Seguimos en Cuaresma. Hoy es el Domingo cuarto de este tiempo en el que nos preparamos espiritualmente para la celebración de la Pascua de Jesús (su Pasión, Muerte y Resurrección) en la próxima Semana Santa.
El Evangelio, que es de San Juan, contiene parte de una entrevista que un magistrado judío llamado Nicodemo mantiene con Jesús. La intervención del Maestro es muy densa de contenido. Comparándose con la serpiente que Moisés levantó en el desierto como signo de salvación, alude Jesús a su "elevación", que no sólo será en la cruz, sino, sobre todo, en la resurrección, "para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna".
He ahí una enseñanza capital: Jesús muerto y resucitado, Jesús "elevado", es fuente de salvación para cuantos crean en él. Creer en Jesús es acogerlo en su persona y su doctrina, es seguir sus enseñanzas, es entregarse a él...
Viene a continuación un versículo como para transcribirlo en letras de oro, como para proclamarlo a los cuatro vientos hasta el confín del mundo: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ni uno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna".
La salvación que nos trae Jesús a los que creemos en él es el don de la vida eterna; don que, a su vez, se debe al increíble amor que nos tiene Dios: "Tanto amó Dios al mundo...", pondera Jesús. Un amor, por otra parte, enteramente gratuito, misericordioso, inmerecido; un amor extremo que lleva a Dios hasta la locura de entregar a su Hijo único.
Dios ya no puede hacer más por la salvación del hombre; ahora corresponde a este el aceptar esa salvación acogiendo a Jesús, creyendo en él, cumpliendo su Evangelio. No es que Dios condene a nadie; es cada quien el que se condena, por su incredulidad: "El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios".
Dios ha mandado a su Hijo al mundo, no para condenarnos sino para salvarnos. Jesús es luz y vida. Jesús (que significa "Yavé salva") es nuestro Salvador. Lo único que se nos exige es creer en él pues la incredulidad deliberada de los que le cierran el corazón es causa de condenación. "Esta es la causa de la condenación, puntualiza San Juan, que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas".
Lo que nos corresponde, pues, para tener esa vida y esa luz, esa salvación, ya aquí en la tierra, es, insisto, creer en Jesús, acercarnos a él, unirnos a él por los sacramentos y la oración, asimilar sus enseñanzas y vivirlas. Rechazarlo a él es condenarse.
La condenación de sí mismo se manifiesta por ese huir de la luz, por ese andar en la oscuridad en la que se actúa "perversamente". El riesgo que se corre es condenarse para siempre, si no se convierte uno a Jesús que es la luz, la vida, la salvación.
Este tiempo de Cuaresma es muy propicio para buscar a Jesús, para abrirse a él, para recibir de él el gozo de esa luz, vida y salvación.