Colaborador de La Nación
Hay dos compositores costarricenses que, con sus creaciones, han hecho notar a nuestro país en el atlas de la canción popular. Ellos son Ricardo Reca Mora y Ray Tico.
Dos de sus canciones forman parte del repertorio nacional: Noche inolvidable y Eso es imposible . El género de ambas es el bolero.
Ray y Reca Mora pertenecen a una generación que creció nutriendo su espíritu con canciones de este tipo. Eran los tiempos de cuando el bolero se ponderaba como estilo principal y los grandes intérpretes eran los héroes cotidianos de jóvenes y adultos. A diferencia de don Ricardo, el joven Ray –y para expresarlo de una manera muy tica– fue más “pata caliente” y se dedicó a cruzar fronteras para hacer del mundo su gran patria.
A partir de ese momento su vida se ha convertido en una especie de leyenda donde, como suele suceder, nunca se sabe cuál rumor es cierto y dónde empieza la verdad y termina la ficción. Lo que sí es cierto es que aunque su salud ha estado mejor en otros tiempos, Ray Tico prefiere seguir cantando.
A estas alturas. Hoy, a la vuelta del tiempo, y faltando un año para que cumpla los 80, Ray Tico se ha visto a sí mismo premiado por la vida y por músicos de una generación diferente a la de él, que lo admiran y reproducen su repertorio. El maestro y guitarrista Luis Zumbado lo rescató, por así decirlo, de un hueco emocional en el que muchos de nuestros principales creadores han caído y que se empieza a excavar en un medio que da la espalda a sus propios autores.
Primero, siempre de la mano de Zumbado, Ray Tico llegó a la Asociación de Autores y Compositores Costarricenses (ACAM) para hacer valer sus derechos, y luego salió a oxigenar su repertorio en las noches de Jazz Café, en San Pedro de Montes de Oca.
Allí conoció al pianista Manuel Obregón, con quien tuvo una química inmediata y, con él, a algunos de nuestros nuevos y talentosos músicos, compositores y arreglistas como los hermanos Fidel y Jaime Gamboa, el baterista Kin Rivera, los saxofonistas Sergio Cheko Dávila y Lalo Rojas hijo, a los guitarristas Edín Solis y Mario Ulloa y al cantante Arnoldo Castillo.
La mesa estaba servida y la historia le brindó a Ray la hermosa posibilidad de disfrutar su herencia musical con gente nueva y recuperar la dignidad artística que con gran facilidad suele perderse en los países de nuestra área geográfica.
¿Quién es? Ramón Jacinto fue un niño que creció en la década de los años 30 en puerto Limón. Trabajó en una barbería en la que aprendió a escuchar boleros y otro tipo de canciones. Solito, aprendió a tocar guitarra y, con ella en sus manos, se iba a cantar a los turistas que llegaban en barco al Caribe.
Solamente tenía 14 años cuando tomó la decisión de viajar a la ciudad capital para probar suerte en los programas radiofónicos, que efectivamente eran la rampa de lanzamiento para los artistas de aquellos tiempos.
Era la década de los años 40 y la música latina había empezado a adquirir una importante resonancia en el mayor mercado musical del mundo, los Estados Unidos.
La radio empezó a divulgar las hazañas de cantantes y músicos en la tierra de los “gringos” y desde todos los rincones del continente llegaban artistas para sumarse al éxito del mambo, la música brasileña, el latin jazz y el bolero.
Pero Ramón Jacinto hizo todo lo contrario y se fue para el otro lado. Se montó en un barco pesquero y se marchó a Colombia. Tendría cerca de 22 años cuando regresó al país y ya era Ray Tico.
Ray, el delirante. Ray Tico está enfermo. Pero también tiene una extraña enfermedad incurable que se llama “Delirio por la Música”, y eso lo llevó hasta Cuba en plena década de los años 50, cuando desde la isla salía lo mejor de la producción afrolatina.
Su perspicacia y su talento musical le permitieron “colarse” entre las filas de los grandes de la época y alternó con Olga Guillot, Benny Moré, Rolando la Serie, Daniel Santos, La Sonora Matancera y Bienvenido Granda, entre otros.
Precisamente, fue en La Habana donde también hizo amistad con estrellas de la canción mexicana como Pedro Infante, Pedro Vargas y María Victoria. Sus canciones empezaron a rodar por los escenarios y su personal estilo de ejecutar la guitarra empezó a crear resonancias aquí y allá.
Los músicos cubanos aceptaron de muy buena gana sus locuras en la guitarra y fue así como se convirtió en el único extranjero que formó parte del movimiento denominado “filin”, cuyo legado fue el de romper el esquema tradicional del bolero para imprimirle un sentido más dramático e intenso.
Es con el “filin” que este género llega a su madurez continental y Ray Tico fue uno de los protagonistas principales en esta transformación. Hoy día, solo él y su gran amigo Cesar Portillo de la Luz, autor del famoso bolero Delirio , son los únicos sobrevivientes de aquella generación.
Cuando Ray llega a los Estados Unidos, a la ciudad de Nueva York, ya tiene una gran amistad con Marco Antonio Muñiz quien, junto al Trío Los Ases, cantó varias de sus letras.
Entre cruceros y la bohemia de las grandes capitales, el nombre de este querido limonense se fue acuñando en el bronce de la vida musical. Hoy, en los albores de una digna ancianidad, Ray parece más “güila” que muchos de nosotros y ha manifestado su deseo de cantar y tocar guitarra hasta que las fuerzas se lo permitan.
Más allá, pero mucho mas allá, del gran éxito de su bolero Eso es imposible hay otras letras de Ray que son majestuosas y evidencian el talento de un hombre que supo comprender los secretos del corazón en las buenas y las malas.
Su carisma le ha llevado a ser reconocido como uno de los grandes compositores cubanos, un desliz caribeño que se originó al componer lo que se considera el segundo himno cubano: Romance en La Habana. Esta canción trascendió tanto que en el año de 1973, en el condado de Dade, Miami (Florida), el alcalde de turno decidió que todos los 13 de abril, los cubanos y los latinos que allí radican celebren el día de Ray Tico. Y así lo hacen todavía.
La voz de este guerrero trovador solamente ha quedado impresa en dos grabaciones dedicadas exclusivamente a su repertorio. La primera de ellas fue realizada en 1981 por los estudios MarMusic Record, de los hermanos Barahona donde, entre otros, participó el maestro Quincho Prado en la flauta.
La segunda fue realizada por Manuel Obregón y Nano Fernández (2003, en el primer estudio de Papaya Music), donde solo se registró la voz y la guitarra de Ray.
Ninguna de estas dos producciones se encuentra actualmente a la venta en tienda de música alguna; sin embargo, se oyen rumores de que los de Papaya Music pronto sacarán al mercado un nuevo disco.
Habría que esperar que los de MarMusic lleguen a un acuerdo sobre derechos con el propio Ray para poder escuchar esa invaluable primera grabación nacional del año 81, con un repertorio absolutamente delirante de Ray Tico.