El Melico Salazar ya estaba a oscuras cuando el reloj daba las 8:05 p. m. Los cinco músicos de Raphael interpretaban para entonces una larga introducción. Las dos coristas, sumidas aún en las sombras, seguían a los maduros ejecutantes. Todos vestidos de un negro tan negro como la noche e indicaban que el camino estaba trazado: el divo de Linares, el español con 40 años de carrera encima estaba apenas a unos segundos de dejarse ver... y oír.
El teatro, casi lleno, calladito esperaba a Raphael. Un silencio que se quebró con ovaciones cuando Raphael, todido vestido de negro, salió por el costado derecho del escenario. La penumbra hizo mutis. Las luces se encendieron y el público de pie, recibió al cantante en el primero de los conciertos que realizaría en Costa Rica como parte de su gira mundial.
Él, delgado y con una sonrisa de oreja a oreja abrió los brazos, parecía que quería llenárselos de aplausos. Se llevó su mano izquierda al pecho y con una reverencia atrapó quizás con la coronilla la lluvia de aplausos con los que el gentío lo premiaba aún antes de haberlo escuchado cantar. Parecía que con solo verlo ya estaban satisfechos.
Desde la noche
Tu amor de noche me llegó, y un claro día se me fue. Maldigo el sol que se llevó tus juramentos y mi fe . Con solo esa primera estrofa la gente rompió en aplausos. La noche era el tema con el que Raphael, visiblemente respuesto de un trasplante de hígado, comenzaba el recital.
Se colocaba de medio lado, se llevaba la mano a la cabeza, se tocaba la frente en un gesto dramático y abría los brazos formando una cruz. Era el Raphael que había prometido: un Raphael En carne viva .
Cruzar palabras con el público parecía no ser necesario. ¿Para qué hablar si las canciones lo dicen todo? El segundo tema fue revelador: Ave fénix . Escrito por Alberto Cortés habla de un resurgir de los escombros: por quererte y te quiero, renaceré. A las horas precisas, renaceré. Entero, renaceré. De de mis propias cenizas, renaceré .
A cada trozo de la canción él parecía ser el ave de fuego: levantaba los brazos y miraba al cielo... raso, el manto de estrellas no era cosa visible desde el teatro.
Digan lo que digan sonó. Al terminar Raphael se retiró a paso firme con la cabeza erguida y un gesto dramático en la cara. Regresó con el aplauso del público y este lo recibió de pie. Así, apenas a media hora de concierto gozaba de su segunda ovación y entregaba su primer bis : repitió Digan lo que digan .
Un par de temas más. Un Raphael que iba y venía por el escenario extendiendo los brazos, girando las manos y clavando la mirada en el público. De su garganta salieron Yo sigo siendo aquel la gente rompió en aplausos y Desde aquel día . La gente volvió a ponerse de pie y él volvió a hacer reverencias. Se alejó del micrófono y de un empujón le acercó una silla con rodines. Ahí se sentaría para cantar una de sus canciones más bellas: No puedo arrancarte de mí . Y aunque Viva no podía arrancarse de él, a las 9:05 p. m. abandonó el Melico que de tanto aplauso no dejaba continuar a Raphael. Con voz potente siguió cantando porque esa, esa era su gran noche.