Imaginemos que vamos de viaje al exterior. Estamos en el aeropuerto y nos dirigimos a abordar el avión, cuando vemos a un trabajador con herramientas en mano, subido en una escalera, quitándole sistemáticamente remaches al ala de la aeronave en la que vamos a viajar.
Naturalmente preocupados trataríamos de saber por qué razón este empleado está haciendo esto. La respuesta que obtenemos de él es: “Los fabricantes del avión le ponen más remaches de los necesarios al ala, la compañía vende los remaches a buen precio mejorando sus ingresos, y yo me gano una comisión”.
¿Una locura? Nuestra respuesta lógica sería: “¿Pero cómo sabe usted que no está debilitando el ala y ya en vuelo el avión va a tener un accidente fatal?, a lo que respondería: “No se preocupe, ya le dije que los fabricantes le ponen al ala más remaches de los que requiere por lo cual esto no la afecta; ya le hemos quitado muchos y no ha pasado nada”. Seguramente le diríamos que lo que está haciendo es una locura, que nadie razonablemente inteligente haría eso, a lo que el tipo respondería: “Ya le dije que no se preocupara, yo sé lo que estoy haciendo. Además yo también voy en ese vuelo por lo que no hay ningún problema”.
Como cualquier persona en su sano juicio, rehusaríamos montarnos en ese avión, nos devolveríamos a la terminal a denunciar al trabajador y su compañía, y cambiaríamos de aerolínea, porque nadie lo puede obligar a uno a volar con una determinada empresa. Tristemente todos nosotros, los habitantes de la Tierra, estamos atrapados en una situación aún más grave que la descrita, porque somos pasajeros de una gran nave espacial, nuestro planeta azul. Y lo más alarmante es que estamos repletos de quitadores de remaches que se comportan de manera similar o peor a la de esta historia. Pero lo que hace la situación más seria es que no tenemos opción de cambiarnos de aeronave.
Extinción. Los quitadores de remaches somos todos los humanos que, de una manera u otra, hemos venido contribuyendo sistemáticamente a la extinción de especies y de las formaciones naturales donde habitan como tierras y mares. Ahora bien, la gran mayoría de estos humanos (como usted y yo) no están locos ni son seres malévolos. Simplemente en su gran mayoría no están informados o son conscientes de las consecuencias de sus acciones.
Esta narración metafórica es una interpretación un tanto libre de parte del prefacio de un libro titulado “Extinción”, que dos distinguidos biólogos y conservacionistas llamados Paul y Anne Erlich publicaron hace ya casi treinta años. El símil de quitarle remaches al avión es muy apropiado porque las especies son parte esencial de lo que denominamos ecosistemas, como los bosques lluviosos, humedales o arrecifes coralinos. Son los ecosistemas los que permiten que haya vida en la Tierra. Nos suplen servicios básicos de los cuales dependemos, como agua, aire, comida, medicinas o clima estable.
Sistemas redundantes. Los ecosistemas son como las diferentes partes que conforman un avión, que lo hacen un vehículo adecuado para que los humanos podamos viajar en él, vivir temporalmente en él satisfaciendo nuestros requerimientos básicos. Tal y como lo describen científicos como los Erlich, los ecosistemas de la Tierra son mucho más complejos que las partes de un avión, su fuselaje, motores o instrumental de navegación. Los ecosistemas, al igual que los aviones más sofisticados y mejor construidos, tienen sistemas redundantes, muchos remaches que, en caso que uno falle, otro lo sustituye pudiendo absorber así un cierto grado de pérdida o abuso.
La pérdida de una o una docena de especies o remaches puede pasar inadvertida, pero ¿quién sabe si la desaparición de la décimotercera especie, o del décimotercer remache, no van a provocar un desastre porque afectaron una función clave en un ecosistema o en un avión? En las tres décadas desde que este libro fue publicado, han sucedido cosas muy importantes relacionadas al reconocimiento de la gravedad del problema de la extinción de especies, poblaciones y ecosistemas, es decir, de la diversidad biológica de la tierra. Se ha documentado científicamente y de manera abrumadora la magnitud de la pérdida de biodiversidad y las consecuencias que esto está teniendo para la humanidad. Así que ya no se puede argumentar que no estamos enterados del problema.
