientos de los cuales 248 eran preceptos positivos y 365 prohibiciones.
De dichos mandamientos, unos eran "leves" y otros "graves", según la materia afectada en cada caso. Y era muy común entre los maestros de la Ley el hacerse mutuamente preguntas sobre la mayor o menor importancia que tenía cada uno de los preceptos.
La novedad aquí radica en que Jesús aparece como un maestro independiente quien interpreta la Ley a su modo y la reformula en lo que concierne al "mandamiento principal". Y, como corresponde a un auténtico conocedor de la Ley, Jesús responde trayendo a cuento dos textos del Antiguo Testamento que, por cierto, serán la base de la nueva moral del Evangelio.
Uno de Deuteronomio 6, 5: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser", y otro de Levítico 19,18: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Hay que decirlo, la novedad de lo que Jesús afirma en su respuesta no está en haber citado los textos bíblicos, inmediatamente transcritos, sobre el amor a Dios y al prójimo. Lo extraño, lo inaudito, lo chocante, es que equipare la "gravedad" del amor a Dios con la del amor al prójimo, cual si fuese un mismo y único mandamiento con dos destinatarios que merecen idéntico amor, por cuanto como lo declarará abiertamente el propio Jesús al amar al prójimo, se le ama a él, a Jesús, Dios y hombre verdadero. "A mí me lo hicisteis" (Mateo 25,40).
Por su parte, Juan en su primera carta afirma que el amor a Dios y al prójimo son inseparables: "Pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve"; y concluye: "Quien ama a Dios, ame también a su hermano" (4,20-21).
Pues ya lo sabe usted, el amor de Dios ha de concretarse en el amor al prójimo, a ese ser de carne y hueso que a cada paso llevamos al lado o se nos hace el encontradizo y es, a la luz de la fe, como un sacramento de la oculta presencia de Jesús.
La expresión "Ley y profetas" entraña toda la revelación divina del Antiguo Testamento que se "sostiene" en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, amor que, a su vez, da sentido y valor a lo que somos y hacemos (véase 1 Corintios 13, 1-3).