El evangelio de este domingo, consta de dos partes: la una referente al poder de la fe; y la otra, a servir con humildad y desprendimiento.
Vayamos a la primera. Con alguna frecuencia la gente te dice que tiene "poca" o "mucha" fe, según los casos. O te pregunta qué ha de hacer para tener "más" fe, haciéndose un poco eco de la súplica de los discípulos: "Auméntanos la fe".
De acuerdo con lo que les responde Jesús, no se trata de una fe mayor o menor; sino de que sea verdadera fe. No es cuestión de cantidad sino de calidad. "Si tuvierais fe como un grano de mostaza...".
¿Qué cosa es más pequeña que un grano de mostaza? Para que se dé el poder, y hasta el milagro, lo que se necesita es que la fe sea auténtica, que sea fe. Y no una simple adhesión intelectual a verdades o emoción superficial y pasajera.
La fe, desde luego, es un don de Dios, es gracia. Pero es también una respuesta del hombre, de todo el hombre, que, mientras camina hacia ese Dios (que se le revela porque lo ama) está dispuesto a hacer lo que quiere y a aceptar y soportar lo que permite, con la seguridad de que todo es para su bien.
Una fe genuina nos mueve a andar en la presencia de Dios como Abraham, atentos a lo que se nos pida que hagamos; y a hacerlo, como María: "Hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38).
En ese sentido, habría que pedirle al Señor, no tanto que nos aumente la fe como que nos la haga más verdadera, para que se revitalice nuestra vida espiritual.
Los entendidos notan que los verbos griegos del original dan a entender que el cumplimiento de lo que se pide se adelanta a la misma fe; y se comprende, pues Dios Padre sabe de antemano lo que nos conviene y está dispuesto a dárnoslo antes de que se lo pidamos.
Y ahora la segunda parte, lo de servir con humildad. Se trata de una breve parábola dirigida a los apóstoles, en su condición de futuros responsables de la Iglesia, para advertirles de no cesar en su trabajo evangelizador; ya que, por mucho que hagan, nunca será lo suficiente. Lo que, obviamente, es extensivo a sus sucesores de todos los tiempos y lugares. Se ha dicho muy certeramente que "Lucas es el evangelio de la entrega total".
Aquí San Pablo, que siente tan intenso sobre sí el peso de ser apóstol, dice: "Predicar el evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el evangelio!" (Corintios 9,16).
Por otra parte, cabe también el que Jesús se dirija -no ya a los apóstoles- sino a los fariseos de su tiempo o Lucas o esté pensando al escribir el relato en los judeo-cristianos de la primitiva iglesia. La interpretación sería, entonces, esta otra: las simples obras humanas no son suficientes para la justificación; se necesita absolutamente la fe. En este último caso se daría cierta relación entre el servir con humildad, no confiados en nosotros mismos y nuestras buenas obras sino en la gracia de la fe, mediante la cual somos capaces de hacer "lo que debemos hacer."