Cumbre en Río de Janeiro. En un acto considerado sin precedentes en la historia reciente, las Naciones Unidas convocaron en 1992 en Río de Janeiro a una cumbre hemisférica en la que participaron los jefe de estado de cerca de 120 países, incluyendo a todos los del mundo desarrollado. Ahí, la gran mayoría de ellos suscribió el Convenio para la Diversidad Biológica, reconociendo formalmente la gravedad del problema de la pérdida de biodiversidad y comprometiéndose a detener y revertir ese proceso.
Este convenio fue acompañado por el Convenio sobre el Cambio Climático, que ya se empezaba a percibir como una amenaza creciente para la humanidad y para la biodiversidad. Si se quiere, el tema del Cambio Climático y particularmente el del Calentamiento Global ha desplazado la atención sobre el tema de la Biodiversidad, aunque están íntimamente relacionados.
Pérdida de la biodiversidad. Lo más preocupante de todo es que, a pesar de estos y muchos otros convenios y acuerdos internacionales, no ha cambiado la situación a nivel mundial. El problema de la pérdida de biodiversidad continúa agravándose sistemáticamente, le seguimos quitando remaches al avión. Los medios de comunicación nos los presentan casi a diario, al hablar de la amenaza de extinción de los osos polares en el Ártico, los chimpancés y gorilas en África, los tigres y grandes felinos en Asia, las ballenas y tiburones en los mares o la deforestación en el Amazonas.
Las especies se extinguen rápidamente cuando los humanos las atacamos de forma directa, mediante la tala de bosques, la caza o pesca, o cuando afectamos su entorno natural, el ecosistema en donde habitan. Por destrucción directa, contaminación, sobreexplotación o por alteración del clima y la temperatura. Por expansión desordenada de plantaciones o urbanizaciones.
En Costa Rica. Comparativamente con el resto del mundo, en Costa Rica hemos hecho una mejor labor en asuntos ambientales; por ejemplo, nuestro esfuerzo por establecer un sistema de áreas silvestres protegidas y muchas otras medidas que han permitido la regeneración de bosques o la recuperación de la cobertura boscosa que, por la tala incontrolada de décadas anteriores, habíamos perdido.
Pero reconozcamos que seguimos quitándole remaches al avión con la contaminación con toda clase de basuras de nuestros ríos, quemando excesivamente combustibles fósiles, con la expansión desordenada de las ciudades y los desarrollos urbanísticos costeros en sitios críticos para la biodiversidad, con los incendios en los parques nacionales, con la matanza de animales silvestres dentro y fuera de áreas protegidas, con la contaminación de aguas y tierras por uso inapropiado de agroquímicos, con la sobrepesca y la cruel matanza de tiburones en nuestros mares, o por proyectos mineros innecesarios que arrasan con la vegetación silvestre.
2010: Año de la Biodiversidad. Estos y otros temas nos llevan de nuevo –como en el caso del avión y sus remaches– a una situación en la que por lógica podemos predecir un eventual desenlace de consecuencias negativas para todos. Por otro lado, el avance en los conocimientos técnicos y científicos nos está mostrando la enorme gama de oportunidades y beneficios que tiene un desarrollo en armonía con la naturaleza. No se trata de perder las ventajas, comodidades o avances positivos que hemos logrado para nuestro bienestar en épocas modernas, se trata de hacerlas de manera tal que sean amigables con el ambiente.
Por todas las razones anteriores, las Naciones Unidas declararon el año 2010 como el Año Internacional de la Biodiversidad, y el 22 de mayo como el día en que se celebra anualmente, para que en todo el mundo hagamos conciencia , reflexionemos, reconozcamos el verdadero valor de las especies y ecosistemas, de la vida en la Tierra de la que somos sólo una parte. Pero sobre todo para que nos decidamos a actuar como individuos, como sociedad, como Gobierno, para cambiar las cosas antes de que sea demasiado tarde, antes de quitar el último remache del avión que se requería para que ocurriera un accidente.