Hace seis años –lo que, en el caso de Woody Allen equivale a decir hace seis largometrajes–, el prolífico director estadounidense sorprendió a sus seguidores con Match Point (2005), un portentoso melodrama en clave de film noir que recuperaba algunos de sus mejores filmes a la vez que representaba un giro en relación con su filmografía anterior.
Con Match Point , Allen cambió su particular y recurrente visión de Nueva York por un Londres cargado de intrigas e incertidumbres, de guiños hitchcockianos y reflexiones sobre la culpa y la impunidad criminal.
Por otra parte, la película inauguró el periplo europeo del cineasta: una odisea personal –vista por algunos como odisea turística– que posteriormente lo llevó a las ciudades de Barcelona, París y Roma, donde Allen ha concluido, hace pocos días, el rodaje de Bop Decameron : su lectura singular de la obra de Giovanni Boccaccio.
La finalización del rodaje italiano de Woody Allen coincide además con el estreno comercial de Medianoche en París (2011), la aventura francesa del cineasta en la que convierte a la ciudad de las luces en una nostálgica reunión de fantasmas queridos, de Hemingway a Picasso, de Scott Fitzgerald a Cole Porter, de Toulouse-Lautrec y Luis Buñuel a Dalí.
Tan lejos, tan cerca. Los primeros minutos de Medianoche en París revelan un filme que está muy lejos de esa tarjeta postal titulada Vicky Cristina Barcelona (2008); muy lejos de su apariencia de guía turística y cerca de ese personal y emotivo poema urbano, dirigido por Allen a finales de los 70, llamado Manhattan (1979).
El prólogo de Medianoche en París , en el que el espectador recorre la ciudad durante una jornada cotidiana, remite a la extensa tradición de sinfonías urbanas del cine silente, de Berlín , sinfonía de una gran ciudad (1927) a El hombre de la cámara (1929).
En esas primeras imágenes de Medianoche en París se filtra también el recuerdo de otro antecedente importante: la película Todos dicen que te amo (1996), en la que Allen ensaya una suerte de collage cargado de revisiones del cancionero estadounidense de los años 30 y 40, e intenta una curiosa variante del modelo de la sinfonía urbana bajo la forma de una comedia musical ubicada en Nueva York, Venecia y París.
Con Todos dicen que te amo, el cineasta neoyorquino participa por primera vez de la fascinación que ha despertado la ciudad de las luces en un buen número de directores estadounidenses, desde Vincente Minnelli, quien filmó en estudio Un americano en París (1951), hasta Stanley Donen, quien convirtió a Cary Grant en la personificación del misterio y a París en la réplica de un gran laberinto, en la divertida y trepidante Charade (1963).
La lista de los creadores estadounidenses que desde entonces han representado París en las grandes pantallas es tan amplia como la fascinación que despierta esa ciudad. Con Medianoche en París, Allen vuelve sobre sus pasos y retoma su particular elogio parisino, en un gesto reincidente que recuerda la célebre frase del taciturno Rick de Casablanca (1942): “Siempre nos quedará París”.
Retratos. Medianoche en París propicia la mágica y divertida convivencia de algunos célebres personajes de la cultura occidental, bajo una perspectiva deliberadamente caricaturizada. Esta aproximación sugiere el diálogo con algunas biografías desarrolladas por el cine hollywoodense , e incluso con los estereotipos y lugares comunes que esta forma de producción supone.
En tal sentido, existe un filme de referencia ineludible, un biopic dirigido por John Huston sobre el pintor Toulouse-Lautrec, y en buena medida sobre el París de finales del siglo XIX: Moulin Rouge (1952).
Algunos años después, Henry King filmó una biografía sobre el escritor Francis Scott Fitzgerald, Amada infiel (1959). Pablo Picasso tuvo también su biopic de audiencias multitudinarias con Sobrevivir a Picasso (1996), dirigido por James Ivory y protagonizado por Anthony Hopkins. Previsiblemente, la vida de Cole Porter también fue un musical sobre el ascenso y los excesos del personaje, bajo el título de De-Lovely (2004).
En nuestros días, el cubano Andy García se prepara para rodar Hemingway & Fuentes , sobre la relación entre el intenso escritor y el marino en quien se inspira su novela El viejo y el mar . Por otra parte, y paradójicamente, las vidas de Luis Buñuel y Salvador Dalí resultan todavía ajenas al nutrido universo de los biopics , a pesar de los múltiples vínculos de ambos creadores con el cine hollywoodense.
Nostalgias y grandezas. Medianoche en París derriba algunos mitos culturales de Europa y Norteamérica del siglo pasado, y en su lugar evidencia la lucidez de un cineasta diestro en ires y venires, del cine como homenaje a la comedia delirante, del ejercicio de estilo al exorcismo personal.
El periplo del protagonista del filme, un escritor que simplemente aspira a serlo, se desarrolla en dos tiempos cronológicos y dos niveles de realidad. Este procedimiento narrativo, cultivado con gran destreza por Allen en la espléndida Rosa púrpura del Cairo (1985), permite la reflexión sobre ese mito occidental de nuestros días llamado París, imagen por excelencia del amor y el glamour , del arte y el conocimiento.
Así, Medianoche en París se convierte en confirmación de esa mirada turística, ingenua y extasiada, desde una distancia irónica que convierte la admiración en instante reflexivo.
El filme es moneda liviana y brillante lanzada al aire, que por un lado dibuja los contornos de un tratado sobre la validez y la necesidad de los sueños, y por otro abre las rutas hacia la aceptación de nuestro “aquí” y “ahora”.
Medianoche en París es una divertida criatura que dirige su curiosidad sobre sí misma; un nostálgico ataque al corazón de la nostalgia; una apostilla cinematográfica que pone en duda las grandezas del pasado a la vez que corrige una conocida frase popular y nos propone: “Todo tiempo pasado fue menor”.